9 dic. 2008

Las trampas del turismo inmobiliario

LAS TRAMPAS DEL TURISMO INMOBILIARIO*
Por: José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com

UNA ANÉCDOTA
Quiero primero contar una anécdota que me parece ilustrativa para algunas de las cosas que voy a decir. En el bus, de camino a Camaná, una señora que viajaba muy cerca de mi asiento recibió una llamada telefónica, mediante la cual le informaban que el esposo de una de sus amigas había fallecido, el velorio sería ese mismo día y el entierro al día siguiente. La señora en cuestión se disculpó, no podría dar las condolencias personalmente porque «estaba viajando a Camaná». Cortada la comunicación telefónica, le contó lo sucedido a la amiga con la que viajaba, ella respondió en tono lastimero: «Qué pena... si se hubiera muerto ayer, hubiéramos podido ir al velorio». Alguien podría decir: tenían que ser camanejas, pero eran arequipeñas.

DE QUÉ TURISMO HABLAMOS

Es menester fijar algunos conceptos para que con un relativo concenso sobre ellos podamos entendernos mejor. Mucho más si se trata de temas como el turismo, que ha merecido tan diversos, y no pocas veces, contradictorios enfoques; y más todavía si el espíritu de este trabajo es eminentemente crítico y como tal se aparta de los ya consabidos discursos laudatorios sobre la mal llamada industria sin chimeneas.
Creo que un Congreso es para debatir, y debatir arduamente y por qué no, ferozmente. ya José Carlos Mariátegui nos enseñó que es de las polémicas de las posiciones furiosamente encontradas de donde suele nacer el justo medio.
No es pues entonces, mi intención, hablar desde la tímida comodidad de las posiciones eclécticas, sino más bien colocarme en la posición beligerante de quien exajera para enfrentarse mejor a las posiciones hegemónicas con las que discrepo e intento combatir.
Urge, pues, a estas alturas precisar qué estamos entendiendo por turismo. Y a este repecto hay que decir, que una cosa es describir el turismo tal y como es, y otra plantear cómo quisiéramos que sea. Para saltarse este debate, acaso la OMT haya propuesto esa definición tan anodina que hace hincapié solo en el traslado fuera de la zona de residencia y en los parámetros temporales del mismo: más de 24 horas, menos de 365 días.
Pero todos sabemos aquí, que el traslado es en realidad el desencadenante de innumerables procesos económicos, políticos, culturales, comunicacionales, jurídicos, urbanísticos, etc. Que a menudo son dejados de lado por la onmipresencia de esa particular, y a mi juicio simplista e interesada, visión del turismo como generador de divisas, de empleo y en última instancia de desarrollo.
Sociólogo como soy, debo evitar a toda costa ser presa de la obnubilación publiscitaria y más bien buscar las 5 patas al gato, trabajo no muy dificil en una actividad como el turismo que se emparenta más al pulpo o a la araña, que al felino doméstico. Por eso, llama la atención la falta de enfoques críticos, desde la academia nacional, para esta actividad que toma acelerada importancia en nuestro país.
En ese sentido, ubico la presente ponencia dentro del rechazo al denominado turismo de marketing, posición crítica que enarbolan los mexicanos Sergio Rodríguez y Sergio Molina; y utilizo su propuesta de turismo alternativo: de comunicación intercultural, como referente de comparación para criticar todo lo que la impide. Debo advertir, no obstante, que pretendo ir más allá en mis críticas que los autores mencionados, quienes no repararon en la posibilidad dinámica del turismo de convertir en locales a los turistas, y, esto es lo más importante, convertir a los locales en turistas.
Así, interpreto, con fines de esta ponencia, la definición de turismo de Rodríguez y Molina, como un complejo proceso que implica infinidad de fenómenos entre los que destaca el posible diálogo intercultural que puede darse entre turistas y locales.
Aquí el diálogo, nótese bien, aparece como una posibilidad deseable y no como una realidad. Por ello, los autores mencionados hablan de turismo alternativo, es decir, de la necesidad de terminar con el modus operandi del turismo actual sustentado en los intereses de las grandes empresas que controlan el negocio; y convertirlo en una actividad que no se guíe por el lucro y la ganancia, sino por el evidente desarrollo espiritual que puede generar en quienes viajan, y en quienes reciben viajeros.
Nótese también que el diálogo implica, necesariamente, interlocutores válidos de uno y otro lado. No es posible el diálogo cuando quienes participan de la comunicación no están en condiciones de igualdad. En este caso: turista y local deben tener el mismo estatus y comportarse en consecuencia. Pero no se trata únicamente de igualdad, sino también de diferencias, pero no de prestigio ni de jerarquía social, sino de diferencias culturales, porque los clones no tienen nada que decirse ni nada que aprender el uno del otro. Dos cabezas piensan mejor que una, sí y solo sí, piensan cosas diferentes.
Pero estas concepciones han sido elaboradas para el denominado turismo receptivo que implica la llegada de gente de otros países, y por eso, casi con toda seguridad, de otras culturas. No obstante, nosotros creemos que al interior de países como el nuestro, pueden funcionar perfectamente. Después de todo somos un país multicultural por excelencia.

