Pfizer: “soy el número uno, cuando pueda te
vacuno”*
Por José Luis Ramos Salinas
La
carrera de las gigantes farmacéuticas presentada como una lucha
contra el virus SARS-coV-2 durante casi todo el 2020 quedó al
desnudo recién empezado el 2021 como una competencia por enormes
ganancias dinerarias y luchas por la hegemonía
científico-tecnológica que ostentan las potencias mundiales. Eso de
que Pfizer, Moderna y demás querían salvar vidas resultó ser un
embuste tan grande como el de que era imprevisible la aparición del
virus que puso en jaque la economía mundial y que va causando casi
dos millones de muertes al momento de escribir este artículo, 7 de
enero de 2021
El
fin de la espera de la tan ansiada vacuna resultó ser solo el cierre
de un círculo macabro: la racionalidad instrumental capitalista en
su desprecio por la naturaleza produjo gigantescas ganancias y a la
pandemia como efecto no deseado, pero convertida de inmediato en
oportunidad de nuevas gigantescas ganancias a través de la vacuna
que para esta racionalidad no es más que una mercancía como
cualquier otra, con la ventaja de una oferta limitada y una demanda
grande y despererada que no duda en ofrecer miles de millones de
dólares y riesgo cero con contratos que libran a las farmacéuticas
de cualquier demanda en caso sus vacunas no sean efectivas o
produzcan reacciones adversas por encima de los límites tolerables.
La
pandemia, por lo dicho, debió ser una extraordinaria oportunidad
para develar lo profundamente incivilizada que es esta
“civilización”; para dejar al descubierto los cimientos
miasmáticos sobre los que se levanta su arquitectura de luces de
neón. Pero sirvió, por el contrario, para demostrar que el sistema
sigue siendo capaz de hacer invisibles a los trasatlánticos que
pasan frente a nosotros,
e inodoras a sus aguas servidas que nos empapan de pies a cabeza.
Esto fue tan contundente, que pensadores famosos por su agudeza
crítica terminaron pecando de ingenuos
El
caso peruano es paradigmático, diversos estudios nos muestran como
uno de los países que peor ha manejado la crisis sanitaria y
económica que viene padeciendo el mundo;
pero Martín Vizcarra, quien ocupó la presidencia durante casi todo
el 2020, goza de una tremenda popularidad que lo coloca como bolo
seguro para ganar una curul del Congreso en las elecciones del
próximo abril.
¿Por qué? Porque la gente le ha creído. Algo similar pasa con
Bolsonaro y con Trump, con gran respaldo de los ciudadanos de sus
países, pese a que las cifras revelan que lo que viene ocurriendo en
Brasil y Estados Unidos es una terrible mortandad en ascenso (ver la
nota al pie 1).
Vizcarra
dirigió cada aspecto relacionado a enfrentar la pandemia y quería
que no quedara duda al respecto, apareciendo en hospitales, en
mercados, en laboratorios, etc. Además, con una frecuencia, que en
algunos momentos llegó a ser diaria, se dirigía al país para
explicar las acciones de su gobierno, pero sobre todo para difundir
una particular interpretación de lo que venía ocurriendo en el
mundo y en el Perú, pero presentada como verdad científica e
incuestionable.
Este
texto tiene el objetivo de demostrar que este discurso de Vizcarra
-que es el mismo que circuló en el mundo entero en boca de los
políticos, periodistas, médicos, empresarios, militares,
influencers, líderes religiosos, profesores, cómicos, artistas,
deportistas, etc. etc.- no es científico, sino ideológico; no es
verdadero, sino profundamente falso; y no tiene un objetivo
sanitario, sino político y económico. Pero al mismo tiempo,
descubriremos que la efectividad de este mensaje es directamente
proporcional a lo pernicioso de sus intenciones.
Empecemos
por la madre de las mentiras, difundida en cada rincón del planeta:
nadie se imaginó que iba a aparecer el nuevo coronavirus, y que la
culpa es de los chinos que gustan de comer platos exóticos.
Que
se venía una pandemia era algo que se sabía desde hace varios años,
y estaba publicado y debidamente documentado. Los virus que logran
pasar con éxito de animales a humanos no son una rareza excepcional.
