12 feb. 2007

¿Debemos ser Posmodernos?


Ponencia leída en el “I Coloquio de Posmodernidad y Globalización en el Perú”, organizado por el Instituto Peruano de Investigación Multidisciplinaria IPEIM. Se llevó a cabo del 17 al 20 de octubre del 2006 en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa.

Por José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com


Se nos ha convocado a esta mesa para responder, cada quien desde su óptica, a la pregunta: ¿Debemos ser postmodernos? Sin embargo, yo he optado, antes que a responderla –una respuesta así está lejos de mi capacidad intelectual y más aún de mi vocación anti recetas- por un intento de deconstrucción de la misma –un método caro a la postmodernidad-. El resultado de esta operación, espero, nos permita reflexionar en torno a la pregunta que nos reúne esta noche, de manera tal que cada uno de nosotros vaya construyendo su propia respuesta.
Toda pregunta invita a una acción, pues siempre quien la recibe se siente inquirido, es decir, impelido a hacer algo, por lo menos a responderla. En este caso la pregunta ¿debemos ser postmodernos? va más allá, pues la respuesta se busca no sólo como la satisfacción de una necesidad intelectual, sino como un programa político, en el sentido general del término; pues dependiendo de lo que contestemos, estaremos exigiendo un conjunto de acciones a tomar para construir un futuro que quedará implícitamente elegido en nuestra respuesta.
La crisis de la modernidad, que tan bien se expresa en nuestro país a través de la crisis de la política, hace que lo que acabo de decir no aparezca como totalmente obvio, pues la campaña de las elecciones presidenciales pasadas, muy bien pudo darse alrededor de términos como modernidad o postmodernidad; que son a final de cuentas discursos o antidiscursos ideológicos.
Lo que intento decir es que la pregunta por la que se nos ha convocado equivale al diseño de un plan para el futuro de nuestro país. Esa es la razón por la que la respuesta exige de un enorme esfuerzo que está más allá, creo, de los objetivos de este coloquio; pero al mismo tiempo esa es la imperiosa razón para empezar, por lo menos, a preguntárnoslo.
Es dentro de este marco que empezaremos la deconstrucción de la pregunta ya varias veces aludida.
Empecemos por indicar que encontramos en la pregunta tres categorías que son necesarias someter a análisis en sus variantes modernas y posmodernas, me refiero al sugerente verbo “deber”, a la categoría filosófica “ser”, y al adjetivo “posmoderno”.
El diccionario de la Real Academia consigna varios significados para “deber”, nos interesan sobre todo dos: el primero, es aquel que entiende “deber” como “aquello a que está obligado el hombre por los preceptos religiosos o por las leyes naturales o positivas”; la segunda es la acepción que exige la presencia de la partícula “de” y que se usa “para denotar que quizá ha sucedido, sucede o sucederá una cosa”.
Iniciemos nuestro análisis entendiendo “deber” como obligación, si es a esa acepción a la que se han referido los organizadores de este coloquio, lo que nos estarían preguntando es si los peruanos tenemos la obligación de ser postmodernos; o lo que es lo mismo, si nuestras reticencias a la postmodernidad constituyen una falta a nuestros deberes.
Pero ¿qué pudiera reclamar la postmodernidad como una obligación? La RAE dice que pudiera ser la religión, pero a menudo escuchamos a los jerarcas de la Iglesia poner el grito –literalmente- en el cielo para vaticinar el infierno para todos aquellos que ejerzan una sexualidad no heterosexual (prácticas que tienen profundas raíces en eso que llamamos postmodernidad) o para defender la familia moderna y desacreditar las formas posmodernas de la familia. Y ni siquiera la Iglesia se declara satisfecha con la religiosidad que caracteriza a la postmodernidad, pues se trata de una religiosidad que desconoce la tutela de la Iglesia Católica como institución. En conclusión, no existe pues un deber religioso de ser posmodernos.
¿Son las leyes naturales, entonces, las que nos obligan? Recordemos que estamos hablando de procesos históricos, pues la modernidad y la postmodernidad son ante todo, o pretenden ser, etapas diacrónicas. Si aceptamos que son leyes naturales las que rigen la evolución de la sociedad, es decir, que tras la modernidad, obligadamente e independientemente de nuestra voluntad, sigue la postmodernidad; pues entonces no tendría caso hacernos la pregunta que motivan estas reflexiones, sino más bien prepararnos para lo inevitable, lo veamos como la gloria o la tragedia. Pero comprender así el transcurso de la historia es una posición moderna clásica, y si entendemos a la postmodernidad, precisamente, como la negación de la modernidad, no podemos valernos de ésta para anunciar la llegada de aquella, pues de hacerlo estaríamos negando aquello que supuestamente pretendemos afirmar.
Nos quedan entonces las leyes positivas, es decir las leyes del hombre; no las de la mujer, diría el feminismo, que como sabemos es uno de los movimientos calificados de postmodernos por excelencia; por lo que esta posible manera de entender la pregunta que se nos ha hecho se desmorona de inmediato. Además, es bien sabido que en el Perú hay leyes para todo, pero no existe ninguna que exprese el mandato de ser postmodernos; y hasta la propuesta de modificar un artículo de nuestra Constitución para que quede explícitamente establecido que en el Perú no se admite la discriminación por cuestiones de género, quedó en nada; y como sabemos la categoría género es una de las favoritas del andamiaje postmoderno.
Vayamos entonces a la segunda acepción de “deber”, en este caso la pregunta exacta sería ¿debemos de ser postmodernos? Esta pregunta me parece más interesante porque expresa una posibilidad del tipo: “en invierno debiera de hacer frío”, es decir, que denota un conjunto de circunstancias, contextos diríamos nosotros, de los que cabe esperar que ocurra algo, en este caso que se instale la postmodernidad. En otras palabras lo que se nos estaría preguntando es si existen las condiciones en el Perú para que nos convirtamos en un país posmoderno. Pregunta que encierra otras que se hacen con bastante frecuencia: ¿puede un país que nunca ha sido moderno del todo llegar a la postmodernidad? ¿debemos intensificar nuestra precaria modernidad para llegar a la postmodernidad o es posible saltarnos etapas históricas? Las respuestas de los expertos son tanto negativas como positivas; pero independientemente de éstas, las fuerzas económicas, sociales, culturales, etc. avanzan en determinadas direcciones configurando situaciones postmodernas montadas sobre la modernidad e inclusive sobre la premodernidad. Nelson Manrique, cuando habla del asunto insiste en que esto es una ventaja pues no tenemos que adecuar un andamiaje moderno a la postmodernidad, sino que construir de frente uno postmoderno y eso significa ahorro de tiempo y de recursos. Toffler sin embargo, con la imagen de las olas explica como algo casi natural la convivencia de formas premodernas, modernas y posmodernas. Y neo marxistas como Fredrick Jameson nos hablan del fortalecimiento de la modernidad económica con el auge simultáneo de la posmodernidad cultural.
Resumiendo, pudiéramos decir que es innegable que existen en nuestro país rasgos de postmodernidad como el espectacular crecimiento del número de internautas, el reconocimiento de la biodiversidad como fuente de riqueza, y la declaración –aunque en la práctica estemos muy lejos- de reconocernos como un país multicultural con aspiraciones de interculturalidad. No obstante, la cuestión sigue sin resolver y las preguntas otra vez nos asaltan: ¿lo mencionado es suficiente para sentirnos un país postmoderno? ¿Acaso no siguen siendo las actividades extractivas el motor principal de nuestra economía? ¿No es verdad, que pese a las declaraciones oficiales, somos un país con un marcado etnocentrismo que nos hace vernos con los ojos de quienes no somos y nos desprecian? ¿No es aún el machismo, o el falocentrismo para decirlo más académicamente, una de las instituciones más fuertes en nuestro país?
Viendo así las cosas, de pronto podemos definirnos como un país “chicha”, entendida ésta como la mezcla no definida de varias cosas que aún no encuentran la manera de complementarse y convertirse en una unidad, sino que se superponen a la manera de un collage mal estructurado. En ese sentido pudiéramos decir que el Perú no es un país premoderno, ni moderno, ni posmoderno; sino uno en el que las características de esos tres tipos de sociedad más que encontrarse se han desencontrado.
Entonces: ¿debemos de ser posmodernos? No, ni debemos de ser premodernos, ni debemos de ser modernos. Más bien es la inefabilidad lo que nos define; y ese sentido de ser inaprensibles, de tener un pasado no reconocido como propio, un presente difuso y un futuro incierto; sea tal vez nuestro mayor rasgo posmoderno. Y eso se relaciona con el segundo término que queremos reconstruir: la categoría “ser”, pues antes que ser, los posmodernos en general y los peruanos en particular: “no son”.

