27 ene. 2008

Sexo y Género en Internet

LOS UNOS TIENEN PENE Y LOS CEROS VAGINA: SEXO Y GÉNERO EN INTERNET*

José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com

INTRODUCCIÓN

Hay consenso en que Internet ha venido a revolucionar el mundo de los negocios (e-business), el de la educación (e-learning), etc. Y aquí es donde radica la hipótesis de nuestro trabajo: Internet ha transformado radicalmente la manera en que los humanos (al menos los que tienen acceso a estas tecnologías) ejercen su sexualidad, más específicamente nos referimos a la manera en la que asumen el sexo, y a las nuevas formas de tener relaciones sexuales que han surgido; así como a la flexibilidad y enorme variabilidad que adopta la categoría género en el mundo virtual. En síntesis, intentamos llamar la atención sobre la aparición de un “e-sex” y de un “e-gender”; aunque nosotros preferimos hablar de “sexo virtual” y “género virtual” porque de lo que vamos a tratar, más que de cómo cambia el sexo y el género cuando se usan tecnologías electrónicas, es de su particular existencia en el mundo virtual que ha generado Internet específicamente. Búrdalo sostiene con acierto que “Desde la Antigüedad el hombre ha manifestado y comunicado sus apetitos y tendencias sexuales de las más diversas formas” (Búrdalo, 2000: 29), pues esta ponencia es precisamente una exploración a las más recientes formas que han adoptado los apetitos y tendencias sexuales.
1.- SEXO VIRTUAL

1.1.- SEXO MEDIADO POR COMPUTADOR (SMC)

El SMC se desarrolla en el cibermundo, es un sexo no físico, virtual por ello mismo, que se “materializa”, o mejor, se inmaterializa en ceros y unos. Estamos hablando entonces de un sexo incorpóreo, de relaciones sexuales desprovistas de cuerpos, de olores, de sensaciones táctiles (Gubern, 2000: 22-23) y que en ningún caso derivan en contactos físicos intercorporales. En el sexo virtual, las caricias y el coito son mediados por el computador y sólo se realizan en el nivel virtual de los ceros y unos, en un tiempo flexible que puede ser sincrónico o asíncrono, dependiendo de las tecnologías que se usen; y en un espacio difuminado que constituye un no lugar (Augé, 1993: 84-86), o mejor, un espacio de flujos (Castells, 1998: 457-462), en donde las ubicaciones pierden sentido y son las conexiones las que realmente importan.

Es cierto, que es común que los internautas se toquen a sí mismos a fin de procurarse excitación sexual, pero es cierto también que la persona o las personas (sexo grupal virtual) con las que se está comunicando un*, no existen sino en la pantalla, pues no hay manera de estar seguros de que existan en el “mundo 3D”. Y si así fuera el caso, lo más probable es que no sean como dicen ser (Gwinnell, 1999: 48, 88); pero como su papel como sujetos actuantes está ajustado no a quienes son en realidad sino a quienes son en la virtualidad, y en cuanto quienes se interrelacionan con ellos no lo hacen tampoco con el sujeto real, sino con el virtual, resulta que lo que importa en el SMC no son los internautas en sí mismos, sino en quienes se convierten éstos en el mundo virtual. Se trata por ello de un sexo virtual entre seres virtuales, que pueden o no tener un referente en el mundo físico, y aún cuando lo tengan no tiene por qué existir una relación de correspondencia entre el ser virtual y el físico. Por lo tanto, discrepamos con Búrdalo cuando sostiene que “…en definitiva, quienes están frente a la máquina no son más que todos aquellos que viven… y aman fuera de lo que podríamos denominar virtual” (Búrdalo, 2000: 33); pues creemos que lo que sí se da en definitiva, es que quienes viven y aman en el mundo real no son los mismos que viven y aman en el mundo virtual; los primeros tienen cuerpo, los segundos no, y eso implica infinidad de cosas.

