28 sep. 2015

El deporte de dispararse a los pies*

Por José Luis Ramos Salinas 

El día de ayer empezó a circular en distintos medios de comunicación una encuesta que recoge las opiniones de la ciudadanía acerca de la pareja presidencial. Los titulares advierten que tanto Humala como Heredia llegan a mínimos históricos de simpatía, pero la verdad es que hace meses a penas si pasan el 10% de aprobación; no se trata tampoco de un fenómeno político suigéneris en nuestro país, sino recordemos como Toledo tuvo que gobernar con una aplastante desaprobación que lo persiguió casi durante todo su periodo, y eso que la economía crecía en esos años y que de Ecoteva ni se hablaba.
También suele ocurrir lo opuesto, como el relativo buen índice de aprobación con el que García concluyó su segundo mandato, solo para que después su partido no pueda  presentar una candidatura a la presidencia y su posterior descalabro en la votación obtenida para el Congreso.
Pero regresemos a la desaprobación de Ollanta y Nadine que tiene una novedad interesante, por primera vez, el presidente está mejor considerado que su esposa, levemente, pero mejor. ¿Qué ha ocurrido para que la imagen de quien solo hace poco más de un año se voceaba incluso como posible candidata de peso a la presidencia, haya descendido al 11% de aprobación? Obviamente, los escándalos que la hacen sospechosa de corrupción. Sus carteras y tarjetas de crédito, el caso Martín Belaúnde Lossio y sobre todo sus famosas agendas que casi no dejan dudas de que para la campaña del nacionalismo se usaron fondos ilegales.
Esto debiera ser una excelente noticia para la democracia peruana, la ciudadanía no perdona a sus políticos comprometidos en presuntos casos de corrupción. Pero lo increíble, es que parece que los peruanos terminaremos disparando la pistola anticorrupción a nuestros propios pies. Pues basta leer la página Web de la ONPE para saber que el financiamiento ilegal de campañas electorales no es la excepción sino la regla, y allí están comprometidos varios de los partidos cuyos miembros ahora se rasgan las vestiduras por las agendas. Por lo que resulta curioso que la investigación fiscal, sin duda justa y necesaria, solo se dirija a un partido y no a todos de los que existe evidencia razonable de que obtuvieron financiamiento ilegal. Y ya resulta tragicómico que los congresistas acusadores quieran aprobar una ley que facilite el financiamiento ilegal de sus agrupaciones políticas.
Pero por si esto fuera poco, en la misma encuesta que comentamos se da cuenta de que Keiko Fujimori va de lejos primera en las intenciones de votos. Y entonces no se puede entender cómo quienes castigan la sospecha de corrupción por un lado, quieren premiarla por otro. Y más surrealista todavía que quienes quieren dejar paralíticos a los choros, quieren tener de presidenta a quien fue parte –como primera dama- de la dictadura más corrupta de la historia peruana, y que no exhibe el menor gesto de arrepentimiento, sino que  ella y su partido declaran sus intenciones de repetir lo que hicieron en la década del 90. Y el mismo sondeo de opinión, establece que para casi todos los ciudadanos, la honestidad de los políticos es un requisito indispensable para darles su voto y enseguida que no creen que haya políticos honestos. ¡Cómo se puede entender esto! Tal parece que los encuestados no comprendieron las preguntas o que la política peruana sigue siendo incomprensible desde la racionalidad.

*Publicado en el diario Noticias del 28 de septiembre de 2015, en mi columna de opinión denominada Letra Menuda.

21 sep. 2015

De Guatemala a Kenyipeor

                                                                                  Por José Luis Ramos Salinas 

Hace unos meses en Guatemala estalla un escándalo de defraudación aduanera en el que estaban implicados altos funcionarios del régimen; por sus características es difícil que hubieran podido actuar a espaldas de la cúpula de poder. Las autoridades judiciales así lo entienden, y aunque con tropiezos y a veces con lentitud, se inicia un proceso de investigación que alcanza a la misma vicepresidenta Baldetti quien ya purga prisión desde hace un mes. En esas circunstancias se desata la indignación ciudadana que toma las calles para exigir justicia y reclamar una actitud implacable contra la corrupción. Se hace evidente que el mismo presidente Pérez Molina sería parte de la mafia que intentaba enriquecerse con los dineros del Estado, pero éste, como suele ocurrir en estos casos, responde con bravuconadas. Los guatemaltecos y guatemaltecas no soportan la idea de tener un presidente que todo indica que es un ladrón y piden su renuncia, pero él se aferra al cargo, sabe que sin el poder de la primera magistratura del Estado su suerte estaría echada. A la indignación de los sectores populares se suma ahora la de los empresarios y de la casi totalidad de la denominada sociedad civil. La situación de Pérez Molina es insostenible, renuncia a su pesar y la justicia lo priva de libertad.
Al mismo tiempo hay elecciones en Guatemala y la ciudadanía usa como único criterio que no haya sobre el candidato o candidata sospecha de corrupción. Así resulta ganador Jimmy Morales, un cómico de televisión que exhibía como mayor virtud no haber sido parte del sistema político guatemalteco tan mal visto por los electores.
Esto que podría ser la historia de un país que se derrumba, es en realidad la historia de un país que intenta levantarse. La lucha contra la corrupción no es un síntoma de que algo está podrido, sino un síntoma de que la gente empieza a hartarse de lo que hiede. Bien por Guatemala, aunque la opción por Morales, en mi opinión, no es la solución sino a penas un paliativo.
En nuestro país las cosas van directamente en dirección  opuesta. No estamos pasando por un proceso de lucha contra la corrupción, sino del camino de regreso hacia la misma.
En el colmo del cinismo, la corrupción empieza a ser blandida como bandera electoral. “Voten por nosotros, los corruptos, los que robamos millones, los que violamos los derechos humanos, los que convertimos a las Fuerzas Armadas en una cueva de ladrones, a la policía en nuestra fuerza de choque partidaria, al congreso en una caricatura grotesca, a las municipalidades en objeto de chantaje, al poder judicial en defensor de los corruptos, a los medios de comunicación en ventiladores de miasma contra nuestros enemigos políticos, y al SIN en un aparato de tortura, extorsión y planeamiento de crímenes bajo la adulación más ramplona de parte de los que ahora otra vez queremos el poder”, es lo que los fujimoristas han empezado a decir a diario. 
No se trata de un partido político que se desmarque de sus cabecillas corruptos y asesinos, y que con un mea culpa intente llegar a la presidencia, no, nada de eso. Se trata de un partido corrupto que pone como héroe al jefe de la mafia, a quien ascienden a los cielos como “el mejor presidente de la historia del Perú”, en boca de Martha Chávez, que no es casual que tenga un lugar tan privilegiado en las huestes de Keiko. Se trata de una organización, que no se siente arrepentida de haber destruido la democracia, sino que a su dictadura le llama “democracia delegativa”, en el balbuceo de Kenyi, y que “fue lo mejor porque en ese momento se necesitaba mano dura”.
Así las cosas, ahora se entiende con meridiana claridad el pedido de que el ejército patrulle las calles, que los pobladores se conviertan en linchadores, y el uso del término “terrorismo” para delitos comunes. Se necesita otra vez mano dura, es decir, una democracia delegativa, otra vez a Fujimori mandando a través de Keiko, quien siempre lo apoyó en sus tropelías. Nos piden nuestro voto para robar al mejor estilo de la historia peruana y para destruir la democracia. Al menos deberíamos agradecerles su sinceridad.

