28 feb. 2016

Solo los tránsfugas salvarán al Parlamento*

                                      Por José Luis Ramos Salinas 

El trasfuguismo es uno de los síntomas de la crisis del sistema de partidos y de la política misma. Básicamente, el trasfuguismo consiste en el cambio de partido por parte de un político. En algunas ocasiones, no puede ser tachado moralmente, como cuando uno se pasa de un partido que está en el poder a otro que no lo está (reduciendo las posibilidades de obtener réditos personales); pero las más de las veces revela a qué punto la política se ha vuelto una actividad crematística.
La integridad moral del tránsfuga, también se ve menos mellada, cuando si bien cambia de partido, no lo hace de ideología. Así de uno de derecha pasa a otro inspirado también en el neoliberalismo, por ejemplo. O cuando se hace con bastante anterioridad a las elecciones, por lo que no se puede ligar su decisión a un frío cálculo para pasarse a quien tiene mayor preferencia en las encuestas. Si el cambio de partido implica también un cambio de ideología y el objetivo evidente es mantenerse o alcanzar una posición de poder, el tránsfuga es en realidad un vulgar mercader de sus supuestos “principios”.
En nuestro país, el trasfuguismo adquirió un nauseabundo patetismo durante la dictadura de la mafia fujimorista, pues el travestismo incluía cambios de partido, de ideología, y del discurso reciente; implicaba recibir dinero como un adelanto de las gollerías futuras, y se hacía después de haber obtenido una curul en el Congreso. La situación se convirtió en miasmática en la fraudulenta elección de Fujimori en el 2000. Entre los protagonistas estuvieron los electos por Arequipa: Luis y Roger Cáceres, y Miguel Mendoza del Solar.
Convertido el sistema de partidos en el Perú en una caricatura, que se manifiesta con los “invitados” -de toda laya- a integrarse a la lista, las sorpresas de último minuto, las alianzas contra natura, y el alquiler de alguna inscripción vigente en el JNE; el resultado tiene que ser que en cada partido hay de todo. Por si esto fuera poco, los partidos hacen las cosas tan chabacanamente que ven sus listas anuladas antes de la votación.
Así en abril, la población tendrá frente a sí un menú en el que hay pescado podrido en abundancia, algunos platos en aparente buen estado, y uno que otro postre, que si bien son de calidad, nadie se explica cómo terminaron con tan malas compañías.
La esperanza es que esos postres sean elegidos, en el Congreso se vean y se reconozcan, se junten y le den algo de decencia a lo que todo parece será un Parlamento con gente que no sabe ni parlar, pero seguramente sí, agarrar, literal y etimológicamente hablando.