Pero aún es necesaria una aclaración mayor. Cuándo un* hace uso de tecnologías que sirven de soporte para el SMC, como el Chat, el Messenger o los MUD, normalmente debemos construirn*s a nosotr*s mism*s, tanto en los aspectos de la personalidad como en los rasgos físicos; a veces a través de cuestionarios que llenamos, y otras veces esta autopoiesis se hace a lo largo de las charlas virtuales, respondiendo a las preguntas que nos van haciendo nuestr*s interlocutor*s. Y lo habitual es que el ser virtual resultante constituya una especie de Frankenstein, en cuanto se toma de aquí y de allá, sólo que en este caso el nuevo ser que traemos al mundo virtual no es monstruoso, sino todo lo contrario, o por lo menos mucho mejor que su supuesto referente físico[i]. Claro que en algunos casos no se trata precisamente de convertir en virtudes nuestros defectos, sino de ensayar en cuanto a constituirnos en alguien radicalmente diferente de quienes finalmente somos; así son frecuentes los cambios de edad, raza, nacionalidad, profesión y hasta de sexo.

Creo que no hay problema en entender lo hasta aquí explicado, pero ¿cómo es eso que un* amante virtual puede o no tener un referente en el mundo real? Muy sencillo, en la actualidad el nivel de desarrollo del software a través de la mal llamada inteligencia artificial[ii], permite engañar a l*s internautas en el sentido de que ell*s suponen estar comunicándose con otr*s internautas cuando en realidad están “conversando” con un programa informático. Este tipo de artilugios son utilizados con cierta frecuencia en los servicios de hotchat.

Los amantes por lo general tienen sexo en la cama, y para ello no tienen más que echarse en una; pero los ciberamantes deben construirla con palabras. El nidito de amor o los bulines virtuales son sólo palabras, y aquí radica uno de sus principales inconvenientes. No todas las personas tienen la capacidad de “generar atmósferas” con un discurso; y aún teniéndola, el Chat no es precisamente un potenciador de la comunicación humana, sino todo lo contrario: pérdida de la fuerza ilocutoria, repositorio de estereotipos y lugares comunes, y otras deficiencias le son características (Maldonado, 1998: 86-89). Como tabla de salvación se ha popularizado hace unos años, el Chat de voz y luego las webcams. Eso sin duda ayuda mucho a llegar al orgasmo, y permite gran cantidad de variantes, por ejemplo parejas teniendo sexo “delante” de uno o más tele espectadores, pero también puede traer inconvenientes como la pérdida de la atracción física (antes basada sólo en un relato).

Un asunto que me parece muy importante de destacar es que en Internet sí se cumple el dicho: para tod* rot* hay un descocid*. Es decir, que no importa qué extrañas parezcan nuestras apetencias sexuales, siempre encontraremos gente con quien llevarlas a la práctica, por lo menos en un nivel virtual. “...se forman comunidades virtuales a partir de afinidades personales e intereses comunes... Las primeras en comprender estas ventajas fueron aquellas comunidades con intereses prohibidos o secretos” (Búrdalo, 2000: 45). Otro hecho de peculiar importancia es que en el Perú es habitual que más de una persona se siente frente al computador, pero ell*s se identifican con un solo nick. Que en Internet uno suele ser muchos ya se ha dicho, pero que muchos pueden ser uno, resulta una novedad con interesantes aplicaciones al mundo de la sexualidad virtual.

1.2.- PORNOGRAFÍA VIRTUAL

La pornografía en Internet se diferencia notablemente de la que existe en otros soportes -no se basa exclusivamente en la exhibición de genitales-, privilegia algo que las películas y revistas no pueden hacer: el voyeurismo. Mediante webcams instaladas hasta en los lugares más íntimos de las viviendas de ciertas mujeres[iii] (no he encontrado ningún caso masculino) se permite a los usuarios ingresar a su intimidad, surgiendo una pornografía que no se basa en el sexo explícito, sino en lo mórbido de poder ver sin ser visto, aunque lo que se vea sea a una mujer desayunando, duchándose, acostándose, entrando al baño y también –pero aquí no está lo novedoso- teniendo relaciones sexuales.

También, la pornografía de Internet se distingue de la que se difunde en otros medios, porque la tecnología informática permite “espiar” a sus usuarios a lo largo de todo el trayecto de su navegación virtual. Esto implica que la empresa dueña del sitio Web pornográfico sabe exactamente cuántas veces éste ha sido visitado, a qué fotos y videos el usuario le dedicó más tiempo; y mediante el código IP podrá incluso detectar dónde vive; de manera tal que quienes administran estas páginas están en perfectas condiciones de construir un perfil de usuario bastante preciso para cada uno de sus clientes. “En ningún lugar como Internet se pueden conocer las características y los gustos de los potenciales clientes... Esto permite el diseño a la carta de los productos que se ofrecen...” (Búrdalo, 2000: 41). Relacionado a esto último está la enorme variedad de pornografía que se ofrece en la Red, apareciendo una suerte de “pornografía especializada” para cada una de las parafilias conocidas y probablemente por conocer. En una búsqueda, no precisamente acuciosa, he llegado a encontrar más de 80 categorías diferentes de material pornográfico.

