10 dic. 2008

Feminismos latinoamericanos


SI OBAMA USARA FALDA NO SERÍA LO MISMO QUE SI USARA POLLERA*


Por José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com


Dado de que comparto la tarea de presentación con dos expositoras, voy a permitirme, dedicar mi reflexión, no al contenido mismo del libro, sino a la estructura del mismo. Convencido además, que en este caso: forma y contenido se corresponden perfectamente, por lo que a lo mejor termine refiriéndome a la esencia del contenido sin que haya sido eso lo que me haya propuesto.
Este libro está compuesto por materiales de distinto tipo, y aunque no sé si esa haya sido la intención de la autora, creo que esta diversidad constituye la unidad de lo que entedemos por feminismo, aunque Virginia Vargas utiliza el plural: feminismos.
La particular estructura sobre la que queremos reflexionar queda manifiesta en el prólogo de Roxana Vásquez Sotelo, quien, casi al final, dice que el libro combina: «reflexiones teóricas con experiencias vividas; ensayos propios y alguno compartido y una emotiva carta y un importante pronunciamiento».
Así queda definido el feminismo, que es de lo que trata el libro: como una construcción teórica no rígida, sino polémica (por eso la forma de ensayo); como práctica viva; como subjetividad palpitante; y como una invitación a la acción política.
Por tanto el feminismo, no es como creen muchos, aun en la academia, lo contrario del machismo, pues este último es apenas una actitud, reinante, es cierto, pero mera actitud al fin y al cabo. Equiparar feminismo y machismo, entonces, es como pretender enfrentar a Bastet, la diosa egipsia con cabeza de gata, con el Chihuaha de Legalmente Rubia. Los machos no son pues Anubis, sino abundantes seres diminutos que caminan por la calle llamándose machos así mismos y que nosotras las mujeres conocemos como hombres. Uso la primera persona en femenino porque en marzo pasado algunas dirigentas del Sindicato de Docentes de la UNSA me nombraron mujer honoraria, por lo que si mi carrera como presentador fracaza, podría intentar el circo, en el papel de mujer barbuda.
El feminismo es humor también, por cierto.
Vayamos por partes.


El feminismo como construcción teórica o en la mirada está la tirada.