*Publicado en el diario Exitosa del 27 de febrero de 2016


24 feb. 2016

Del todos contra Keiko al todos con Keiko*

                                            Por José Luis Ramos Salinas 

La campaña electoral empezó en el Perú con un escenario particular, una candidata, la del fujimorismo, partía con una clara ventaja respecto a todos los demás. No tuvo que hacer nada para conseguir el 30%, era la herencia del vulgar clientelismo que practicó su padre como táctica para que los sectores menos favorecidos vieran para otro lado mientras él cometía sus gigantescas fechorías. También cumplió su papel un electorado despolitizado al máximo, y que por tanto toma sus decisiones en base a impulsos primarios: como el miedo a la creciente inseguridad, que se combinó con la dudosa fama de mano dura, de quienes fueron y son expertos en hacer pasar por coraje lo que simplemente es violación de la ley y los derechos humanos: “Chapa tu choro y déjalo paralítico”.
La carrera electoral empezó por tanto, no con todos en el partidor, sino con una situación notoriamente favorable para Keiko Fujimori. En un inicio, esto motivó la estrategia de: “todos tenemos un enemigo político común, la democracia está en peligro, es necesario recordar a la ciudadanía lo funesto que significó para el país el gobierno de Fujimori y sus socios Montesinos y Hermoza Ríos”. Pero esto duró muy poco, resultaba tremendamente difícil para Alan García, César Acuña, Alejandro Toledo, y Pedro Kuczynski, presentarse como los representantes de la moralidad. Si alguno quiso aparecer al principio como una estrella fugaz, muy pronto quedó en evidencia que su estela era de paja.
Entonces cambió la estrategia. Dieron al fujimorismo como ganador y su único objetivo era pasar a segunda vuelta, después ya se vería cómo enfrentar al partido naranja. Esto le dio más ventaja todavía a Keiko, quien mientras viajaba, con los millones que le enviaban de paraísos fiscales y que conseguía organizando cócteles, veía como sus adversarios se desgastaban luchando entre sí. Así observó cómo los líos partidarios y el escándalo financiero de Toledo terminaban con su candidatura; cómo los narcoindultos, permanentemente aludidos en la campaña, se traían abajo a Alan García; cómo Acuña quedaba sepultado por sus plagios; y cómo PPK se desinflaba al pasar de gringo emprendedor a pituco acriollado.
En la Dinoes, los ojos se pusieron más chinitos que de costumbre por la alegría. Ahora solo había que fingir un alejamiento con Keiko, una desavenencia con Martha Chávez y mostrar un perfil conciliador con una pizca (bastante miserable por cierto) de arrepentimiento. El maquillaje duró poco y se corrió de manera horripilante en el aeropuerto arequipeño. Como si hubieran sido obligados a usar una camisa de fuerza durante mucho tiempo, los dirigentes fujimoristas corretearon a ciudadanos con puño feroz, amenazaron a la prensa, y se colocaron como víctimas de terroristas. No han cambiado nada.
Paralelamente, se hacía público que un candidato a quien casi nadie daba esperanzas al principio empezó a crecer a ritmo galopante, llegando al segundo lugar de las preferencias. Por si fuera poco, a diferencia de los demás tenía serias posibilidades de ganarle en segunda vuelta a Keiko. Se trataba de Julio Guzmán, una especie de buen Frankenstein que reunía el discurso neoliberal emprendedor de PPK, el carácter de outsider de Acuña, los pergaminos de universidades extranjeras de Toledo, pero no las mañas ni los reflejos de García, y eso puede significar su fin (si es que el JNE ya no lo sepultó a la hora que usted lee estas líneas).
A nivel de política económica, Guzmán no significaría peligro alguno en la presidencia, el FMI estaría tan contento como los grupos de poder económico que crearon y apoyan su candidatura. Pero a nivel político es otra cosa: ¿Con quién García podría hacer una alianza para gobernar a pesar de que pierda, con Keiko o con Guzmán? ¿Quién le convendría más a un inmoral como Acuña y sus negocios disfrazados de universidades? ¿Quién podría darle un espacio a PPK sin temor del serrucho? ¿Con quién Toledo podría recordar la marcha de los 4 suyos? ¿Y Reggiardo y Solidaridad Nacional de José Luna? La respuesta es obvia y siempre la misma: con el fujimorismo. Así es como pasamos de un breve y endeble “todos contra Keiko”, a un entusiasta y radical: “todos con Keiko”; y es que los políticos como cualquier especie, prefieren un hábitat que les permita crecer, así este sea un muladar.