Eric McLuhan ha definido Internet como un “teatro global, sin escenarios, ni espectadores en el que sólo hay actores” (Artículo de E. McLuhan como se cita en Beatriz Búrdalo, 2000)[iv], revelando el papel necesariamente activo que deben adoptar los internautas. Existe, entonces, una diferencia marcada entre el consumidor de revistas o videos pornográficos y el que navega a través de sitios porno. El usuario va fabricando su propio producto pornográfico en la fórmula del prosumidor[v]. Así la pornografía en Internet alcanza un nivel cualitativo absolutamente diferente. La estructura organizativa del material que existe en la Web, el pornográfico incluido (yo diría: sobre todo el pornográfico), se basa en un conjunto de links que nos permiten saltar de un lugar a otro y a voluntad, en un entramado no jerárquico: el hipertexto. Además, el hipertexto abierto permite a los usuarios crear nuevos links y las unidades textuales a las que se llegará cuando se activen los mismos. Es decir, que el consumidor de pornografía, puede convertirse en un productor de la misma. Pero no tenemos que limitarnos a incluir textos, porque ya sabemos la Red es multimediática, hablaríamos de hipermedia, entonces[vi]. Esto constituye un cambio de los paradigmas en los que se basa la pornografía impresa y fílmica, por lo que en lugar de llamar a la de Internet simplemente pornografía, tal vez cabría el término de hiperpornografía, pues Internet no es simplemente un nuevo soporte, sino que impone un nuevo concepto a todo lo que se sirva de ella; de hecho ya se habla de hiperpoesía[vii], o hiperarte en general.

Otra característica adicional y propia de la pornografía de Internet, es que ésta no sólo está constituida por las fotos o videos que toman profesionales a “modelos”. Sino que, cada vez hay más internautas que toman fotos o filman situaciones relacionadas al sexo y luego las envían, sin esperar remuneración alguna, a los sitios Web XXX. Y a esto hay que sumar los spyware, que son programas que se instalan en nuestros discos duros a fin de robar información; así, si alguien tiene su propia colección de fotos con temática sexual, ésta puede dejar de ser privada. La sociedad panóptica en su más cruda expresión.

Beatriz Búrdalo, habla de “los cazadores de imágenes”, que recorren la fototeca pornográfica infinita “y ocupan largas horas navegando con los ojos bien abiertos a la pantalla (y)... No quieren, por ningún motivo ser descubiertos” (Búrdalo, 2000: 56). Este anonimato del que habla, se refiere a la renuencia de estos cazadores a tecnologías como el Chat. Pero, las características particulares del consumo de Internet en el Perú, bien valen una reflexión. Son alrededor de 4 millones y medio de peruanos con acceso a Internet, la gran mayoría a través de cabinas públicas. Mas, muchas de estas cabinas ofrecen como ventaja competitiva: pequeños cubículos donde los internautas pueden gozar de privacidad. Como es evidente, los cazadores de imágenes locales preferirán estos lugares, así el temor de ser descubiertos del que habla Búrdalo toma otro cariz en nuestro medio. Tengamos en cuenta además que en las cabinas se cobra por hora; esto obliga a los ciberpornófilos locales a imprimirle velocidad a su frenética búsqueda. Gracias a las conversaciones que he mantenido con varios de ellos, puedo decir que la velocidad a la que se ven obligados, trastoca lo que debiera ser la razón de su búsqueda: la obtención de placer por medio de la observación de imágenes pornos; generándose, en cambio, el placer, en la propia navegación y en el hallazgo de imágenes, aunque no haya tiempo para contemplarlas, pues hay que empezar, de inmediato, la búsqueda de más imágenes.