NO EN VANO SE NACE AL PIE DE UN VOLCÁN
NI FRENTE A LA INMENSIDAD DEL MAR
Pero vayamos asentándonos más en la realidad sobre la que queremos reflexionar: Camaná.
Fijemos primero quiénes vendrían a ser los turistas y quiénes los locales. Los primeros son, casi exclusivamente los veraneantes que vienen de la provincia de Arequipa (hordas bronceadas les llamé en un ensayo sobre Mollendo que creo aquí también aplica), y los segundos, obviamente los camanejos.
Si el turismo es -o debiera ser- ante todo un diálogo intercultural. Entonces, tendría, para este caso específico, que aceptarse en primer lugar que existe una cultura camaneja y una cultura arequipeña notoriamente diferenciables. Y esto es admisible si concebimos la cultura como el proceso de identidad, así como todo de lo que se sirve; pues se puede hablar, sin forzar demasiado la cosa, de una identidad arequipeña y de una camaneja. En segundo lugar ambas identidades debieran gozar de igual valoración, o en otras palabras, debe ser tan prestigioso ser arequipeño que ser camanejo. Y en tercer y último término, camanejos y arequipeños deben estar deseosos de dialogar entre sí porque piensan que tienen cosas que aprender los unos de los otros.
Dicho todo lo anterior ya podemos entrar de lleno al tema de la ponencia, es decir, a reflexionar si las actuales tendencias del turismo inmobiliario favorecen o entorpecen el desarrollo de un turismo marcado por un diálogo intercultural.

LAS TRAMPAS

Por el título del presente trabajo: Las Trampas del Turismo Inmobiliario, todos ya habrán colegido que mi opinión es que los modelos actuales sobre los que se mueve esta actividad están lejos de favorecer un turismo como el que quieren Molina y Rodríguez, y muy por el contrario generan perniciosas situaciones asimétricas que por lo general terminan beneficiando a los turistas en detrimento de los locales.
Hagamos las últimas precisiones. Estamos entendiendo por turismo inmobiliario, la variedad de turismo que se caracteriza por la posesión de propiedades inmuebles, por parte de los turistas, en la zona de destino. Para el caso de Camaná, básicamente este fenómeno se da en la denominada zona de playas, con urbanizaciones como La Punta, Las Cuevas, Primavera, Las Brisas, Sol y Mar, Cerrillos, etc. En las cuales las viviendas son de propiedad no de los lugareños, sino de quienes habitualmente vienen a Camaná a hacer turismo en los meses de verano.
Hay que destacar que este fenómeno no es exclusivo de la zona de playas, sino que ya existen varias urbanizaciones en la misma Camaná, en las que cada vez más inmuebles son de propiedad de gente que no reside en el lugar.
Esta particular forma de turismo acarrea una serie de problemas que queremos analizar, y aunque si bien es cierto que en Camaná, varios de los que vamos a mencionar no tienen aún una magnitud grave, no por ello dejan de ser peligros latentes:

LA LUCHA POR EL ESPACIO

La valoración que tienen del espacio los locales y los turistas es bastante diferente, porque ambos lo requieren para muy distintos usos. Esto motiva que sea dificultoso compartir armónicamente los mismos espacios.
La habitual es que toda zona, antes de ser un espacio turístico, haya sido una población con diferentes actividades económicas: agrícolas, pesqueras, artesanales, etc. Una vez que la zona adquiere valor turístico, empezarán a ocuparse la áreas libres por la infraestructura turística, o por el turismo inmobiliario. Pero una vez agotadas éstas, empezará una verdadera lucha por el espacio.
El resultado ha sido, invariablemente, la expulsión de los locales a través de diferentes medios. Desde la venta de sus propiedades aprovechando los altos precios que las empresas constructoras están dispuestos a pagar por ellas, hasta la expulsión violenta por parte de las fuerzas de un Estado que ve en el turismo una oportunidad de generarse ingresos.

APROPIACIÓN DE ZONAS NATURALES

Otro problema que surge alrededor del tema del espacio es la tendencia que existe por parte de los turistas de apropiarse de las zonas naturales que por definición no pueden ser propiedad privada, sino propiedad del Estado.
En el mundo los ejemplos de este tipo de hechos son numerosos y en algunos casos escandalosos. En nuestro país (Perú) he podido rastrear que la apropiación de las zonas naturales, la de las playas y su mar adyacente en particular, se remonta a la década del 60 con el club Regatas en Lima. Intento que finalmente resultó fallido por la intervención del gobierno de Velasco y la singular ideología que lo animaba.
Pero en los últimos tiempos la apropiación de las playas y aún de zonas de mar se ha ido convirtiendo en la regla, como lo demuestran las notas periodísticas que de cuando en cuando denuncian un hecho de éstos.
Estas apropiaciones van desde el colocado de rejas con huachimanes con órdenes expresas de no dejar pasar sino a los propietarios de las casas ubicadas frente a las playas arrebatadas al Estado y por ello mismo a todos los peruanos, hasta el colocado de barreras simbólicas, fisicamente fáciles de franquear, pero socialmete a veces imposible. En estos casos son los colores de piel, los niveles de consumo, el tipo de ropa de baño, el tipo de cuerpo, un particular uso del lenguaje, y otros aspectos, los que ponen el pare a los invasores, a los extraños con todo lo que Simmel nos explicó que esto significaba. Sobre todo hay que impedir el paso a toda costa (literalmente hablando) a aquellos del «ceviche en bolsa y la sopa en botellón»; aunque éstos, en muchos casos, sean los locales, con lo que los dueños de casa terminan siendo echados por los invitados.
Como siempre hay despistados, a veces hay que colocar ciertas marcas territoriales sobre la arena, o un huachimán vestido de invierno que advierte que aquella es una zona exclusiva prohibida para la «chusma, chusma, chusma», como dice, esta vez sin gracia alguna, el personaje cachetón del Chavo del 8.
En Arequipa, el ejemplo perfecto de cuanto decimos es el balneario de Mejía. Y en ese camino van incluso zonas tan populares como Mollendo, en la que desde hace varios años los vecinos de la urbanización Albatros aseguran haberse comprado un trozo de playa y de mar, y actúan en consecuencia. Que a estos veraneantes le haya afectado el excesivo sol en la cabeza es perdonable, lo que es imperdonable es que los cuerdos no seamos capaces de atravezar la cinta amarilla con la que huachafamente impiden el ingreso a lo que estos pitucos bamba creen sus dominios.