*Publicado en el diario Noticias del 22 de febrero de 2016

21 feb. 2016

Arequipa otra vez*

                                             Por José Luis Ramos Salinas 

César Acuña había recibido algunos golpes, no fue muy difícil encontrar cosas en contra de quien ahora sabemos, tiene un problema patológico para distinguir el bien del mal actuar. Las denuncias eran graves, pero un electorado que es la herencia del cáncer fujimorista, necesita más que seducción de menores, violencia familiar, compra de votos y contratos dolosos, para quitarle su respaldo. Entonces aparecieron los plagios, uno tras otro, a un nivel tal que la única defensa posible era el cinismo, para el que Acuña parece bien dotado, pero no lo suficiente para seguir creciendo en los sondeos.
Alan García, famoso por saltar en el momento preciso, recibió contra campaña desde el principio. Los narcoindultos, de los que poco faltó para que se jactara en un principio, lo llevaron al imposible de pedir disculpas a la ciudadanía y prometer que nunca más lo hará. Promesa que todo indica cumplirá, porque para indultar se necesita ser presidente.
PPK también sintió las pegadas, a los lobbys y a su criollada respecto a su nacionalidad, se sumó que ahora tiene cinco años más.
Julio Guzmán aprovechó su posición de francotirador, cual parricida eligió a PPK como su sparring favorito y se llevó sus votos, los de los indecisos y los de la izquierda ingenua (había habido una). Eso lo llevó al segundo lugar y a convertirse en blanco. Incoherencias, vinculaciones con grupos de poder, pero sobre todo un partido hecho con remiendos y maquillaje improvisado, que lo ha llevado a donde ahora está.
Desde su cómodo 30% Keiko observaba, como si no se apellidara Fujimori, como si su padre no fuese su padre; sus tíos, sus tíos; y el partido que encabeza producto directo de la vil mafia que organizó el patriarca junto con Montesinos. Con ella no era el lío... hasta que llegó a Arequipa y en el aeropuerto le recordaron a gritos el infame pasado que nunca debemos olvidar. Los más más del partido naranja fueron cogidos por sorpresa, olvidaron las máscaras en Lima y como si estuvieran esperando una oportunidad para demostrar quiénes son, saltó Pier Figari para amenazar a la prensa, y acusar de terroristas a los detractores; Joaquín Ramírez más que dispuesto a la violencia; y Ana Herz no se quedó atrás con sus gritos destemplados. Para que no queden dudas, Keiko justificó el actuar de su plana mayor; Luz Salgado dijo que ellos fueron las víctimas, pues fueron emboscados; y Spadaro que responderán con golpes. Quienes hemos vivido la dictadura de Fujimori sabemos el peligro que esas amenazas significan y cuán urgente es recordarle a la gente los miles de motivos y millones de dólares por los que Keiko no debe ganar.

*Publicado en el diario Exitosa del 20 de febrero de 2016

14 feb. 2016

Good bye mister Alan*

                                             Por José Luis Ramos Salinas 

1985, Alan García, con una oratoria grandilocuente y un encendido verbo anti imperialista se ganaba a las masas que, en ese entonces, tenían una mayoritaria convicción izquierdista. Ganó holgadamente y en sus primeros años de gobierno se enfrentó al FMI y hasta ofreció apoyo militar a Panamá para resistir la inminente invasión norteamericana. Salía al balcón y el pueblo acudía a escucharlo. Se hablaba de cambiar la Constitución para permitir su reelección. Pero luego vino la debacle económica que junto con el terrorismo en auge, le dio a la oposición la carta libre para despedirlo con abucheos en el Congreso.
Después de la dictadura de la mafia fujimontesinista, empezaron a aparecer pintas con el mensaje “Alan vuelve”, aunque no faltó quien le añadiera un par de letras: “Alan devuelve”, en alusión a las sospechas de corrupción de las que nunca se libró, pues prefirió recurrir a la prescripción de los delitos que se le imputaban. Pese a esto y al recuerdo de su catastrófico gobierno, obtuvo una alta votación el 2001, hasta se insinuó que calculó que le convenía perder esa vez.
El 2006 sacó de carrera a Lourdes Flores, acuñándole el mote de “candidata de los ricos”, y en segunda vuelta venció a Humala. Ya en el gobierno, se parecía cada vez más a Lourdes, ganándose el apoyo de la derecha en lo económico; y hasta del fujimorismo, mandando al tacho la lucha contra la corrupción. El Alan de 1985 se le aparecía como un fantasma que había que enviar a la hoguera, lo hizo escribiendo “El perro del hortelano”, especie de acto de contrición y de solicitud de inscripción al Tea Party. Pero a lo que no iba a renunciar jamás era a sentirse rey (tal como le gustaba cantar), y cual monarca indultó a más de mil narcotraficantes. “Si no les gusta, no voten por mí”, desafió a quienes criticaron tan sospechosa misericordia, seguro de que a los votantes siempre los tendría en el bolsillo.
2016, la última encuesta le da 5%, pese a que no va solo, sino en alianza con la candidata de los ricos. Su total entrega a la derecha, parece un ridículo gesto de viejo verde frente a Julio Guzmán o, incluso, frente a PPK. Su populachismo cínico resulta deslucido frente a Acuña, y su inclinación a saltarse la ley, palidece frente a Keiko.
Alan se ha movido a donde fuera preciso para que nadie le haga sombra, pero ahora lo dejaron sin lugar de tanto irse a la derecha. Solo un punto menos en los resultados de abril, y como Scorza hizo con Haya, los apristas debieran gritarle: “Good bye mister Alan”, el resto de peruanos parece que ya lo hizo.