La capacidad de difusión y multiplicación del material pornográfico alojado en La Red no tiene precedentes. Por ejemplo, los cazadores de imágenes, suelen intercambiar el material conseguido; así 500 mega bites de pornografía se convierten en mil mega bites, o muchos más. Ahora mencionemos que los cazadores de imágenes han encontrado en el servicio de: “Se bajan imágenes de cámaras digitales”, un nuevo escenario donde explorar. Resulta que tras la popularización de las cámaras digitales, las cabinas públicas de Internet ofrecen el servicio de copiar las fotos tomadas en un CD. Pero, para ello es menester primero, bajarlas al disco duro; de tal manera que cuando los que llevaron la cámara se van con un CD lleno de sus fotos, una copia de las mismas queda grabada. La mayoría de las veces se trata de fotografías de carácter familiar, pero a veces, como con los recolectores de basura, se encuentra un “tesoro”. Piénsese además, que existen posibilidades que las fotos poco pudorosas que logremos cazar sean de gente que conozcamos.

Un dato a tomar en cuenta es que en sociedades tan machistas como la nuestra, el uso de cabinas públicas para fines de consumo de pornografía resulta en un grave inconveniente para las mujeres.

El consumo de pornografía por lo general siempre se hace bajo el secreto de la intimidad. Con Internet surge un problema, al menos en los estratos socio-económicos en que la PC es de uso familiar y por tanto ocupa un espacio “público” dentro de la casa. Pero las empresas dedicadas a la distribución de pornografía a través de Internet no se han quedado con las manos cruzadas, y hoy ofrecen la posibilidad a sus clientes de gozar de los videos o fotos que compran, a través de sus teléfonos celulares mediante la tecnología SMS.

En otro tema, un dato que es necesario analizar con detenimiento, es que Internet convierte a hechos que no son en sí mismos pornográficos, en tales. Nos referimos a dos cosas, a “la oportunidad que ofrece La Red en... la manipulación de imagen, los llamados fakes, desnudos falsos de celebridades” (Búrdalo, 2000: 46). Y el otro caso se refiere a, por ejemplo: dos enamorados que deciden tener relaciones sexuales, y se filman. Ese acto sexual, no es en lo absoluto pornográfico; pero una vez acabado el amor, uno de ellos decide colgarlo en La Red, en ese momento, ese video de amor se constituye en pornografía. Este fenómeno no fue posible sino hasta la aparición de la Internet. Así esta tecnología se convierte en aliada de las fuerzas que luchan contra el amor y a favor de su mercantilización[viii].

La pornografía es legal en casi todas los países del mundo; pero hay cierta pornografía, como la infantil o la que proviene del video snuff -violaciones y/o crímenes reales filmados sin mediar truco cinematográfico- (Gubern, 2000: 184-186), que está prohibida a nivel mundial y por tanto su exhibición pública resulta complicada por quienes la han convertido en jugoso negocio. Entonces se utilizan medios de comunicación privados como el correo electrónico, creándose verdaderas redes mundiales de los consumidores más sórdidos de pornografía que usualmente se convierten también en productores de la misma, es decir en violadores y/o abusadores de niños. En Internet la pornografía alienta no sólo lo mórbido, sino también los más execrables delitos.

Reflexionemos, finalmente, sobre cómo funciona la dimensión espacio/temporal en Internet. La Sociedad Red va a inaugurar un nuevo espacio y un nuevo tiempo (Castells, 1998: 512-513). El espacio perderá su connotación física, las ubicaciones pierden sentido a favor de los nexos comunicativos posibles de establecer, no importa dónde esté un* sino con quién pueda comunicarse o a qué (información), acceder. ¿Y el tiempo? Se trata de uno nuevo que ha perdido su connotación de lapso, por una de inmediatez, tiempo real que le dicen. Apliquemos, ahora, lo dicho al mundo de la pornografía. El pornófilo está ubicado entonces en un no lugar, o lo que es lo mismo: no importa dónde esté, puesto que para términos efectivos no está ubicado en ninguna parte y está presente en todas partes al mismo tiempo. Lo que queremos decir es que el pornófilo fluye por distintos sitios Web pornos, “ubicados” en computadoras cuya ubicación física carece de significado. Lo que acabamos de sostener cobra importante relevancia cuando pensamos en la “pobre” condición espacial del pornófilo “tradicional”, siempre anclado a determinados lugares específicos.

Lo que sucede con el tiempo es también revolucionario. Piénsese en una revista pornográfica, el momento en el que se toman las fotos es muy distinto del consumo de las mismas por parte del pornófilo. Cierto es, que gran parte del material que existe en La Red guarda igual característica que la que acabamos de señalar; pero es también verdad que en Internet se ofrece pornografía en tiempo real a través de las denominadas tecnologías sincrónicas (sobre todo el Chat multimedia).