La situación de subordinación de la mujer, con respecto a la primacía del varón que lleva miles de años, resulta aún invisible para muchos, y para muchos más se trata de casos aislados, cuando no de algo deseable, o un lamentable destino inexorable que no nos queda más que aceptar porque así lo han determinado las leyes de la sociedad y hasta de la naturaleza. Ahora se hablan de asimetrías cerebrales.
Así, no nos queda más que cantar “Bendita sea mi madre por haberme parido macho” o si nos ponemos un poco cínicos: “Machistas son las mujeres porque les gustan los machos”.
Así, alguien que denuncie la inequidad de las relaciones sociales entre hombres y mujeres a menudo es puesto en ridículo -si se trata de una mujer­ o se pone en duda su virilidad –en caso se trate de un varón-. Semejante comportamiento desgraciadamente no es exclusivo de las colleras de esquina, sino que es también frecuente en ámbitos académicos como las universidades.
Ahora, si pasamos de la simple denuncia a la toma de posición y en consecuencia a dedicar parte de nuestro tiempo y de nuestras energías a intentar cambiar una situación que percibimos como injusta; habremos cruzado una línea que muy pocos y muy pocas se atreven.
Pero la teorías de género y las investigaciones que se hacen bajo su óptica van mucho más allá de la simple comprobación de la subordinación femenina y sus execrables consecuencias; más allá incluso de la denostada transformación de corriente académica en corriente política; sino que plantean la idea revolucionaria (verdaderamente revolucionaria) que la dominación masculina no consiste “simplemente” en la situación de privilegio de el hombre con respecto a la mujer, sino en la imposición de una perspectiva masculina con respecto a la sociedad, y a la construcción de la misma sobre la base de esa perspectiva.
Así, la conclusión resulta inevitable, hemos creado una sociedad masculina; por lo que ya no se trata “solamente” de cambiar la situación de la mujer en esta sociedad, sino de reconstruir la sociedad desde una perspectiva más equitativa mujer – hombre.
Pero aún, se ha llegado más allá, y se ha postulado la idea de que incluso aquello que pensábamos como parte del reino natural, como son el sexo y el cuerpo son en realidad construcciones culturales, y como no, otra vez edificadas desde la masculinidad reinante y excluyente.
Nuestros cuerpos (y nuestro sexo) no son el resultado entonces – por lo menos de manera exclusiva - de causas naturales; sino de un sistema de dominación cultural que es preciso acabar. Lo que corresponde, entonces, no es liberar al sexo oprimido, sino de reconfigurarlo, reconstruirlo; lo mismo vale para nuestros cuerpos.
No se trata entonces de poca cosa, sino de una transformación radical de la realidad y de la manera que tenemos de pensar en ella y entenderla.
Así, la misma ciencia y sus fundamentos han sido puestos bajo sospecha. Quienes nos dedicamos a las ciencias sociales, no podemos darnos el lujo de desentendernos de las arenas movedizas en las que las teorías de género han colocado nuestros pesados pies positivistas. Podemos refutarlas (académicamente), es cierto; pero no podemos ignorarlas. Lo que está en discusión, es una nueva manera de entender la sociedad.
Existe un dicho popular que sentencia: “Que en la mirada no está la tirada”. Yo creo que es al contrario. Lo que está en juego es la mirada, y lo que pone en juego es mucho. La teoría feminista ha demostrado que en la mirada está la tirada, por lo que dejémonos de hacer los de la vista gorda porque podemos terminar siendo mirados en lugar de mirar.
Claro que al mismo tiempo desde el título, Virginia Vargas Valente, nos advierte que existen varios feminismos, varias miradas podríamos decir ahora, y sin duda el debate será arduo pero también puede ser enriquecedor. Esta pluralidad debe entonces ser tomada como riqueza y no como fragmentalidad, sino el paso a la fragilidad y al suicidio será muy corto y cortante. La izquierda peruana ya nos dio una muestra de lo que no se debe hacer.


Marxismo, leninismo, feminismo

Mao decía en su cada vez menos famoso libro rojo, que un verdadero revolucionario combatía todo el tiempo, que no conocía el descanso, y que en cada propuesta política, en cada manifestación cultural, en cada conversación y hasta en la aparentemente más insignificante actitud no podía permanecer al margen, sino que tenía que dejar sentada la posición revolucionaria, avalando o, y sobre todo, criticando, desnudando las aparentes neutralidades con las que suelen vestirse las posiciones contra revolucionarias.
El feminismo en este sentido, creo yo, es maoista. Las feministas, como el revolucionario que reclamaba este empedernido mujeriego, deben estar atentas y combatiendo todo el tiempo. Porque lo que proponen, qué duda cabe, es una revolución. Y entonces como revolucionarias y revolucionarios deben estar vigilantes de todo acto social, público o privado, y aun íntimo que manifieste la ideología dominante que subordina a las mujeres y las coloca en situación de desventaja. Hay que ser histéricas, la revolución necesita cierta dosis de histeria.


Sé cuidar mi cuerpo, oye bien: mí cuerpo.

La lucha feminista es también una lucha por el cuerpo. Y aunque parezca lo contrario, nada más subjetivo que la piel. El feminismo palpita bajo las células de quienes lo abrazan y por ello no puede nunca ser una fría teoría, sino que es, también, una emoción.
En los últimos tiempos se exije de los académicos una impostura que raya en lo insípido, y en las ciencias sociales quieren imponerse estudios absolutamente impersonales (las tesis universitarias son un buen ejemplo), en el sentido que quien los escribe no parece en lo absoluto involucrado; como si el observador, no fuera, inevitablemente, también parte de lo observado. La sociedad toda va adquiriendo esa marca supuestamente neutral desde el punto de vista ideológico, generando una hegemonía, en el sentido gramsciano, que podríamos describir con el genial estribillo de Charly García: la sal no sala y el azúcar no endulza.
El feminismo, es pues, sal que sala y azúcar que endulza. La sal de la vida, pero la sal en las heridas también. La azucar que da calorías, pero el aspartame también. No nos engañemos, los granos feministas también tienen sus pajas.