*Publicado en el diario Exitosa del 13 de febrero de 2016

8 feb. 2016

Qué vergüenza no tener vergüenza*

                                                Por José Luis Ramos Salinas 

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, consigna varias acepciones para la palabra vergüenza, dos son las que nos interesan aquí: “Turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante”; y “Estimación de la propia honra y dignidad”.
Cuando la vergüenza se mezcla con la política surgen cosas tan inverosímiles como el “voto vergonzoso”, que lo entendemos aquí como el hecho de que un elector responde a quien se lo pregunte, mintiendo respecto a por quién votará o  votó, ya que hacerlo público, le da vergüenza, es decir, que sabe perfectamente que votar por quién votó es una acción deshonrosa. La pregunta entonces es: ¿cómo alguien puede votar por un candidato que le provoca vergüenza apoyarlo? La respuesta hay que buscarla en el campo escatológico, en el sentido fisiológico, de la política.
Un efecto práctico del voto vergonzoso se hace presente en las encuestas que buscan medir las preferencias electorales en un momento dado de la campaña, e incluso en las denominadas: encuestas a boca de urna. Cuando los resultados de quién es considerado un candidato vergonzante son mayores que lo que las encuestas estimaron, entonces la explicación viene dada por el vergonzante voto vergonzoso.
Que alguien vote tragándose su vergüenza es lamentable, pero que la gente vote por candidatos vergonzantes y que no tenga reparos en hacer pública su preferencia es lo que las abuelas llamaban una desvergüenzura.
En el Perú nos hemos visto obligados más de una vez a elegir el mal menor, también se ha hecho presente el voto vergonzoso, pero a lo que ahora estamos asistiendo, me temo, es al voto desvergonzado, a la política sinvergüenza con políticos sinvergüenzas y votantes sin vergüenza ni propia ni ajena.
Sino ¿cómo explicar un 30% de apoyo a Keiko con todo lo que hizo su padre con su aplauso? Porcentaje que no ha variado con su lista vergonzante de candidatos al congreso, y que no variará luego de haberse hecho público el manejo estilo gánster de sus fondos de campaña, y es que la mafia se puede golpear el pecho, pero cambiar jamás.
¿Cómo explicar que denuncia tras denuncia contra César Acuña no se registre ningún bajón significativo en el número de votantes que le dan su apoyo? Incluso algunos analistas especulan que si siguen apareciendo más plagios o lo que fuese, podría surgir un efecto contrario y aumentar su caudal de votos; por allí debe ir la intención de la campaña publicitaria que intenta comparar al avivado de Acuña con nada menos que Martin Luther King, bajo el supuesto argumento que tienen algo en común: los dos plagiaron.
El caso de Alan no es distinto, si no les gustó que libere narcotraficantes no voten por mí, dijo el ex presidente seguro de que el elector peruano se puede tragar los peores sapos. Interesante y vergonzante resulta además, que quienes más buscan que los electores activen, cual mecanismo de defensa, su sentido de vergüenza respecto a lo vergonzante de los otros candidatos, son los alanistas. Es decir: ¡Cómo pueden votar por un plagiador cuando pueden hacerlo por un doctor bamba que liberó narcotraficantes en masa y un largo etc.! Vergonzante discurso que no provoca vergüenza alguna en quienes lo difunden hasta en sus propios Facebook, exponiéndose hasta con su círculo más cercano.
Aunque salvando las distancias, lo mismo ocurre con Julio Guzmán, quien luego de su ascenso en las encuestas ha sido puesto en evidencia sobre las incoherencias de sus propuestas, sus vínculos sospechosos con el poder económico y el carácter de fachada democrática del pseudo partido por el que postula. Pero nada de eso hará que baje en las encuestas, hasta puede ser que siga subiendo.
Hace unos años José Luis Vargas publicó un libro titulado “Adiós a la Vergüenza”, en el que daba cuenta de este hecho en los reality show. Como hemos visto, ahora el título aplica también a la política peruana y entonces tal vez Hildebrandt se equivoque cuando cree que Acuña es el presidente que nos merecemos, tal vez ese vergonzante sitial le corresponda a Laura Bozzo.