La pornografía en Internet, pues, tiene características que la hacen muy distinta de la pornografía que se difunde en los soportes “tradicionales”. Baste decir que en Internet, lo porno crece aún a expensas de quienes ya no quieren saber más del asunto; la tecnología que usan los sitios XXX impulsa el crecimiento de la pornografía aún en contra de la voluntad de sus acólitos y desertores.
2.- GÉNERO VIRTUAL

Aquí, nos vamos a limitar a explorar algunas cuestiones que nos parecen sumamente interesantes y sugerentes y que se desprenden de pensar en términos de género lo que sucede en el denominado mundo virtual.

En 1987, años antes del lanzamiento comercial de Internet, Judith Butler se preguntaba: hasta dónde el género puede ser elegido (Artículo de J. Butler como se cita en Marta Lamas, 1996)[ix]; y precisamente, una de las cosas que con más frecuencia se sostienen de Internet es que permite la autopoiesis, es decir la autoconstrucción de uno mismo, y obviamente de su género.

Si el género es, como dicen algun*s, el papel social que se “desprende” del sexo de la persona, me temo que la promesa de los internétfilos se cumple sólo en parte. Veamos por qué. Cuando uno hace uso de diferentes servicios de Internet a menudo debe responder a un cuestionario en base al cual se construye el “perfil de usuario”; y siempre se incluye la pregunta: sexo (la base material del género). Entonces resulta que uno termina eligiendo su sexo en el mundo virtual, algo que es imposible en el mundo real; en la Red se puede romper el encarcelamiento del cuerpo del que habla Bourdieu (Artículo de P. Bourdieu como se cita en Marta Lamas, 1996)[x]. Y siendo el género algo que “brota” del sexo, pareciera que uno también elige su género; pero las cosas no son tan sencillas. Expliquémoslo con un ejemplo. Una persona de sexo femenino entra a una sala de Chat con un perfil de varón; por tanto en las interacciones que mantendrá asumirá una perspectiva (hasta donde le sea posible) masculina y jugará los roles que habitualmente cumplen los hombres, con todos los privilegios y riesgos que esto implique. Por tanto, la Red no es el escenario donde mujeres y hombres pueden romper el género en cuanto rol social asignado según el sexo; sino simplemente un espacio en que se refuerzan –o por lo menos se mantienen- estos roles; sólo que no existe la certeza de que los hombres y mujeres virtuales lo sean también en el mundo 3D. Es decir, un hombre o una mujer puede construir en Internet una identidad que implica un cambio de sexo, pero los roles que juega esta identidad se corresponden con el nuevo sexo asumido. Así, no se trata de una revolución, sino simplemente de una farsa. El sexismo se destruye en la Red, no porque sea un espacio más igualitario, sino porque permite a las mujeres construirse cuerpos masculinos. Acaso la pregonada libertad que nos trae esta tecnología sólo sea una cadena más sofisticada.[xi] Es decir que Internet no constituye una revolución propiamente dicha del género, sino un territorio del libre transgenerismo, es decir donde cambiamos de género, pero no al género.

No obstante, fenómenos como el de Second Life pueden hacernos tener una perspectiva diferente. Ese producto informático permite a los seres “3D” convertirse en seres “2D”, y así desarrollar una segunda vida. Cuando un* solicita este servicio debe escoger un avatar, es decir, un “cuerpo virtual”, y los hay femeninos y masculinos. Y tiene que aceptarse la posibilidad, (muy alta, por cierto) que se escojan avatares del sexo opuesto, pero como el mundo creado por Second Life no es muy distinto del mundo real, entonces la socialización del género continuará más o menos como siempre; sólo que esta vez estaría enseñando a ser mujer a quien es hombre, o viceversa. Pero se nos preguntará: y dónde está la diferencia con el ejemplo antes descrito; pues antes sólo se trataba de chatear y aquí de lo que se trata es de vivir. Y eso es cualitativamente muy distinto. En este caso Internet pudiera ser considerada como un hito en la construcción de la identidad genérica; pues la tendencia pareciera ser a abandonar la vida en 3D para concentrarse en la recién adquirida en 2D. Acaso el mundo construido por Second Life sea el lugar ideal para los cyborgs subversivos de Haraway (Haraway, 1995: 253-263).