Tenemos que cambiar el mundo si no nos gusta como está


Permítanme contar dos anécdotas personales: Cuando mi hija tenía 3 años fue a una actuación a su colegio, de pronto por micro anunciaron, «por favor los niños de inicial vayan a los vestuarios», entonces yo me paré y tomé de la mano a mi hija, pero ella me increpó: a dicho los niños, no las niñas. En otra ocasión le pedí que se pusiera su pantalón y ella muy convencida me contestó: «mi hermano se pone pantalón, yo me pongo pantalán».
Creo que de estas dos anécdotas se puede escribir todo un ensayo, más todavía si en la actuación del año siguiente cuando llamaron a los niños mi hija se paró y siguió las instrucciones.
Ahora, porque de eso no se trata, solo quiero decir que la innovación lingúística de Sofía, así se llama mi hija, puede ser entendida de dos formas: como un acto de sublevación que busca el reconocimiento de un espacio propio con todo lo que esto implica; o como la consagración de una esfera masculina y femenina predeterminadas que es precisamente en lo que se basa el dominio masculino. En otras palabras que las mujeres empiecen a llamar pantalán a la prenda que cubre las extremidades inferiores puede terminar siendo una trampa. La lucha feminista debe salvar esta y muchas otras trampas.
«Tenemos que cambiar el mundo si no nos gusta como está». Así reza parte de la letra de una canción de Piero que ahora suena lerdo, como perdonando el viento, en una sociedad en la que hay gente como Fukuyama que se atreve a proclamar el fin de la historia, y en la que quienes se dicen demócratas son asérrimos defensores del pensamiento único.
Pero para nosotros, y creemos también para el feminismo, el viejo cantor argentino, sigue siendo un buen tipo.
Aquí, quiero detenerme un instante, porque a esta parte debe el título esta presentación. Deseo reflexionar acerca de dos trampas, el sistema es bien tramposo eso lo sabemos bien.


La trampa de Lampedusa o el feminismo del libre mercado


Cuando las tribunas de los estadios de fútbol empezaron a llenarse de público femenino, y luego las canchas empezaron a hacer lo mismo; podría alguien ingenuamente haber creído, como Los Iracundos que le dan serenata a Fujimori, que el mundo está cambiando y cambiará más. Cuando la masa de millones de turistas empezó a tener en sus filas a un número creciente de mujeres, alguien pudo tararear la misma canción.
Pero yo creo que ese tarareo es un taradeo. Que la FIFA acepte a las mujeres me parece que tiene que ver más con la necesidad de generar nuevos mercados que con un cambio social. Si ahora hay más mujeres que viajan, eso creo no ha cambiado a quienes Turner y Ash llamaran, con justeza, la horda dorada.
Con los homosexuales y otras sexualidades distintas de la heterosexual ocurre lo mismo. Las series televisivas en las que aparecen como protagonistas y a veces hasta como héroes no son un síntoma de que el mundo esté cambiando, sino de la enorme flexibilidad del capitalismo que es capaz de vestirse de drag queen con tal de generar ganancias.
Después de todo algo tiene que cambiar para que nada cambie. Sino tendríamos que creer que el travestismo de Pinocho en Shrek, y el temporal afeminamiento de Makunga, uno de los leones de Madagascar, son revolucionarios. No señoras y señores, es puro dibujo animado.