*Publicado en el diario Noticias, el 21 de setiembre de 2015, en la columna de opinión denominada Letra Menuda.

15 sep. 2015

El cinismo no se combate con cinismo*

Mauricio Mulder, que en la época del fujimorismo se caracterizó por la lucidez con la que ponía al descubierto las tropelías de la dictadura, hace ya varios años que ha hecho del cinismo su principal arma política para defender lo indefendible en el pasado gobierno de Alan García o para atacar a sus adversarios. Esto, en mi opinión, tiene un efecto boomerang que el partidario aprista parece no advertir, pues cuando lo que se pone en la mira es efectivamente digno de condena o de sospecha, se cubre de un manto de inocencia y hasta puede convocar solidaridad, cuando usamos el cinismo para, supuestamente, dejar en evidencia casos de corrupción.
Así, Mulder señala que el asunto de las granadas y la investigación que se ha abierto al respecto y que podría dar en una mafia organizada de robo o compra ilegal de armamento a las Fuerzas Armadas, es una mera cortina de humo. Esto resulta excesivo y contraproducente  y más si no se afirma que se está usando el caso para distraer a la población de los casos de corrupción de los que se acusa a Nadine Heredia, sino que se llega a decir que se trata de un invento, de un montaje al más puro estilo de Montesinos y su jefe Fujimori. Y cuando, precisamente, de la bancada de Keiko, a través de la voz de Pedro Spadaro, se acusa al gobierno de haber capturado a Gerald Oropeza en un momento sospechosamente oportuno el cinismo amenaza con regresarnos a la década del 90 cuando las personas se autotorturaban, Alberto Kouri recogía dinero del SIN para comprar un camión y repartir pescado, y uno más uno más uno más uno era igual a dos en la interpretación auténtica de Torres y Torres Lara.
Si lo que se quiere es luchar contra la corrupción en el gobierno, pues debemos hacerlo sin recurrir al cinismo y en su justa proporción. Comparar al actual régimen con el de Fujimori, no le hace bien al país, sino todo lo contrario, pues terminamos apoyando la campaña de los corruptos que señala que nadie está libre de culpa y que por tanto ese no debe ser un criterio a tener en cuenta al momento de elegir a nuestros gobernantes. Frases como “roba, pero hace obra”, o la reciente encuesta en que no pocos ciudadanos declaran su intención de votar por Keiko Fujimori o Alan García, a pesar de que ellos mismos consideran que las acusaciones de corrupción en su contra son, no sólo verosímiles, sino veraces; demuestran el peligro en el que ponemos a nuestra frágil democracia cuando caemos en la falacia de que corrupción es corrupción, porque toda corrupción debe castigarse, pero una cosa es una coima y otra una mafia organizada para delinquir, una cosa es un ministro ladrón y otra una cleptocracia.
Y a todo esto hay que añadir que si usamos el cinismo para atacar, hacemos que sea legítimo que se use el cinismo para defenderse, las declaraciones de Nadine Heredia sobre sus agendas es un buen ejemplo de lo que acabamos de decir.
Y es que el cinismo amenaza con convertirse en parte de la cultura nacional si criticamos la pachotada fujimorista de “chapa tu choro y déjalo paralítico” y hacemos de la campaña electoral, ya en plena marcha, una competencia de quien da peores castigos a los delincuentes, así se propone duplicar penas, que el ejército patrulle las calles y hasta que se aplique la pena de muerte para delitos comunes. Y como cereza del pastel hacemos carga montón contra Milagros Leiva, mientras Nicolás Lúcar se vuelve un referente del periodismo nacional.

*Publicado en el diario Noticias, el 14 de setiembre, en mi columna de opinión: Letra Menuda.