Los cyborg
El “ser” entendido como una identidad perfectamente definida en cuanto a su constitución misma, expresada por la máxima: “pienso luego existo”, tan cara a la modernidad; y por una ubicación histórica precisa e inconfundible en un tiempo único lineal e infinito que marca el desarrollo de la humanidad; entra en crisis con la postmodernidad.
El sujeto moderno no es el sujeto postmoderno, pues de hecho el sujeto postmoderno es la muerte del sujeto; en otras palabras el sujeto postmoderno más que ser, no es; nos reafirmamos.
Este confuso juego de palabras cobra claridad cuando nos referimos a ejemplos concretos. Hablemos entonces de la especial relación humano-tecnología o humano-no humano para usar los términos de la filosofía contemporánea de la tecnología.
Ya Heidegger demostró que ninguna tecnología era neutral pues era finalmente su uso la que la iba a definir; y éstas, por lo general admiten diversas formas de ser utilizadas, muchas veces, ni siquiera imaginables por quien las creó. Así, el martillo puede servir para clavar, para lanzarlo en competencias deportivas, como pisapapeles o como un arma temible y mortal. Y de Heidegger pasemos a Latour y el análisis que hace sobre el lema de la Asociación del Rifle Americano: “las armas no matan, quienes matan son los hombres”; el filósofo francés concluye que no mata ni el rifle ni la persona, sino un otro que surge de la relación entre el humano y el arma; se trata de un ciudadano armado o de un rifle ciudadano. La aparición de este otro se nota con toda claridad cuando imaginamos una disputa entre dos hombres y de pronto uno toma un rifle, el hombre armado de inmediato se convierte en otro que es temido por el desarmado, que estaba dispuesto a enfrentarle antes de que aquel se armara.
Lo que intento decir al citar estos filósofos es que la tecnología, tan omnipresente en la postmodernidad, se ha convertido en parte de nuestro “ser”; no se trata de herramientas que los humanos utilizan, sino de actantes, es decir, de agentes (término recurrido, precisamente, por la inteligencia artificial), a final de cuentas no se trata de objetos propiamente dichos, sino de sujetos, aunque tampoco son sujetos propiamente dichos, pues necesitan, al menos en el estado actual de desarrollo de la tecnología, de vincularse con los humanos, necesitan pues de un grado de socialización. Para decirlo con las palabras de Donna Haraway: todos somos cyborgs. Y a mí entender: ser cyborg es una forma especial de no ser, al menos en el significado que a tal categoría le dio la modernidad.
Andy Smith, un sociólogo que trabaja para la Microsoft, sospecha que pronto las computadoras van a dejar de ser los productos tecnológicos estrella, al menos en términos de marketing, y que van a ser reemplazados por los celulares inteligentes, los reproductores MP3, las cámaras digitales u otros que agrupen varias de estas tecnologías en modelos altamente portátiles. Este alto grado de portabilidad es lo que nos interesa, pues, tal como los últimos modelos de celulares diseñados para ser montados sobre la oreja, implica que las tecnologías ya so se llevan, sino que son incorporadas en nuestro cuerpo. Y aún cuando las llevemos en el bolsillo o tengamos que ir a una cabina de Internet para usarlas, se han convertido en parte constituyente de nuestro ser; parafraseando a Latour: un humano conectado a una PC no es ni el humano ni la PC, sino otro; en este caso otro atemporal, inespacial o ubicuo e incorpóreo. Es decir, un otro que se parece muy poco al ser del que provino. Recordemos nomás que Nietzche solía decir que escribir a máquina traía consigo una nueva forma de pensar; y que cuando al escritor peruano Javier Arévalo se le preguntó aquí en Arequipa en un encuentro de narradores cuál era el secreto para escribir, respondió muy suelto de huesos que la nueva musa era el procesador de textos Word. Pero profundicemos más este asunto incluyendo la variable de la virtualidad.