USOS DIFERENTES DEL ESPACIO

La lucha por el espacio está marcada también por los diferentes usos que hacen del mismo turistas y locales. Es sabido que el tiempo del turista y el tiempo del local, raramente coinciden. De manera tal que lo que es tiempo de descanso para aquel, es tiempo de trabajo para éste. Cuando ambos tiempos, radicalmente opuestos, coinciden en un mismo espacio, se generan varios problemas que pueden llegar a revestir una cierta gravedad.
Un ejemplo que ilustre lo que acabamos de decir, podría ser la actividad de los macheros. He visto varias veces como los turistas se sienten mortificados por la presencia de quienes se dedicaban a la captura de machas. Su aspecto, tan diferente al del veraneante promedio,causa recelos; las conchas que se abandonan en la playa, rápidamente empiezan a despedir fétidos olores y entonces lo que menos quieren los turistas es macheros cerca a sus pulcras residencias. Nunca se me ocurrió, me confieso, preguntar a los macheros lo que pensaban de los turistas, sobre todo de aquellos que como actividad lúdica empezaban a disputarles la recolección de machas; pero imagino que no debe ser muy gratificante realizar tan esforzado trabajo en medio de gente que juega pelota de playa, que se besa apasionadamente, o que se entrega a la irresistible provocación de una cerveza helada.
Estoy seguro, que ninguna señorita de las que viene a veranear a estas playas haya confesado a sus amigas que se enamoró perdidamente de un machero; y esto es prueba irrefutable de que ambos grupos no se ven como iguales; por tanto no puede haber verdadero diálogo entre ellos.

ESPACIOS PRIVILEGIADOS

Si hablamos de lucha por el espacio, y de turismo inmobiliario, estamos dando por supuesto que locales y turistas viven en la misma jurisdicción, a veces territorialmente hablando, en una área relativamente pequeña.
Por supuesto que no están mezclados, se dividen en zonas perfectamente delimitables, y entonces la comparación es inevitable; y el resultado es casi siempre el mismo. Las viviendas y las urbanizaciones en donde se ubican las casas de los turistas son mucho mejores que las de los locales, estética y confortablemente hablando. A veces, incluso, se trata de verdaderas casas de lujo.
La situación se complejiza más si nos damos cuenta que los espacios privilegiados son subutilizados, es decir que se ocupan solo unas cuantas semanas al año, el resto del tiempo permanencen deshabitadas, claro que no totalmente, lo valioso de la propiedad exige vigilancia, de manera tal que algunos de los locales podrán vivir en las mejores casas de la zona, solo que en calidad de cuidantes.

TURISMO DE ENCLAVE

Todo lo que acabamos de decir va a generar un turismo de enclave, es decir, que los turistas van a habitar una zona y con un estilo de vida que no guarda relación con su entorno. La zona inmobiliaria turística se convierte así en una especie de burbuja que va a dificultar tremendamente el posible diálogo del que habláblamos al principio.
Pero los turistas están siempre de vacaciones y la permanencia más o menos prolongada que le es inherente al turismo inmobiliario requiere de proveerse de varios servicios: cocina, limpieza, lavado de ropa, etc. Estos servicios son ofrecidos, habitualmente, por los locales; y entonces nuestro diálogo entre turistas y locales se va a empobrecer terriblemente, pues los primeros con los úlimos solo van a desarrollar relaciones de dependencia y subordinación, que pueden derivar en complejos de superioridad e inferioridad respectivamente; o en un resentimiento y consecuente rechazo por parte de los locales hacia los turistas, como hace no mucho se hizo evidente en la sublevación de Oaxaca, México.
Si regresamos otra vez a nuestra realidad particular, lo acabado de decir se complica más porque los niveles de racismo en nuestro país son exasperantes, y hay en la UNSA, la Universidad de la que vengo, una tesis que asegura que Arequipa es la ciudad más racista del Perú.
Si quienes vienen hacer turismo inmobiliario a Camaná son arequipeños, y si es verdad lo que dice la tesis en cuestión, y si la descripción que de los arequipeños que hace Vargas Llosa en El Pez en el Agua tiene asidero real, las esperanzas de hacer realidad en este balneario el turismo alternativo de Molina y Rodríguez, son pocas.

