1 nov. 2009

El Feminismo y la Academia

Debo primero saludar los 30 años de resistencia de la Floras a la política del desprestigio de la que hablaba Jossy Cárdenas. Y, segundo, debo confesar que desde que Virginia Vargas nos contó ayer que antes no invitaban a hombres «porque ya saben lo que decían», me invadió un miedo terrible porque yo no sé qué decían; ojalá no los repita esta tarde. En tercer lugar, después de escuchar todas las ponencias, no podía dejar mi texto tal como lo concebí inicialmente, pues significaría que todo me entró por una oreja y se me salió por otra, y eso motivaría que la mujer que amo, que me está esperando en Arequipa para revisar este trabajo, me condenaría con su frase lapidaria favorita: «pareces hombre». Así que he tenido que reescribir varias cosas, espero que la redacción final está a la altura de este seminario.

ESTAR EN LA UNIVERSIDAD ES UNA COSA (NO DE LOCOS, COMO DICEN LOS DE RÍO SINO) DE MACHOS*

Por José Luis Ramos Salinas

ramosdesal@yahoo.com

En una actividad programada por el sindicato de docentes de mi universidad con motivo del Día Internacional de la Mujer, dije sentirme honrado de que me sentaran en medio de mujeres para hablar del feminismo, entonces una de las asistentes pidió que se me nombrara “mujer honoraria”. Pero creo que aún estoy muy lejos de merecer semejante título, tampoco me gusta mucho el término «feministo», que nos trajo Rocío Silva Santisteban; prefiero, como ya lo he dicho antes, el de mujer barbuda; así, no solo formo parte de esa mitad de la población mundial que planea gestar una revolución, sino también de lo marginal, de lo monstruoso, o para decirlo con las palabras de Despentes: Así... “Escribo desde la fealdad… Yo hablo como proletaria de la feminidad… Escribo desde aquí, desde las invendibles, las torcidas, las que no saben vestirse, las que tienen miedo de oler mal, las que tienen los dientes podridos… a las que se encierra para poder domesticarlas, las que dan miedo, las que dan pena, las que no dan ganas, las que tienen la piel flácida, la cara llena de arrugas, las que sueñan con hacerse un lifting, una liposucción, con cambiar de nariz pero que no tienen dinero para hacerlo”. Soy un cuerpo rechazado, de esos de los que nos hablaba Liz Meléndez, sufro de la desadaptación sobre la que reflexionaba, ayer, Jennie Dador.

Y este no ser una mujer honoraria, sino una mujer tremendamente fea, horrible: casi un hombre; me coloca en la perspectiva de Virgil Gheorghiu, cuando afirma que la esperanza es una hierba que crece hasta en medio de las tumbas.

Y todo esto viene a cuenta, porque me parece que el nombre de la mesa en la que estamos participando: “La academia en la construcción del movimiento feminista”, tiene un talante esperanzador. Sospecho, tengo la hermenéutica de la sospecha de la que hablaba Natalia Iguíñiz, que, como para muchas otras cosas, se espera de la academia, en relación al feminismo: una posición inteligente. Mas, me temo, que se trata solo de hierba en medio de instruidas sepulturas.

Lo que quiero decir, y esa es la hipótesis de este trabajo, es que rara vez la academia tiene que ver con la inteligencia, si se entiende ésta, no como la capacidad para moverse dentro de ciertas reglas, sino precisamente lo contrario; la voluntad y el ingenio necesario para transgredir esas normas. Pienso, que para temas como el feminismo, la academia funciona muy parecido a una esquina de un barrio cualquiera: mera pachotada.

I

Empezaré hablando de mi universidad, es decir de la San Agustín de Arequipa. Se trata de un centro superior de estudios con más de 25 mil estudiantes, y 17 Facultades que reúnen a alrededor de 40 Escuelas Profesionales. Se fundó en el lejano 1828 y hasta ahora nunca una mujer ha ocupado el cargo de rectora. Y hasta hace menos de un año, tampoco los vicerrectorados recayeron en manos femeninas; hoy tenemos una vicerrectora; pero si nos fijamos en que casi el 90% de Decanos, que conforman el Consejo Universitario, son varones, tendremos que pensar que más que un cambio, se trata de una excepción.