Los avatares
Cuando se inventaron los videófonos, contrariamente a lo que se pensaba, no resultaron en un éxito comercial, pues siendo el teléfono una tecnología intrusiva, es decir, que interrumpe nuestra intimidad, ésta se volvería aún más impertinente si quien nos llama puede vernos. Las compañías que entraron al negocio, de inmediato se dieron cuenta de las reticencias de los potenciales usuarios y entonces agregaron a los videófonos la opción de mostrar distintas imágenes pregrabadas que se conocieron con el nombre de avatares. Así, cuando contestaban el teléfono aparecían siempre bien arreglados y animosos para la persona que estaba al otro lado del auricular; adecuando lo dicho a nuestros objetivos: en la pantalla aparecía un otro distinto del que contestaba el teléfono. Se nos dirá que no es un otro, sino que se trata simplemente de cambios cosméticos; pero la verdad es que de los cambios cosméticos al cambio de personalidad, de sexo, de grupo etáreo, de raza, de etnia, de profesión, etc., hay sólo un paso que ya se dio hace mucho con la tecnología del Chat. Cuando Internet llegó a Springfield, lo primero que hizo Burt Simpson fue colocar un mensaje en la red que decía: “me llamo María, soy obesa y estoy en plan de lo que sea”.
Las estadísticas nos dicen que hay actualmente en el mundo mil millones de internautas, pues debe haber, cuánto menos, un número igual de avatares; pues la máxima pareciera ser ahora: soy ceros y unos, luego existo.