Este “nuevo coronavirus” es solo uno más de los muchos
coronavirus que hicieron su aparición en los últimos años;
y de hecho tiene un precedente tan similar que su nombre solo se
diferencia por el último número: el SARS-coV-1. El detalle con el
que se pronosticó lo que ocurrió en 2019 en libros como: “El
monstruo llama a nuestra puerta”, que Mike Davis publicó el 2008;
“Grandes granjas, grandes gripes”, de Rob Wallace, publicado en
2016, pero que reúne textos escritos desde 2009; y el que David
Quammen publicó en 2012: “Derrame: las infecciones animales y la
próxima pandemia humana”; son prueba más que suficiente que si el
mundo fue agarrado por sorpresa no fue por una supuesta
impredecibilidad inherente a los virus, sino que evitar la pandemia
requería poner en cuestión no solo la forma en la que se explota la
naturaleza, sino el resto del sistema económico y la particular
cultura con la que todo esto conforma el bloque histórico del
capitalismo. En la lógica del poder unos millones de muertos y
cientos de millones de hambrientos no eran para tanto. Pero si este
argumento le puede parecer convincente a algún despistado, hay que
aclararle que el menor de nuestros problemas es la COVID-19; un
peligro muchísimo mayor son los virus que se vienen, que surgirán
de la misma “fábrica” de la que salió el SARS-coV-2 y que ha
quedado intacta y que no tiene la más mínima intención de cerrar o
hacer siquiera algún cambio; total, es mejor que la especie se
acostumbre a la “nueva normalidad” de ver morir parientes y de
ser sometidos a una mayor explotación (legislación laboral para
épocas de pandemia es el eufemismo en boga) con mascarilla y a veces
en “la comodidad del hogar”. La pandemia jamás fue un asunto
biológico, ni sanitario; siempre lo fue económico y político;
haberla entendido desde los mandiles blancos convertidos en estrellas
mediáticas es la prueba de que nos tragamos, sin cuestionar, la
madre de todas las mentiras.
Otro
de los mensajes recurrentes en el ámbito mundial fue que el nuevo
coronavirus actuaba democráticamente ya que no distinguía ricos de
pobres, sexo ni origen étnico (les faltó decir edad, pero hasta el
cinismo tiene un límite). El contagio de la COVID-19 se da en
condiciones que son habituales en las zonas urbano marginales:
hacinamiento; falta de servicios básicos; imposibilidad económica
(tienen que salir a buscar ingresos para comer día a día),
psicológica (no cuentan con ningún medio de entretenimiento en casa
y/o hay un ambiente de violencia) y física (no se trata de casas
sino de habitaciones en donde duerme toda la familia), de cumplir la
cuarentena.
El
tratamiento médico adecuado también es imposible en sectores con
poco o ningún acceso al servicio sanitario; hábitos atávicos de
auto-medicación; imposibilidad económica de hacerse pruebas de
diagnóstico en clínicas privadas, tampoco una radiografía, ni
pensar en una tomografía; ninguna costumbre de acudir al médico
salvo en deterioros muy graves de la salud; ni pensar en comprar un
balón de oxígeno, un oxímetro, ni siquiera un termómetro. Estas
personas, si lograban una cama en el hospital, solo era para morir. Y
ya sabemos que en el mundo entero la pobreza viene con color de piel;
lo sabemos nosotros desde siempre, y se lo han recordado
dolorosamente el 2019 a países como Estados Unidos.
Por
eso era necesario asociar a esta, otra mentira: la de que la
estadística es objetiva y neutral; y que gobiernos como el nuestro
han sido tan transparentes que actualizaban sus datos en tiempo real.
Allí estaba la Universidad Hopkins haciendo el recuento macabro,
pero al mismo tiempo ocultando el rostro de los muertos. La página
oficial del Ministerio de Salud, que se actualiza diariamente, nos
informa por regiones los niveles de positividad y letalidad; el
número de contagiados; número y situación de los pacientes
hospitalizados; disponibilidad de camas UCI con ventilador mecánico;
y fallecidos por sexo, grupo de edad e institución a cargo del
hospital en que se produjo la defunción.