EL CONTROL POLÍTICO

Todas las cosas que hemos reseñado nos han ido revelando que si la relación turista/local es una relación de poder, Quien se va haciendo del mango del sartén son los turistas: viven en las mejores casas, y en las mejores zonas, tiene un mayor disfrute del tiempo, se apoderan de las zonas naturales, tienen mayor estatus, mayor capacidad de gasto, etc.
Pero hay algo que no tienen: el poder político. Tanto poder sin embargo invita a tener más poder. No tenemos que irnos muy lejos para tener un ejemplo de lo que estamos diciendo. Hace ya varios años los socios del Club de Mejía tomaron la decisión de tramitar ante lo que ahora es el RENIEC, su cambio de domicilio declarando que vivían donde solo iban a hacer turismo. Así en las elecciones municipales ellos participarían de la elección del alcalde y por qué no, postularse como burgomaestres o regidores.

DE LOS CAMANEJOS DEPENDE

Pero este es un Congreso que busca propuestas para un turismo sostenible, por lo que intentaremos sugerir algunas medidas que creemos podrían salvar las trampas del turismo inmobiliario que hemos mencionado.
En primer lugar debe quedar claro quiénes son los dueños de casa y quienes los invitados. Hay que ser buenos anfitriones con los invitados, pero estos no deben olvidarse que son invitados y que por tanto deben comportarse como tales.
Para ello se requiere de una nueva política urbanística que impida enclaves turísticos y que por el contrario motive una mayor interacción entre locales y turistas, convirtiéndolos en verdaderos vecinos.
Los locales deben participar de las actividades consideradas típicamente turisticas. No hay que ser turista para querer zambullirse en el mar. Y no hay que irse a zonas diferentes de donde se ubican los turistas, al contrario hay que nadar codo a codo con ellos y demostrarles quién conoce mejor los secretos del mar.
Hay que estar atentos para impedir cualquier apropiación de las zonas naturales, y tener claro que las autoridades políticas tienen por primera obligación la búsqueda de la mejora de la calidad de vida de los locales. Cualquier proyecto turístico debe hacerse bajo esas premisas. Y la calidad de vida antes que ver con el dinamismo de la economía, con la generación de empleos que lindan casi siempre con el subempleo, tiene que ver con la dignidad de vivir en nuestra casa con todos los derechos que ello significa.
Pero debemos ir aún más lejos, como lo prometimos cuando empezamos a leer esta ponencia.
Ya que quienes no tienen la suerte de vivir frente al mar, desean por lo menos venir a Camaná todos los veranos, y en consecuencia piden una serie de facilidades, que en el turismo inmobiliario exige habilitaciones urbanas, infraestructura y a veces hasta un cambio de uso de terreno agrícola a terreno urbano; las zonas de destino como Camaná deben aprovechar esta situación y exigir reciprocidad como corresponde ante iguales.
O acaso a los camanejos no les gustaría hacer turismo en Arequipa. Quieren los arequipeños tener sus casas aquí, pues esperamos de sus municipalidades iguales facilidades para viviendas o clubes en los cuales los habitantes de esta hermoza tierra puedan descansar y divertirse de cuando en cuando. Por lo menos debiera darse facilidades económicas y administrativas para que los camanejos puedan hacer uso de instalciones como el Club Internacional, el campo Ferial Cerro July, los campus de las Universidades, etc. O acaso no son los directivos de estas instituciones los que claman por un chapuzón en este mar, que no se olviden, solo le pertence a Camaná.

*Ponencia leída en el I Congreso Regional de Turismo y Hotelería: Desafíos para un Turismo Sostenible. Camaná, Perú, 21-23 de noviembre de 2008

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