De otro lado, existe un marcado porcentaje a favor de los varones dentro de los estudiantes. Registrándose solo las siguientes Escuelas Profesionales con presencia mayoritaria femenina: Enfermería, Trabajo Social, Industrias Alimentarias, Nutrición y Turismo. Como ven se trata de profesiones que fácilmente pueden ser vinculadas a papeles tradicionalmente femeninos, y por ello mismo, secularmente subordinados. Aquí lo que importa no es tanto lo que es, sino los constructos que pretenden dar cuenta de esta realidad. Así, la enfermera mujer, puede ser vista como la asistente del médico varón. La trabajadora social, es una especie de madre protectora de los desamparados. Las nutricionistas y las que estudian industrias alimentarias, podrían ser vistas como cocineras algo sofisticadas. Y las que se preparan para ser licenciadas en Turismo, podrían ser entendidas como parte del atractivo a ser visitado, téngase presente que la mayoría de turistas son varones.

Resulta entonces, hasta aquí, que la universidad, al menos la mía, tiene una estructura jerárquica que no promueve la construcción del movimiento feminista; y que la composición por género de los estudiantes, deja evidencia de cosas como que las ingenierías son aún de dominio masculino. No obstante, en las ceremonias de premiación a los mejores estudiantes, la mayoría de los galardones recae en las alumnas mujeres, lo que lamentablemente no parece una muestra de ascenso por parte del género femenino, sino más bien la constatación de que la mujer sigue viviendo bajo las reglas establecidas por varones, en sus hogares y en la universidad, según las cuales, las señoritas deben dedicar la mayor cantidad de su tiempo a estudiar, repasar, hacer trabajos, etc. Mientras que los varones dedican buena parte de sus energías a hacer vida social universitaria, y a cultivar las relaciones que luego les permitirán ascender profesionalmente; independientemente de que ocupen los primeros puestos o no.

Otro dato que merece atención, es el siguiente: de todas las Escuelas Profesionales existentes, solo Sociología, Antropología y Enfermería cuentan con asignaturas, en las que de alguna manera se trabaja aspectos ligados a las teorías de género. Así, en Sociología se dicta el curso: “Género y Familia”; en Antropología, lleva el nombre de “Antropología del Género”; y menos relacionado, podemos encontrar el caso de Enfermería con la asignatura “Salud de la Mujer”. En el resto no hay nada. En Historia, aún no se han enterado de todo lo que ha trabajado Sara Beatriz Guardia; Educación, hace caso omiso a las recomendaciones del Consejo Nacional de Educación, según las cuales el enfoque de género debe ser introducido con urgencia en la educación escolar; Derecho, tiene cursos tan especializados como los que se refieren a la legislación petrolera, genética, informática, pero nada de género. Medicina, sigue formando galenos que amputarán todo aquello que se escape de lo que ellos llaman “natural”; Filosofía, aún no ha descubierto esa enorme veta que es el feminismo filosófico; Literatura, lo mismo. En lo que es el posgrado, el panorama no es mejor, pues no existe ninguna maestría que gire bajo la temática que estamos analizando. Hace algunos años se convocó a una que llevaba el nombre de «Género y Familia», pero solo tuvo una postulante. Ayer se expresó una preocupación por el declive de las maestrías de género en las universidades limeñas, en Arequipa no pueden decaer, porque nunca han subido.

Si bien tenemos que reconocer que en otras carreras de pregrado se habla del asunto de género, esto no es razón para ser optimistas porque se trata solo de un tema más dentro de una asignatura. Además, téngase en cuenta que no hemos analizado qué tan bien se llevan los cursos cuya temática gira alrededor del género. Sospecho que en muchos casos lo que se enseña, está muy lejos de los postulados del feminismo. Baste decir que en las bibliografías no aparecen ni Butler, ni Witig, ni Despentes, ni siquiera Rubin. Ni pensar en temas relacionados a la sexualidad, a la politización del placer. Si Dalia Abarca, egresada nuestra, ha dado un paso más y nos ha propuesto reflexionar sobre el cuerpo fatigado, estoy seguro que esa idea no le ha surgido gracias a la universidad como institución, sino pese a ella.