Es decir, no nos informan nada que demuestre que el virus no es
democrático, sino más bien tremendamente discriminador. Ningún
dato acerca del nivel socioeconómico de los fallecidos, de los
servicios con los que cuenta el lugar donde vivía, su nivel de
instrucción, si era trabajador formal o informal o si estaba
desempleado, si tenía ahorros o deudas en los bancos, si sufrió
desnutrición crónica cuando fue niño, si tenía seguro de salud y
de qué tipo, si comió y qué comió la semana anterior a su
hospitalización, etc. Las estadísticas no se usan para informar
sino para ocultar, y si creíamos que estábamos bien informados
viendo los histogramas, diagramas de barras y demás gráficos
coloridos es que nos vendieron gato por liebre y nos lo comimos bien
rico.
La
mentira de que estamos en una guerra contra el nuevo coronavirus, en
la que la única forma de vencerlo es estar unidos, choca con la otra
gran mentira de que la salud es un asunto de responsabilidad
individual. En una nos piden la unión, en la otra imponen la
consigna: sálvese quien pueda, pero disfrazada de: los responsables
están sanos, los irresponsables muriendo por su propia mano
(recuerden el spot gubernamental en que el nieto mata a su abuela
contagiándola por irresponsable).
A
pesar de la contradicción, ambas mentiras tuvieron mucho éxito: si
el enemigo bélico es el nuevo coronavirus, la tragedia no tiene nada
que ver con el desastroso sistema sanitario que tenían países que
como el nuestro eran considerados un ejemplo a seguir en materia
económica; ni con precarios sistemas educativos y poderosos sistemas
propagadores de ignorancia; ni con modelos económicos que no dejan
de hacer crecer la desigualdad; ni con culturas desprovistas de toda
solidaridad que proponen que el éxito personal, expresado en
consumo, es lo único que debe regir la vida. Es frecuente, hasta el
hartazgo, que en cualquier discurso, desde el del presidente de la
República hasta el del delegado de clase universitaria, el culpable
de todo sea el SARS-coV-2; casi como una plaga bíblica, sin que
sepamos a ciencia cierta cuál es el pecado que estamos pagando
(algunos pastores evangélicos parece que sí lo saben).
Encontrado al culpable, todos los demás son inocentes, y si nos va
muy mal es que vamos perdiendo la guerra porque el enemigo era más
poderoso de lo que pensábamos (muta muy rápido) y porque a nuestras
fuerzas (los ciudadanos) les falta patriotismo (no es casual que los
migrantes sean sospechosos de propagar la peste,
tal como ha ocurrido a lo largo de la historia), vocación de
sacrificio y sobre todo: responsabilidad. Y es aquí donde esta
mentira se vuelve coherente con aquella en la que estaba en
contradicción.
Los
malos soldados son los irresponsables, los que no se quedan en casa,
los que no se lavan las manos, los que no llevan alcohol en gel
consigo, los que no usan o llevan mal puesta la mascarilla, los que
no se mantienen alejados de los demás. Los buenos, los que hacen
todo lo que se les dice. En pandemia la obediencia es sinónimo de
ciudadanía. El éxito de esta mentira deja bien librados a los
Estados cuya última preocupación fue el sistema sanitario, a los
líderes políticos que no atan ni desatan y, obviamente, al sistema
económico imperante y sus inherentes injusticias y desigualdades.
Así, un problema de salud pública queda convertido en cuídate que
tu salud es tu responsabilidad; un problema político en un tema de
buen o mal comportamiento; por tanto, no hay nada que cambiar en la
sociedad, sino dar de cachetadas a los que no obedecen las normas de
la emergencia sanitaria.
Pero
esta última mentira atenta contra algo más: la solidaridad y su
forma natural, la organización. Prácticamente todos los gobiernos
del mundo han promovido el cuidado de la salud como un asunto
individual y se ha dejado de lado, cuando no se ha boicoteado, que se
enfrente a la pandemia desde los sindicatos, las organizaciones
barriales, los partidos políticos, etc. Todo indica que una
estrategia de contención funciona mucho mejor a través de
organizaciones de la sociedad civil, pero se corría el riesgo que el
llanto individual por el familiar muerto (recuérdese la mujer
desesperada que intentó hablar con Vizcarra a la afueras del
hospital Honorio Delgado de Arequipa)
se convierta en lucha política por los compañeros caídos de la
organización.