La trampa de la inclusión


Muchos discursos feministas, y de otras posturas políticas, ponen su acento en la inclusión. Y por ello me permito repetir algo que sostuve acerca de la homosexualidad que me parece resulta pertinente en la ocasión:
«En la edición 152 (enero - febrero 2005) de la prestigiosa revista “Quehacer” la psicoanalista y feminista Matilde Ureta de Caplansky señala lo que ella considera un logro con estas palabras: “Otra cosa que creo que hemos ganado es tolerar mejor las diferentes modalidades sexuales. La gente considerará esto una aberración, pero creo que ahora los seres humanos que tienen una orientación sexual diferente de la heterosexual han ganado espacio. Eso me parece importante porque hace a los heterosexuales más tolerantes; tolerar las diferencias nos hace más humanos. Esto no quiere decir que las aceptemos para nosotros o las queramos para nuestros hijos; eso ya es materia de otra discusión”. Exacto, eso es materia de otra y muy importante discusión, el asunto de la tolerancia convertido en valor cuando se trata tan sólo de un mal menor. No se trata de tolerar las diversas modalidades sexuales, para usar las palabras de Ureta, sino de celebrar las diferencias. Porque sino, tendríamos que preguntarnos también ¿qué tan dispuestos están los no heterosexuales a tolerarlos? ¿Por qué la pregunta siempre se hace en el mismo sentido: la tolerancia por parte de los heterosexuales y no hacia ellos? Se trata de discriminación vestida de apertura, y a mí particularmente, eso me parece más peligroso que la discriminación franca y desembozada.
Por ello, creo que es un error lo que, en la misma revista, Mariano de Andrade insinúa: hay que vencer los estigmas que rodean la diferencia sexual para lograr que los homosexuales en general, “logren no sólo incorporarse y adaptarse a la sociedad, sino además, consigan ser aceptados plenamente”.
Estamos hablando de la sociedad de la injusticia y la estupidez, de una sociedad en la que miles de millones tienen como principales problemas de salud, enfermedades ligadas al hambre; y la minoría privilegiada (cientos de millones) no tiene una vida saludable, sino que padece de graves males ligados a la obesidad. ¿Es a esta sociedad a la que los homosexuales deben adaptarse? ¿Es a esta sociedad a la que debemos reclamarle la aceptación de sexualidades distintas a la hegemónica? No lo creo. Pienso que de lo que se trata no es de adaptarse a la sociedad ni reclamarle aceptación, sino de transformar la sociedad. No creo que el objetivo sea una sociedad en que heterosexuales estúpidos y homosexuales estúpidos convivan “felices” y gordos en el hemisferio Norte; y heterosexuales y homosexuales famélicos mueran armoniosamente de hambre en el hemisferio Sur. La discriminación sexual no es una disfunción del sistema, sino que es un síntoma de su constitución excluyente y opresora.
Reconozco que se ha avanzado algo, pero esos pasos adelante, mediados por el omnipresente y omnipotente mercado, han sufrido tales deformaciones que bien podrían ser interpretados también como retrocesos. Cambios culturales convertidos en nichos de mercado. Recordemos la Rebelión en la Granja de Orwell: los revolucionarios convertidos en chanchos por el whisky».
Quiero decir entonces que el problema no es la inclusión, sino la transformación de la sociedad, y esto que dije para los homosexuales, me parece absolutamente válido para las mujeres. El problema no es que no se quiera aceptar a mujeres en el ejército, el problema es el ejército mismo, sino recordemos las escalofriantes fotos de esa soldada norteamericana que torturaba soldados irakíes al más puro estilo de Rambo. El problema no es que en algunos colegios todavía no permitan que sus alumnas jueguen fútbol, el problema es el fútbol mismo, la mercantilización del deporte y de toda la vida social en general.
El feminismo, creo yo, por tanto, no debe pedir la inclusión de las mujeres a esta sociedad, sino luchar contra esta sociedad y por la creación de una completamente diferente. «Nunca más el mundo sin nosotras», pero también: nunca más este mundo.
Por ello me parece irrelevante que el presidente electo de Estados Unidos sea negro, para mí es tan blanco, no como Bush, pero sí como Clinton. Si hubiera ganado Hillary, la trascendencia del hecho tampoco hubiera sido realmente revolucionaria, quienes así lo plantean me parecen que atentan reformistamente contra la máxima de Saint Just: «La Revolución sólo debe detenerse con la felicidad».
Por ello, puedo afirmar que Condoleezza Rice me parece tan blanca y tan hombre como Bush, por eso el asunto no es ponerle faldas a Obama, sino polleras. Lo que quiero decir es que no basta que las mujeres participen más sino que su participación esté cargada de ideología feminista, sino tendríamos que aplaudir a las Marthas: la Chávez, la Moyano, la Hildebrandt.