Pienso, que los cursos de género tienen que ser llevados por militantes del feminismo (después de todo las teorías de género son hijas del feminismo, nos ha dicho Gladys Cámere), porque si no se termina, como decía Maruja Barrig, afirmando que los varones también son maltratados solo que ellos no se quejan. Y esto tiene que ver con la segunda parte de esta disertación.

Pero previamente, debo decir que en Arequipa existen otras dos universidades, la Católica Santa María, que no tiene entre sus preocupaciones nada parecido al feminismo. Y la San Pablo que pertenece a los sodálites, y ayer ya Barrig nos explicó qué significa eso. Y el caso de Arequipa no es aislado, ayer Elvira Angulo nos reveló que en la Universidad de San Martín es lo mismo. Diana Gozales nos contó algo parecido de la Villa Real. Y Miluska Quiroz nos dijo lo mismo, con encuesta y todo, respecto a la Universidad de Trujillo. Y todo esto se complica para la UNSA, porque sus estudiantes en gran porcentaje son pobres y provenientes del ande. Y ya Rocío Muñoz, Lucinda Quispealaya y Luzmila Chiricente, nos han explicado que las discriminaciones se suman.

II

Es preciso dejar en claro que el feminismo es un movimiento profundamente revolucionario, porque aspira a cambiar radicalmente la sociedad, trayéndose abajo algunos pilares que se han mantenido incólumes pese al fin del esclavismo, la caída del feudalismo y el auge del capitalismo, e incluso a la aparición del denominado socialismo real. El feminismo implica incluso la revolución del lenguaje; me pregunto si cuando decimos buenos días a todos y a todas, estamos incluyendo a las lesbianas que no se piensan como mujeres, o a los intersex que denuncian la tiranía del lenguaje que solo reconoce femenino y masculino.

Brenda Álvarez nos ha explicado que la lucha es contra el patriarcado y el capitalismo; y Violeta Bermúdez y Marilyn Daza nos han explicado que el feminismo es una lucha diaria por cambiar el sentido común, por eso me preocupa que ni ayer ni hoy, haya detectado en esta sala a algún agente de Seguridad de Estado, acaso no estemos siendo lo suficientemente subversives, uso la «e» en lugar de la «o» o la «a» para tener algo de coherencia con lo que Susel Paredes llamó la explosión de la sopa de letras. En ese sentido, me parece válida la propuesta de Ana María Yáñez de formar un partido político feminista, dentro del cual voy a pedir que se cumpla conmigo, la ley de cuotas.

Si esto es así de radical, pensar en que la academia, o específicamente, la universidad, es un espacio de promoción y desarrollo del feminismo, equivaldría a creer que la universidad tiene un carácter eminentemente revolucionario, y me temo que esto no es así. La universidad sigue siendo como la describió Mariátegui hace ya casi un siglo: «la universidad... es en esta época de renovación mundial y de mundial inquietud ideológica, una gélida, arcaica y anémica academia, insensible a las grandes emociones actuales de la humanidad, desconectada de las ideas que agitan presentemente al mundo», al feminismo en este caso. Diana Gonzales nos decía que basta un mínimo de sensibilidad para convertirse en feminista, pero ya el autor de los 7 Ensayos nos explicó que en la universidad no existe esa pequeña porción necesaria. Resulta entonces, y seguimos con el Amauta, que «La llanura está poblada de brotes nuevos», Relinda Sosa, Ivonne Tapia y Lourdes Huanca nos han hablado de los enormes avances en el campo popular, y que «Únicamente las cumbres están peladas y estériles, calvas y yermas, apenas cubiertas del césped anémico de una pobre cultura académica». «Un... catedrático en quien sus discípulos descubren una magra... cultura profesional y nada más... persuade al discípulo negligente de la conveniencia de limitar sus esfuerzos, primero a la adquisición rutinaria del grado y después a la posesión de un automóvil, al allegamiento de una fortuna y -si es posible de paso- a la conquista de una cátedra -membrete de lujo, timbre de academia». Y Mariátegui concluye: la esperanza de que la universidad se renueve a sí misma, está liquidada.