Todas
estas mentiras juntas nos llevan a la gran mentira final: la solución
es la vacuna. Si el virus es la causa de todo, la solución es algo
que le impida seguir contagiando a las personas. Asociada a esta
mentira surgió una cadena de otras: la ciencia viene al rescate del
mundo, porque la ciencia está al servicio de la humanidad, porque
cuando se invente la vacuna la población mundial entera será inmune
al SARS-coV-2 y volveremos a ser tan felices como lo éramos antes de
la pandemia. Estas últimas mentiras son cada vez más difíciles de
sostener, pero la principal, la de que la vacuna es la solución es
tomada como una verdad que nadie cuestiona.
Mientras
se anunciaban los avances de los laboratorios en sus pruebas
clínicas, convenientemente para el alza de sus acciones en la bolsa,
nos fuimos enterando cómo estas investigaciones eran financiadas por
Estados que ponían como condición estar en el primer lugar de la
lista de distribución; luego ofrecerían su ayuda para asegurar lo
necesario para una producción masiva, otra vez con la misma
condición. Quedó en evidencia que la vacuna no era para la
humanidad sino para los denominados países desarrollados. Israel
vacunó a colonos en tierras palestinas, pero no a los palestinos,
por si a alguien le quedaba alguna duda;
y en Nebraska dejaron claro que los indocumentados no forman parte de
la humanidad.
También se difundió que Pfizer y Moderna, que lideraron la carrera
por la vacuna usaron una nueva tecnología para la fabricación de
una sintética, cuyo costo sería 40 veces mayor de las vacunas
“tradicionales”; y cuya logística para su conservación y
distribución deja afuera a los países pobres.
¿Por qué optaron entonces por esa tecnología? Si las ganancias se
estiman en términos porcentuales, el uso de una tecnología u otra
implica miles de millones de diferencia en los ingresos. Luego la
ciencia no está para servir a la humanidad, sino para servir al
bolsillo; los científicos no trabajan para la humanidad, trabajan
para compañías privadas. Empresas que cuando tuvieron su vacuna
-sin todas las garantías que se exigen habitualmente, pero que se
pasaron por alto por la emergencia que se vive- se quitaron la careta
y haciendo uso del mango del sartén pusieron como condición a los
Estados para empezar a negociar una absoluta confidencialidad que nos
hace pensar que se trata de contratos inconfesables, algo que las
pocas filtraciones parecen confirmar
(¡cuánta falta nos hace Assange!). Así la gran solución resultó
ser solo un gran negocio en donde las grandes farmacéuticas dieron
gracias a Dios por la pandemia; y los gobiernos que se pusieron de
rodillas frente a ellas recibieron los aplausos de su ciudadanía.
Pfizer
no trajo ninguna solución porque es parte del problema: un sistema
económico cuya racionalidad gira alrededor de las ganancias.
Se
trata de la misma lógica que lleva a criar millones de bizones en
granjas donde se apiñan a 800 mil especímenes para luego
sacrificarlos y producir los abrigos de bizón que la moda y la
elegancia de la burguesía reclama. No es casual que el nuevo
coronavirus pasó a estos abrigos vivientes y de allí otra vez a los
humanos.
En los libros que citamos al inicio está explicado por qué la forma
en la que se crían pollos, cerdos y otros animales, produce virus;
mucho más si estas megagranjas están ubicadas en zonas que antes
eran selva o cerca de zonas deforestadas que convierten a estos
animales en vecinos de territorio salvaje que es donde los virus
abundan y en donde se mantendrían sino fuera por la incursión del
capital. Como estas empresas propietarias de las megagranjas son
globales y mueven capitales, personal y mercancía en todo el
planeta, la pandemia está asegurada en tiempo récord. Y estos
nefastos efectos, cuyo costo se distribuye socialmente a la inversa
de las ganancias que se apropian individualmente, no tienen
justificación alguna, porque la producción de tanta carne no es
para el consumo de proteínas de la población mal alimentada, sino
para que la arrojen a la basura los que quieren presumir de no ser
unos muertos de hambre.
Este
es el problema que ninguna vacuna va a solucionar, mucho menos
aquellas que se mueven en la misma lógica. Las alternativas que el
capitalismo propone como la modificación genética de cerdos
destinados al consumo humano
o el cultivo de células animales en laboratorio,
podrían ser peor que lo que pretenden solucionar.
Si
no queremos más pandemias es al capitalismo al que hay que inocular,
no una vacuna, sino una pócima de su propia medicina.
* Este artículo fue terminado de redactar el 12 de mayo de 2021 y fue distribuido entre mis estudiantes.