Tik, tik, tik


Eduardo Galeano concluyó su discurso en el Foro Social de Porto Alegre con estas palabras: «Tik, tik, tik», que es como en Chiapas se dice «nosotros», explicó el escritor uruguayo. No sé si la traducción es exacta, en el sentido de si ese nosotros pretende incluir a las mujeres también, o si los indígenas de donde nació el EZLN tienen otra palabra para decir «nosotras». Lo que sí sé es que el feminismo es, o debe ser, ese «nosotras» que incluye a los varones, y a todos aquellos y aquellas que no se sientan ni mujeres ni hombres.
Por eso me parece importante que este libro, incluya ensayos compartidos, porque el feminismo es esa lucha por implantar una lógica social en la que la norma sea escuchar al otro, en que la alteridad sea un motivo de fiesta. En la que nunca más haya marchas, sino una sociedad en la que todos, como Nietzsche, podamos decir que solo podremos creer en un dios que sepa bailar. Porque se baila con uno mismo, pero sobre todo se baila con los demás. Y la danza es teoría, práctica viva, subjetividad palpitante, acción, y compartir. Nada más feminista que el baile.
Podemos concluir, entonces, diciendo que el feminismo es todopoderoso no por ser verdadero, como solía decirse del marxismo, sino porque derrumba o debe derrumbar todo aquello que suponíamos eran verdades inderribables.



* Texto leído con ocasión de la Presentación del libro «FEMINISMOS EN AMÉRICA LATINA. Su aporte a la política y a la democracia», de Virginia Vargas Valente. 5 de diciembre de 2008, Sala Melgar del Complejo Cultural de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa.

9 dic. 2008

Las trampas del turismo inmobiliario

LAS TRAMPAS DEL TURISMO INMOBILIARIO*
Por: José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com

UNA ANÉCDOTA
Quiero primero contar una anécdota que me parece ilustrativa para algunas de las cosas que voy a decir. En el bus, de camino a Camaná, una señora que viajaba muy cerca de mi asiento recibió una llamada telefónica, mediante la cual le informaban que el esposo de una de sus amigas había fallecido, el velorio sería ese mismo día y el entierro al día siguiente. La señora en cuestión se disculpó, no podría dar las condolencias personalmente porque «estaba viajando a Camaná». Cortada la comunicación telefónica, le contó lo sucedido a la amiga con la que viajaba, ella respondió en tono lastimero: «Qué pena... si se hubiera muerto ayer, hubiéramos podido ir al velorio». Alguien podría decir: tenían que ser camanejas, pero eran arequipeñas.