Si entendemos el género como el sexo mismo, y éste no como un hecho natural sino como una institución naturalizada, nuestra reflexión nos puede llevar a conclusiones diferentes. Pues esto supone que “no hay razón para dividir los cuerpos humanos en los sexos masculino y femenino” (Artículo de M. Wittig como se cita en Butler, 2001)[xii] y entonces surge la posibilidad de una construcción infinita de sexos. Lamas habla de un continuun cuyos extremos son lo masculino y femenino[xiii], y se supone que Internet –pese a la lógica binarista (digital) con la que funciona- puede encarnar (mejor virtualizar) fácilmente esta tesis, pero todavía está lejos de hacerlo.

Si no, demos una mirada al sitio Web Alt.com que se autodefine como una “comunidad de apoyo de estilo de vida alternativa”[xiv]. Allí, en la opción que nos permite identificarnos nos da las siguientes opciones: hombre, mujer, pareja (hombre mujer), pareja (2 hombres), pareja (2 mujeres), grupo (hombres y/o mujeres), transexuales, travestis, transgéneros. Hay dos primeras cosas sobre las que hay que reflexionar obligatoriamente. La primera tiene que ver con que no aparecen por ninguna parte las categorías gay o lesbiana; ya que estas identidades se definen por el otro a quien buscan para tener sexo. Así, el gay sería: hombre buscando hombre; y la lesbiana: mujer buscando mujer. Imagino que quienes sostienen que las lesbianas no son mujeres como Wittig (Artículo de M. Wittig como se cita en Butler, 2001)[xv] no se sentirán representadas en este “menú de identidades”. Es interesante el hecho de establecer la identidad no en uno mismo sino en la relación con el otro. Porque además esto implica una serie de cruzamientos como el obvio: hombre busca mujer; pero también: hombre busca transexual; o mujer busca pareja (2 mujeres). Lo otro que llama la atención es que la identidad deja de ser individual para adoptar una condición de pareja o incluso grupal. Es cierto que esto surge porque el principal objetivo de Alt.com es propinar encuentros sexuales; pero bien hubiera podido establecerse una opción que diga: hombre busca a otro hombre y una mujer; en lugar de hombre busca pareja; o pareja busca hombre.

Este asunto nos trae a colación otra pregunta que se hace Butler ¿cuáles son las categorías fundantes de la identidad: el sexo, el género, el deseo? (Artículo de J. Butler como se cita en Marta Lamas, 1996)[xvi], porque precisamente Alt.com incluye en sus interrogantes el asunto del deseo como un dato para construir la identidad del usuario. Así tenemos las siguientes opciones: 24/7 (intercambio de poder total), juegos de edad, sexo anal (dando), sexo anal (recibiendo), asfixiafilia (juego de respiración), mordiscos, vendas de ojos, y otras 83 opciones que nos eximen de comentarios.

Mención aparte merece la tendencia a la feminización de los varones; se ha hablado mucho últimamente de los denominados metrosexuales, pues parece que para entrar al mundo virtual, esta condición se está volviendo un requisito, así tenemos, por ejemplo, que dentro de los avatares masculinos que ofrece Second Life[xvii], la mayoría tiene rasgos que lindan con lo femenino, o por lo menos con lo andrógino.

Por último, nos gustaría decir algo de lo que yo llamo hipersexualidades[xviii]. En el ciberespacio, como el demonio bíblico, podemos decir que nuestro nombre es Legión, pues somos much*s. El digymundo es el terreno ideal para las personalidades múltiples y por ende para las sexualidades múltiples. El mundo virtual se nos abre como un espacio de experimentación sexual más allá de nuestra opción reconocida, o no. Si la sexualidad es como los números reales: infinita hacia ambos lados e infinita entre cualquier par; pues bien, nuestra propia sexualidad puede ser infinita en el ciberespacio. Es decir mucho más allá de lo que planteaba Wittig, una persona: un sexo (Artículo de M. Wittig como se cita en Butler, 2001)[xix]. No olvidemos que las relaciones en la Web son incorpóreas, y por tanto podemos “encarnar” cualquier sexualidad posible: heterosexual, homosexual, lesbiana, bisexual, y toda aquella que se nos ocurra. Y aún más, para cada una de estas sexualidades podemos desarrollar personalidades diferentes. Pero ni siquiera se trata del poder de Ranma 1/2, ese personaje animado que cambiaba su sexo a voluntad según se bañara con agua fría o caliente, porque de lo que aquí estamos hablando es de sexualidades síncronas: varias al mismo tiempo. Un* puede chatear con varias personas simultáneamente, pero un* puede también ser vari*s chateando con vari*s que a fin de cuentas pudieran también ser un* como nosotr*s. De otro lado, las nuevas tecnologías nos han aportado una nueva forma de organizar la información, el hipertexto, cuyas características fundamentales son la pérdida del orden secuencial, y la libertad por parte del lector no sólo de decidir el camino discursivo (ya no necesariamente coherente), sino de alterarlo y hasta de contradecirlo; pasando de consumidor a productor, como ya lo señalamos.