La realidad virtual
Y es que no podía mantenerse el ser a salvo en la postmodernidad tecnológica cuando incluso la noción de realidad tambalea ante la aparición de la tecnología de la Realidad Virtual. En la película Matrix de los hermanos Wachowski se muestra muy bien esta crisis de la concepción positivista de la realidad cuando Cifra, el traidor, y Trinity discuten acerca de lo que es real; opinando el primero que si algo puede ser visto, tocado, olido, escuchado, gustado; pues existe, aunque a final de cuentas esas percepciones sensoriales no hayan sido producidas por el objeto que suponemos su existencia, sino por un programa de computadora. La heroína en cambio apuesta por una realidad que existe más allá de nuestras percepciones, de nuestro cerebro mismo.
Algo más radical se ve en la película “Abre los Ojos” del cineasta español Alejandro Amenábar, en la que un psiquiatra que no es más que un holograma de computadora de pronto descubre el misterio de su existencia, es decir su no existencia, y entonces se deprime. Es decir, se trata de un no ser, de una no existencia lamentándose de sus problemas existenciales.
Pero este tipo de cosas no sólo se dan en el cine. Hace no mucho, el gobierno argentino ha puesto en marcha un proyecto al que ha denominado ciberencuentros. Se trata de la instalación de cabinas de Internet en las ciudades más grandes de Argentina para atraer a los denominados niños de la calle y ganar su confianza y así poco a poco procurarles un cambio de vida. Una de las funcionarias que tiene a su cargo el proyecto explicó a CNN que en Internet se podía dar a los niños una vida que ellos no tenían, y enseguida añadió –que es lo que más nos interesa- que conectándose a la red de redes podían obtener una identidad, es decir, escapar del anonimato al que la exclusión y la pobreza los han condenado. Si nos fijamos bien se trata de un razonamiento que supone que hay seres humanos que sin morir biológicamente han dejado en la práctica de existir y es la virtualidad de las pantallas las que les va a dar una nueva y reconfortante existencia. El ciberespacio convertido en orfanato posmoderno.
Y sea quizá en el terreno del sexo donde estos debates acerca del ser y la existencia y la realidad alcancen –literalmente- el clímax. Pues la sexualidad humana se desarrolla necesariamente en relación a un otro o una otra; y las nuevas tecnologías intentan traerse abajo este principio fundamental. Pues ya no se trata de consoladores eléctricos ni de aparatos que intentan imitar una vagina contrayéndose, sino de la posibilidad de tener relaciones sexuales virtuales con quien queramos, en donde queramos, y cuando queramos, pues a final de cuentas se trata tan sólo de presionar la tecla enter; y ayudados por la tecnología de la realidad virtual hacer “realidad” nuestros más anhelados sueños sexuales.
Pero curiosamente, los caminos que están tomando estas tecnologías, todavía aún incipientes para lograr lo que hemos relatado, son muy diferentes. El sexo virtual es usado a menudo para asegurar la fidelidad de parejas que se encuentran distantes y que gracias a la tecnología pueden “tocarse”; haciendo prever que tal vez en el futuro cuando el hombre posmoderno y globalizado deba irse al otro lado del planeta reclamado por las nuevas cruzadas de fines del siglo XXI, dejará en casa un software para poder seguir haciéndole el amor a su pareja, y así seguir siendo aún cuando ya no es. Paradoja de las paradojas, acaso el futuro sea tan solo un cinturón de castidad altamente tecnologizado.
Creo que lo dicho es suficiente para demostrar la crisis del ser y de ser, y no hemos mencionado la clonación, los bancos de semen que dan la posibilidad a los muertos de engendrar hijos, ni los avances de la tecnología de la inteligencia artificial que ponen en duda la esencialidad humana.
Entonces, si tuviera que resumir todo lo dicho hasta aquí, me limitaría a decir que la pregunta para la que se nos ha convocado esta noche está mal formulada; pues la postmodernidad no admite interrogantes del tipo ¿debemos ser?

2 comentarios:

Jorge Monteza dijo...

Estas son las cosas que Debemos Saber.

Septimo Circulo dijo...

La posmodernidad es un tema encantador en el doble sentido de la palabra: fascina, pero tambíén nos puede perder para siempre bajo los cantos de sirena, mientras en tierra firme, los poderes establecidos sguen haciendo de las suyas.