13 may. 2018

Contra el Día de la Madre*


Por José Luis Ramos Salinas

Samantha, la de Hechizada, era, sin duda, una “buena madre”, y Darrin, su esposo un “buen padre”; pero qué sería de Bart y sus hermanos, y el propio Homero, sin March, tan “buena madre” ella. Lois, -la de Padre de Familia- deja, en cambio, mucho que desear; pero sobre la que caben muchas dudas es Nicole, madre de Gumball y exitosa ejecutiva que mantiene a sus hijos a raya, al mismo tiempo que no deja de trabajar, sea en la oficina o desde el celular, el poco tiempo que pasa en casa.
El párrafo anterior, aunque a simple vista no lo parezca, es en realidad un mensaje de hondo contenido ideológico. Pues califica a las mujeres de buenas o malas madres, según un conjunto de criterios, que no son naturales, sino que corresponden a cierta visión de la sociedad y de la familia; y toda visión, en el sentido de proyecto, es ideológica.
Pero preguntémonos qué hace de Samantha una “buena madre”. La respuesta es simple y obvia: dedica su vida a su esposo y a su hija. Sus éxitos son los de ellos, lo mismo que sus penas; carece, en realidad, de vida propia. Ese sacrificio, que se exige, a veces solapadamente, y otras, las más, explícitamente, en las tarjetas y mensajes alusivos al Día de la Madre que con “buena onda” distribuyen instituciones estatales y privadas; es la condición necesaria para sentirse una “buena madre”. Es decir, aquella que no comparte un pan, sino que se lo quita de la boca para dárselo a quienes viven a expensas de su hambre. Toda la parafernalia del Día de la Madre: publicidad, agasajos, actuaciones escolares, sentidos discursos, etc. etc.; está destinada a colocar en su sitio a las madres que quieren ponerse respondonas; a aquellas que quieren un proyecto de vida propio; a aquellas que no se creen el cuento que les corresponde cierto papel en la familia y en la sociedad, por el solo hecho de ser mujeres. El Día de la Madre, sea tal vez la mayor celebración machista que exista.
Intentemos demostrarlo en el pequeño espacio del que disponemos. En documentos de “homenaje a la madre”, difundidos por el Sindicato de Docentes de la Universidad San Antonio de Abad del Cusco, podemos leer cosas como estas: “Sin la buena voluntad y la ayuda de la mujer, el hombre iría al final de sus días –sin descendencia- sin un ser humano para continuar su nombre”. O: “Una madre es capaz de dar todo sin recibir nada… De querer con todo su corazón sin esperar nada a cambio”. Es decir, que el papel fundamental de una mujer no es el de ser madre, sino de ser la madre de los hijos del varón; y esto lo tiene que hacer de muy buena gana, si es que quiere ser de verdad una “buena madre”.
Este mensaje ha calado tan hondo, que incluso algunos grupos que luchan por los derechos de las mujeres no han podido librarse del mismo. Señalan, por ejemplo, que una situación más equitativa en las responsabilidades del hogar y la crianza de los hijos, implicaría que el varón ayude a la madre en dichas tareas. No se percatan que al usar la palabra “ayuda”, ya están asignando un papel “natural” a la mujer; y convirtiendo en un altruista al varón que simplemente cumple, por lo menos, con algunas de las obligaciones que le son inherentes a quien vive en una casa, y a quien tiene hijos.
Pero la madre de Gumball se da tiempo para mantener a flote su hogar y criar a sus hijos, pese a la nula ayuda de su esposo; y además, ha logrado escalar a los puestos laborales más altos. ¿Sería, entonces, este el nuevo paradigma de la mujer moderna: madre y alta ejecutiva? ¿O es añadir una nueva explotación a otra ya existente? O acaso, como quieren los grupos religiosos tan activos en nuestro país, ¿debiera Nicole renunciar y dedicarse a su casa, asumiendo el sacrificio de no tener vida propia como máxima expresión de amor?
El Día de la Madre, no tiene por objetivo, al menos en esta etapa social, ensalzar a las madres, sino ideologizar a las mujeres sobre lo que es una “buena madre”. No busca agradecer sacrificios, sino imponerlos como norma, como máxima virtud, a la que toda mujer “digna” debe autosometerse. Por ello, si de verdad queremos a nuestras madres, levantemos nuestra voz contra el “Día de la Madre”.