Pues bien, quizá cabría la posibilidad también de hablar de hipersexualidades, en la que l*s sujet*s no siguen ya un orden lineal y progresivo con respecto a ella, sino que tienen ante sí una infinidad de caminos posibles, no necesariamente coherentes (ya dijimos), por los cuales pueden transcurrir con absoluta libertad. Lo que nos hace ya no consumidor*s de la sexualidad que “nos fue dada biológicamente”, sino prosumidor*s de las sexualidades que nos construimos culturalmente.

BIBLIOGRAFÍA

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Castells, M. (1998). La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. Vol. 1 La Sociedad Red. Madrid: Alianza Editorial.

Gómez Cruz, E. 2001, "Género y Sexualidad en las Comunidades Virtuales". En Archivo OCS [on line]. Disponible en

http://www.cibersociedad.net/archivo/articulo.php?art=20

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Toffler, A. (1990). La Tercera Ola. (8ª ed.) Barcelona: Plaza & Janés.

NOTAS

i La misma metáfora, pero no con el mismo sentido se puede leer en el trabajo de Gómez.

ii El tema es desarrollado ampliamente por Jeff Hawkins, pero aquí resulta relevante, sobre todo, la crítica al test de Turing.

iii La cámara de Juani y jennicam fueron de las más populares; la última estuvo en línea, 7 años.

iv Búrdalo, B. (2000). Amor y Sexo en Internet. Madrid: Biblioteca Nueva. 48.

v Toffler lo explica muy bien, aunque en absoluto en relación a los temas que estamos tratando.

vi Ramos, J. (2006). El auge de los soportes digitales y virtuales. En Séptimo Círculo [on line]. Disponible en
http://el7mocirculo.blogspot.com/2006/03/el-auge-de-los-soportes-digitales-y.html

vii Ramos, J. (2006). Poesía e identidad. En Séptimo Círculo [on line]. Disponible en
http://el7mocirculo.blogspot.com/2006/03/poesa-e-identidad.html

viii Paz sostiene esta tesis, pero sin mencionar a Internet en su análisis.

ix Lamas, M. (1996). Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género, 27. En Cholonautas [on line]. Disponible en
http://www.cholonautas.edu.pe/modulo/upload/USOSCATEGORIAGENERO-MARTA%20LAMAS.pdf

x Lamas, M. Op. cit., 16.

xi Opiniones diferentes a la expresada se pueden leer en el artículo de Gómez.

xii Butler, J. (2001). Actos corporales subversivos, 36. En Cholonautas [on line]. Disponible en
http://www.cholonautas.edu.pe/modulo/upload/Butler.pdf

xiii Lamas, M. Op. cit.

xiv http://alt.com/go/g13466.subffadult

xv Butler, J. Op. cit., 36.

xvi Lamas, M. Op. cit., 27.

xvii www.secondlife.com

xviii Ramos, J. (2006). Sexualidad, ciudadanía y poder. En Séptimo Círculo [on line]. Disponible en
http://el7mocirculo.blogspot.com/2006/01/sexualidad-ciudadana-y-poder.html

xix Butler, J. Op. cit., 43.

*Ponencia presentada y sustentada en las VII Jornadas de Sociología, organizadas por la Universidad de Buenos Aires, noviembre de 2007.

3 comentarios:

Beatriz dijo...

Le felicito por el exhaustivo trabajo que ha realizado sobre el tema. Así mismo le agradezco la mención.
Reciba un cordial saludo

Beatriz Búrdalo

adam brown dijo...

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Un honor recibir un comentario suyo.Espero poder seguir leyendo sus investigaciones sobre el tema.