*Publicado en el diario Noticias del 8 de febrero de 2016


6 feb. 2016

El otro Guzmán*

                                               Por José Luis Ramos Salinas

Hernando de Soto, en plena guerra interna publicó un libro que tituló desafiantemente: “El otro sendero”. El texto no trataba, como pudiera pensarse, sobre la organización que encabezara Abimael Guzmán, sino sobre el papel del Estado en el manejo económico. El modelo que retrataba de Soto, era uno interventor y regulador, lo que a su juicio impedía el desarrollo capitalista del país. Proponía entonces, por un lado desaparecer las excesivas regulaciones, y por otro, formalizar las pequeñas posesiones para convertir en propietarios a quienes veíamos como desposeídos. A su entender, el peruano promedio tenía todo el potencial para convertirse en un capitalista de éxito, pero el Estado se lo impedía al bloquear su iniciativa. De Soto, efectivamente propuso otro (en el sentido de diferente) sendero, cuando la economía peruana dependía en gran medida del Estado.
Julio Guzmán pertenecía hasta hace poco al grupo de “candidatos chicos”. Un buen trabajo en las redes sociales empezó a sacarlo del anonimato y a presentarlo como una alternativa realmente distinta a los políticos de siempre con su gigantesco pasivo en materia ética. Se trataba por ello, supuestamente, de un outsider, pero no al estilo achorado de Acuña, sino de yupi a lo PPK, pero sin las debilidades de este.
¿Esto quiere decir que su hoja de vida es intachable? Políticamente hablando, podemos responder que de ninguna manera. Para empezar él, no es el dueño del Partido por el que postula, sino los magnates Gonzalo Aguirre y Drago Kisic. Habría que preguntarse cómo se eligieron los candidatos al Congreso y si Guzmán tuvo poder decisivo en eso, y sobre todo quién gobernará en caso gane la presidencia. De otro lado, su ligazón al Estado terrorista de Israel, que ve en Guzmán la posibilidad de tener un aliado en América del Sur en su política expansionista, es algo que debe preocupar a quienes creen en el ordenamiento jurídico internacional y en la defensa de los derechos humanos.
Por todo esto, el candidato de Todos por el Perú, no es un “otro” en el espectro político peruano, sino más bien, otro (en el sentido de uno más) García, otro Toledo y sobre todo otro PPK. Y si a alguien le queda dudas, basta escucharlo defender el TPP en meros términos comerciales para darnos cuenta que Guzmán está muy lejos de ser siquiera un hipster, y es más bien uno de los candidatos orgánicos del mainstream. El Frente Amplio debería ponerlo en el blanco, las críticas del resto son meramente electorales y se necesita desnudar ideológicamente al Guzmán del neoliberalismo dogmático.

*Publicado el 7 de febrero en el diario Exitosa, Arequipa, Perú.