Y es que la universidad es la gente que la compone, es decir, los intelectuales. Para que la universidad fuera un espacio propicio para la construcción del feminismo, tendría que estar formada por intelectuales revolucionarios, que apuesten por la agenda feminista, y eso, todos lo sabemos, no se da. Claro que muchos no se atreven a declararse machistas, porque, como lo explicó Mariátegui: «no les gusta confesarse abierta y explícitamente reaccionarios... Pero, realmente, los intelectuales no son menos dóciles ni accesibles a los prejuicios y a los intereses conservadores que los hombres comunes... El intelectual, como cualquier idiota, está sujeto a la influencia de su ambiente, de su educación y de su interés... El reaccionarismo de un intelectual, en una palabra, nace de los mismos móviles y raíces que el reaccionarismo de un tendero. El lenguaje es diferente; pero el mecanismo de la actitud es idéntico».

Y el hombre común, el idiota, el tendero, ya sabemos, son machistas; por qué habríamos de pensar entonces que los intelectuales no habrían de serlo, si ya sabemos que para este tipo de asuntos, sus actitudes son similares.

La universidad entonces no está entre los aliados del feminismo, sino entre sus adversarios, no reconocerlo así, es darle ventaja al enemigo.

El propio Mariátegui, que es un intelectual revolucionario y extrauniversitario, desliza la siguiente frase sexista en el mismo texto que estamos analizando: «El pretexto de la repugnancia a la política es un pretexto femenino y pueril».

No obstante, esto no debe llevarnos a abandonar con recelo la universidad, sino que debemos llevar a su campus, lo que Gramsci llamaba la guerra de posiciones. Y como Mao pedía a sus seguidores, no permitir circular, sin réplica, a las ideas “contrarrevolucionarias”, antifeministas, en nuestro caso específico. Recordemos que los varones ignorantes, son casi siempre valientes combatientes del machismo; y que una mujer poco instruida, difícilmente contribuirá de manera efectiva a la causa feminista. Por ello, creo yo, es imperativo ganar a la mayor cantidad de varones a la causa feminista, «hay que rescatar la parte femenina de los hombres», nos sugiere Isabel Allende; y así quedaría contestada la pregunta que ayer se hacía Roger Zevallos: ¿los hombres pueden ser feministas? La universidad es pues una Bastilla a conquistar.

Concluyendo, aquí Aarón Núñez nos ha dicho que el mundo es una mierda, y yo solo quería decir que creo que la universidad no está interesada en cuestionar al mundo, sino en representarlo, y pienso que lo está haciendo bien. Y como la universidad está dirigida por varones me temo que no podremos, no debemos, publicar un libro que intente imitar al “Yo amo a mi bulba”, con un título como «Yo amo a mi pene», pues a nosotros, y a él, nos falla a menudo la cabeza. Habrá que bulbalizarlos.

BIBLIOGRAFÍA

Despentes, Virginia: Teoría King Kong, 2007. Ed. Melusina, Barcelona.

Georghiu, Virgil: La Segunda Oportunidad, 1960. Ed. Luis de Caralt, Barcelona.

Gramsci, Antonio: Antología, 1970. Ed. Siglo XXI, México.

Mariátegui, José Carlos: Temas de Educación, 2001. Ed. Amauta, Lima.

La Escena Contemporánea, 1987. Ed. Amauta, Lima.

Tse Tung, Mao: El libro rojo, 1984. Ed. Jucar, España.

*Texto leído en la mesa: "La academia en la construcción del movimiento feminista" del Seminario Internacional: "30 años. Reflexionando nuestros feminismo", organizado por el Centro de la Mujer Peruana: Flora Tristán, en Lima, Perú; 24 y 25 de setiembre de 2009.