*Publicado en el diario Noticias del 13 de mayo de 2018

6 feb. 2018

Cumbres Borrascosas*

                                   Por José Luis Ramos Salinas

Faltan más de dos meses para que se lleve a cabo la VIII edición de la Cumbre de las Américas en Lima, y el tema se ha convertido en portada de diarios, informes televisivos y pregunta obligada a políticos, líderes de opinión y analistas. La razón: Nicolás Maduro ha anunciado que es bastante posible que esté presente en la cita internacional, donde 12 países de la región estarán representados por sus presidentes o funcionarios de alto nivel.
Los adjetivos contra el presidente venezolano no han escaseado: caradura, ha sido quizá el que más consenso ha obtenido; pero se ha llegado hasta pedir que se le impida el ingreso al país. De hecho, el ex alcalde de Caracas que se refugió en Lima como firme opositor al chavismo, ha señalado que la presencia de Maduro ofendería a los cien mil venezolanos que han llegado al Perú escapando de la terrible crisis económica que padece el país llanero.
De lo que se le acusa a Maduro es de ser un dictador, y de dirigir un régimen corrupto. La adelantada convocatoria a las elecciones presidenciales con el veto de la alianza opositora; y la muerte de un grupo de alzados en armas contra el gobierno venezolano en una operación policial que habría incluido ejecuciones extrajudiciales, han exacerbado aún más los ánimos de quienes ven en el sucesor de Chávez al mismísimo demonio; aunque para Goyo Santos se trate más bien de alguien que se enfrenta al imperialismo con derroche de lindura.
PPK, asumió desde que accedió a la presidencia una posición beligerante contra Maduro, y en el denominado Grupo de Lima un indiscutible liderazgo regional en ese sentido. Pero la situación ha cambiado drásticamente en los últimos meses. Luego de las constantes revelaciones de los nexos de PPK con Odebrecht que en un principio negó una y otra vez, hacen risibles sus acusaciones de corrupción contra Maduro. Que pida que los crímenes de la dictadura venezolana no queden impunes, resulta patético luego de que indultara a un dictador asesino y ladrón, a cambio de apoyo político de una decena de congresistas que consideran a Fujimori el mejor presidente que hayamos tenido. Que PPK hable de violación de derechos humanos resulta cínico luego de la grosera intervención del gobierno para que los crímenes de Pativilca queden sin castigo. No ayuda tampoco que el fujimorismo condecore a Antonio Ledezma por luchar por la democracia, cuando ellos mismos fueron cómplices de fraudes electorales, persecuciones a opositores, compra de la línea editorial de medios de comunicación, adulones de Montesinos, etc., etc.
En otras palabras, lo mejor sería que Nicolás Maduro no venga a Lima el próximo abril; pero no porque la Cumbre de las Américas sea un ejemplo de democracia. (Donald Trump, tampoco debería venir, luego del pestilente gobierno que dirige, y que combina una política de discriminacióncon injerencia militar imperialista y extraños acuerdos con grupos terroristas como el Estado Islámico). Sino porque los asientos de la corrupción, el amor por el autoritarismo y la apología de la impunidad ya han sido copados por PPK y el congreso fujimorista, en sus dos versiones, la que lo quiere vacar, y la que lo usa.

*Publicado en el semanario 360º. Edición 22, de febrero de 2018; en la columna del autor, titulada Letra Menuda.

14 mar. 2017

La importancia de llamarse Emilia*

                 Por José Luis Ramos Salinas

 

Lo que llamamos civilización humana lleva ya varios milenios, a lo largo de los cuales han ocurrido importantes y radicales cambios en la forma en cómo se constituyen las diferentes sociedades. Así por ejemplo, hubo un momento en que la esclavitud era la norma y no precisamente un mal necesario, sino hasta algo positivo y natural. Pero sin importar los siglos que dicho sistema se impuso, llegó a su fin, desmoronándose poco a poco, y no sin ofrecer feroz resistencia, de la cual la cruenta guerra civil norteamericana puede ser un buen ejemplo.

El sistema social que dividía a la gente en nobles y siervos, y que justificaba dicha división en un supuesto escencialismo incuestionable por sus mandatos natural y divino, también se vino abajo con la irrupción del capitalismo, que a sangre y fuego en la Revolución Francesa impuso la idea de que todos los hombres eran iguales ante el Estado. Pero para el ideario revolucionario, hombre no significaba “humano”, sino “varón”, lo que en la práctica quería decir que las mujeres no habían sido incluidas en el proyecto “universal” de la modernidad, quedando la reivindicación de sus derechos como una tarea pendiente.