3 feb. 2016

Acuñas como cancha*

                                             Por José Luis Ramos Salinas 

Hace unos meses quienes encabezaban las preferencias electorales registradas en las encuestas publicadas, eran Keiko Fujimori, Pedro Pablo Kuczynski, Alan García y Alejandro Toledo. Sobre todos ellos caían graves sospechas de corrupción o por lo menos denuncias que revelaban la pasmosa falta de ética de los candidatos nombrados.
Luego, la candidatura de César Acuña comenzó a tener acogida y a medida que el número de sus simpatizantes crecía, también aumentaban las  denuncias en su contra, desde las que ponían en entredicho su vida privada o sus capacidades personales, hasta las que merecían investigaciones judiciales.
El candidato multimillonario y el equipo que tiene a su cargo la campaña, supieron capear bien el temporal  con el argumento de que los políticos tradicionales empezaban a verlo como un peligro y querían sacarlo de carrera a como diera lugar. Hasta puede ser que el plan de presentarse como víctima de los malos le sumara algunos votos más. Pero las denuncias siguieron acumulándose y ya no era posible mantener la estrategia indicada. Además las pruebas cada vez más contundentes dejaban poca duda acerca de que Acuña reúne muchos de los defectos, mañas, pecados y probablemente delitos de los adversarios respecto a los cuales él pretendía presentarse como una opción diferente.
Después fue Julio Guzmán, quien empezó a llamar la atención de los electores y aunque actualmente no representa un real peligro para quienes tienen posibilidades de pasar a la segunda vuelta, también empezó una campaña en su contra que incluía el asunto de su vinculación con el Estado terrorista de Israel y con uno de los grupos empresariales más poderosos del país, que desde elecciones anteriores intenta tomar el poder a través de distintos candidatos, el impresentable Castañeda Lossio, fue una de sus últimas cartas.
Entonces la pregunta es: ¿Los candidatos que no tienen denuncias en su contra se lo deben a su trayectoria intachable o a que no tienen posibilidades en las encuestas? ¿Si mañana Barnechea o Mendoza suben unos puntos aparecerán supuestos ilícitos, amoríos turbios, o plagios? ¿La política peruana tiene acuñas como cancha?
El reciente escándalo del plagio resulta muy interesante para el análisis del elector peruano. De una parte un sector de la población parece decir: “y quién no ha plagiado alguna vez”, es decir, como Fujimori, Acuña es bueno con la yuca y sería “un presidente como tú”; en otras palabras, la terrible moral del “roba, pero hace obra”. Otro sector, casi desquiciado a mi entender, asume que todo delito o falta cometido por un cholo serrano (un no limeño criollo en realidad) como Acuña, debe perdonarse porque quienes lo quieren linchar son los pitucos de siempre, es decir, la raza como salvoconducto de impunidad. El otro sector, el que pudiera parecer defensor de la ética, quiere quemar vivo al rector iletrado, y esto que pudiera interpretarse como una ola democrática anticorrupción me temo que es pura hipocresía; sino como se explicaría que el supuesto plagio les merezca más indignación que los estudios “subvencionados” de Keiko, o el doctorado bamba del narco indultador García, o para salirnos de la política electoral, cómo es que no asumieron esa actitud beligerante cuando las denuncias contra Cipriani o el sodalicio, que por cierto administra universidades y colegios.
Lo que pasa con Guzmán es otro tema que merece reflexión. Los simpatizantes del neoliberalismo y adoradores del libre mercado como regulador de toda la vida humana, encontraron en él una opción más presentable que Keiko, PPK, Toledo y García. Hasta allí todo bien, pero luego sectores de centro, centro izquierda, y aún de la izquierda caviar, empezaron a sentir simpatías por dicho candidato, lo que revela a qué nivel ha llegado la crisis de la ideología. Como si la presidencia se tratara de un empleo, la gente empieza a decidir en base al curriculum vitae; y como el de Guzmán no se parece en nada al de Acuña, en vano soñar que una eventual tacha contra este último podría sumar votos al yupi de moda. Si Acuña sale, sus votos irán a los que más se le parecen: los Fujimori, García, y Toledo. Pues sí, parece que tenemos acuñas como cancha.

*Publicado en el diario Noticias del 1 de febrero del 2016