14 mar. 2017

La importancia de llamarse Emilia*

                 Por José Luis Ramos Salinas

 

Lo que llamamos civilización humana lleva ya varios milenios, a lo largo de los cuales han ocurrido importantes y radicales cambios en la forma en cómo se constituyen las diferentes sociedades. Así por ejemplo, hubo un momento en que la esclavitud era la norma y no precisamente un mal necesario, sino hasta algo positivo y natural. Pero sin importar los siglos que dicho sistema se impuso, llegó a su fin, desmoronándose poco a poco, y no sin ofrecer feroz resistencia, de la cual la cruenta guerra civil norteamericana puede ser un buen ejemplo.

El sistema social que dividía a la gente en nobles y siervos, y que justificaba dicha división en un supuesto escencialismo incuestionable por sus mandatos natural y divino, también se vino abajo con la irrupción del capitalismo, que a sangre y fuego en la Revolución Francesa impuso la idea de que todos los hombres eran iguales ante el Estado. Pero para el ideario revolucionario, hombre no significaba “humano”, sino “varón”, lo que en la práctica quería decir que las mujeres no habían sido incluidas en el proyecto “universal” de la modernidad, quedando la reivindicación de sus derechos como una tarea pendiente.

Esto quiere decir entonces, que desde hace milenios se producen cambios radicales en las estructuras sociales, pero que los mismos no han implicado el fin de la subordinación de la mujer con respecto al varón. Lograr esto, entonces, sería en realidad, la revolución de las revoluciones. Y si todo cambio genera oposición, imaginen cuánto rechazo producirá una transformación tan inédita en la historia de la humanidad.

Es por ello que cuando alguien como Juan Jacobo Rousseau escribe “Emilio, o la educación”, considerado el primer texto de filosofía de la educación, concibe a la misma como una educación de varones. Hay en el libro, formidables y revolucionarias ideas para su tiempo, al plantear la educación como un proceso no para fortalecer a las élites, sino para convertir a los hombres en ciudadanos, es decir, lo contrario de vasallos; personas con deberes y derechos que las convierten en agentes de su propio destino y el de las naciones a las que pertenecen. Pero aquí otra vez, como ya adelantamos, las palabras “hombres” y “personas”, no aluden a la condición humana, sino a la de varones.

Mas esto no implica que Rousseau se haya olvidado de las mujeres. Les dedica la última parte de su libro, en el que explica, a final de cuentas, que las mujeres deben ser educadas  para servir a los varones: cuidarlos cuando pequeños, ayudarlos cuando mayores, consolarlos en las derrotas, y honrarlos siempre. La educación en el caso de las mujeres, sería entonces, para formar buenas hijas, madres y esposas.

Por eso resulta risible, en cuanto tragicómico, que entidades estatales y particulares, medios de comunicación y hasta sindicatos que se auto definen como revolucionarios, hayan publicado mensajes por el Día de la Mujer, felicitando a esos “seres extraordinarios que saben ser madres y esposas”. Algunos incluso les han agradecido su permanente “acompañamiento”. Solo faltaba agregar eso de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Sin duda, un neomachismo que por disfrazado quiere pasar por su opuesto, lo que lo hace más peligroso que el machismo grosero y desenfadado.

Lo dicho hasta aquí también explica la gigantesca, millonaria y virulenta campaña: “Con mis hijos no te metas”. El nombre es preciso, pues la preocupación son los “hijos”, que aquí nuevamente significa varones, que pueden verse afectados por un currículo educativo que propone la idea de que las mujeres no deben ser educadas para servir al varón, ni para ser madres y esposas; sino mujeres que interioricen la idea de que su sexo no implica nada respecto al papel que ellas quieran asumir en la sociedad, el que fuese: ama de casa, o estratega militar; profesora de educación inicial o superintendente de alguna compañía minera; secretaria o gerenta; monja o cardenal(a); y que si es que llegan a ser congresistas no deben sentirse orgullosas de que sus esposos las tengan “pisadas”, como si eso fuese una virtud femenina.

El enfoque o teoría de género, o si quieren ideología, (las religiones a final de cuentas también lo son), al nivel que el Ministerio de Educación lo quiere implementar, plantea la simple idea, de que independientemente de si somos mujeres o varones, tenemos derecho a elegir nuestro destino. Esa idea es insoportable para quienes consideran que a las mujeres por naturaleza y por mandato divino, les toca un rol de subordinación respecto al varón. Y por eso es que la campaña la dirigen las iglesias católica y evangélicas, directamente o a través de sus organismos de fachada. Iglesias en las que las mujeres no tienen los mismos derechos que los varones, y cuya discriminación quieren expandirla a la sociedad entera como política de Estado. Claro que en pleno siglo XXI se requiere mucho cinismo para decirlo así (aunque lo han hecho), y por eso a menudo usan como excusa el cuco de la homosexualidad, que en el currículo educativo a penas es incluida para dejar en claro que los no heterosexuales son seres humanos y por tanto merecedores de respeto.

La prohibición de que las mujeres cantaran en la iglesia por su pecaminosa voz es de la Edad Media, la idea de que las mujeres deben ser educadas para acompañar al varón es del siglo XVIII. Y la idea de que los hombres y mujeres merecen las mismas prerrogativas no es precisamente del siglo XXI, pero así de atrasados estamos y así como el cangrejo nos quieren hacer caminar.

Rousseau quería que todos los varones fueran como su Emilio, educados para convertirse en ciudadanos. Pues ha llegado la hora, aunque en verdad un poco tarde, de que las niñas, adolescentes y jovencitas, sean educadas para ser ciudadanas, no de segunda clase, sino ciudadanas de verdad, Emilias que promuevan la mayor revolución de todas: una sociedad sin discriminación alguna. Así de grande es su importancia.

 

 *Artículo publicado en el diario Noticias del 12 de marzo de 2017, Arequipa, Perú.