Esto quiere decir entonces, que desde hace milenios se producen cambios radicales en las estructuras sociales, pero que los mismos no han implicado el fin de la subordinación de la mujer con respecto al varón. Lograr esto, entonces, sería en realidad, la revolución de las revoluciones. Y si todo cambio genera oposición, imaginen cuánto rechazo producirá una transformación tan inédita en la historia de la humanidad.

Es por ello que cuando alguien como Juan Jacobo Rousseau escribe “Emilio, o la educación”, considerado el primer texto de filosofía de la educación, concibe a la misma como una educación de varones. Hay en el libro, formidables y revolucionarias ideas para su tiempo, al plantear la educación como un proceso no para fortalecer a las élites, sino para convertir a los hombres en ciudadanos, es decir, lo contrario de vasallos; personas con deberes y derechos que las convierten en agentes de su propio destino y el de las naciones a las que pertenecen. Pero aquí otra vez, como ya adelantamos, las palabras “hombres” y “personas”, no aluden a la condición humana, sino a la de varones.

Mas esto no implica que Rousseau se haya olvidado de las mujeres. Les dedica la última parte de su libro, en el que explica, a final de cuentas, que las mujeres deben ser educadas  para servir a los varones: cuidarlos cuando pequeños, ayudarlos cuando mayores, consolarlos en las derrotas, y honrarlos siempre. La educación en el caso de las mujeres, sería entonces, para formar buenas hijas, madres y esposas.

Por eso resulta risible, en cuanto tragicómico, que entidades estatales y particulares, medios de comunicación y hasta sindicatos que se auto definen como revolucionarios, hayan publicado mensajes por el Día de la Mujer, felicitando a esos “seres extraordinarios que saben ser madres y esposas”. Algunos incluso les han agradecido su permanente “acompañamiento”. Solo faltaba agregar eso de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Sin duda, un neomachismo que por disfrazado quiere pasar por su opuesto, lo que lo hace más peligroso que el machismo grosero y desenfadado.

Lo dicho hasta aquí también explica la gigantesca, millonaria y virulenta campaña: “Con mis hijos no te metas”. El nombre es preciso, pues la preocupación son los “hijos”, que aquí nuevamente significa varones, que pueden verse afectados por un currículo educativo que propone la idea de que las mujeres no deben ser educadas para servir al varón, ni para ser madres y esposas; sino mujeres que interioricen la idea de que su sexo no implica nada respecto al papel que ellas quieran asumir en la sociedad, el que fuese: ama de casa, o estratega militar; profesora de educación inicial o superintendente de alguna compañía minera; secretaria o gerenta; monja o cardenal(a); y que si es que llegan a ser congresistas no deben sentirse orgullosas de que sus esposos las tengan “pisadas”, como si eso fuese una virtud femenina.

El enfoque o teoría de género, o si quieren ideología, (las religiones a final de cuentas también lo son), al nivel que el Ministerio de Educación lo quiere implementar, plantea la simple idea, de que independientemente de si somos mujeres o varones, tenemos derecho a elegir nuestro destino. Esa idea es insoportable para quienes consideran que a las mujeres por naturaleza y por mandato divino, les toca un rol de subordinación respecto al varón. Y por eso es que la campaña la dirigen las iglesias católica y evangélicas, directamente o a través de sus organismos de fachada. Iglesias en las que las mujeres no tienen los mismos derechos que los varones, y cuya discriminación quieren expandirla a la sociedad entera como política de Estado. Claro que en pleno siglo XXI se requiere mucho cinismo para decirlo así (aunque lo han hecho), y por eso a menudo usan como excusa el cuco de la homosexualidad, que en el currículo educativo a penas es incluida para dejar en claro que los no heterosexuales son seres humanos y por tanto merecedores de respeto.

La prohibición de que las mujeres cantaran en la iglesia por su pecaminosa voz es de la Edad Media, la idea de que las mujeres deben ser educadas para acompañar al varón es del siglo XVIII. Y la idea de que los hombres y mujeres merecen las mismas prerrogativas no es precisamente del siglo XXI, pero así de atrasados estamos y así como el cangrejo nos quieren hacer caminar.

Rousseau quería que todos los varones fueran como su Emilio, educados para convertirse en ciudadanos. Pues ha llegado la hora, aunque en verdad un poco tarde, de que las niñas, adolescentes y jovencitas, sean educadas para ser ciudadanas, no de segunda clase, sino ciudadanas de verdad, Emilias que promuevan la mayor revolución de todas: una sociedad sin discriminación alguna. Así de grande es su importancia.

 

 *Artículo publicado en el diario Noticias del 12 de marzo de 2017, Arequipa, Perú.