DE QUÉ TURISMO HABLAMOS

Es menester fijar algunos conceptos para que con un relativo concenso sobre ellos podamos entendernos mejor. Mucho más si se trata de temas como el turismo, que ha merecido tan diversos, y no pocas veces, contradictorios enfoques; y más todavía si el espíritu de este trabajo es eminentemente crítico y como tal se aparta de los ya consabidos discursos laudatorios sobre la mal llamada industria sin chimeneas.
Creo que un Congreso es para debatir, y debatir arduamente y por qué no, ferozmente. ya José Carlos Mariátegui nos enseñó que es de las polémicas de las posiciones furiosamente encontradas de donde suele nacer el justo medio.
No es pues entonces, mi intención, hablar desde la tímida comodidad de las posiciones eclécticas, sino más bien colocarme en la posición beligerante de quien exajera para enfrentarse mejor a las posiciones hegemónicas con las que discrepo e intento combatir.
Urge, pues, a estas alturas precisar qué estamos entendiendo por turismo. Y a este repecto hay que decir, que una cosa es describir el turismo tal y como es, y otra plantear cómo quisiéramos que sea. Para saltarse este debate, acaso la OMT haya propuesto esa definición tan anodina que hace hincapié solo en el traslado fuera de la zona de residencia y en los parámetros temporales del mismo: más de 24 horas, menos de 365 días.
Pero todos sabemos aquí, que el traslado es en realidad el desencadenante de innumerables procesos económicos, políticos, culturales, comunicacionales, jurídicos, urbanísticos, etc. Que a menudo son dejados de lado por la onmipresencia de esa particular, y a mi juicio simplista e interesada, visión del turismo como generador de divisas, de empleo y en última instancia de desarrollo.
Sociólogo como soy, debo evitar a toda costa ser presa de la obnubilación publiscitaria y más bien buscar las 5 patas al gato, trabajo no muy dificil en una actividad como el turismo que se emparenta más al pulpo o a la araña, que al felino doméstico. Por eso, llama la atención la falta de enfoques críticos, desde la academia nacional, para esta actividad que toma acelerada importancia en nuestro país.
En ese sentido, ubico la presente ponencia dentro del rechazo al denominado turismo de marketing, posición crítica que enarbolan los mexicanos Sergio Rodríguez y Sergio Molina; y utilizo su propuesta de turismo alternativo: de comunicación intercultural, como referente de comparación para criticar todo lo que la impide. Debo advertir, no obstante, que pretendo ir más allá en mis críticas que los autores mencionados, quienes no repararon en la posibilidad dinámica del turismo de convertir en locales a los turistas, y, esto es lo más importante, convertir a los locales en turistas.
Así, interpreto, con fines de esta ponencia, la definición de turismo de Rodríguez y Molina, como un complejo proceso que implica infinidad de fenómenos entre los que destaca el posible diálogo intercultural que puede darse entre turistas y locales.
Aquí el diálogo, nótese bien, aparece como una posibilidad deseable y no como una realidad. Por ello, los autores mencionados hablan de turismo alternativo, es decir, de la necesidad de terminar con el modus operandi del turismo actual sustentado en los intereses de las grandes empresas que controlan el negocio; y convertirlo en una actividad que no se guíe por el lucro y la ganancia, sino por el evidente desarrollo espiritual que puede generar en quienes viajan, y en quienes reciben viajeros.
Nótese también que el diálogo implica, necesariamente, interlocutores válidos de uno y otro lado. No es posible el diálogo cuando quienes participan de la comunicación no están en condiciones de igualdad. En este caso: turista y local deben tener el mismo estatus y comportarse en consecuencia. Pero no se trata únicamente de igualdad, sino también de diferencias, pero no de prestigio ni de jerarquía social, sino de diferencias culturales, porque los clones no tienen nada que decirse ni nada que aprender el uno del otro. Dos cabezas piensan mejor que una, sí y solo sí, piensan cosas diferentes.
Pero estas concepciones han sido elaboradas para el denominado turismo receptivo que implica la llegada de gente de otros países, y por eso, casi con toda seguridad, de otras culturas. No obstante, nosotros creemos que al interior de países como el nuestro, pueden funcionar perfectamente. Después de todo somos un país multicultural por excelencia.

NO EN VANO SE NACE AL PIE DE UN VOLCÁN
NI FRENTE A LA INMENSIDAD DEL MAR
Pero vayamos asentándonos más en la realidad sobre la que queremos reflexionar: Camaná.
Fijemos primero quiénes vendrían a ser los turistas y quiénes los locales. Los primeros son, casi exclusivamente los veraneantes que vienen de la provincia de Arequipa (hordas bronceadas les llamé en un ensayo sobre Mollendo que creo aquí también aplica), y los segundos, obviamente los camanejos.
Si el turismo es -o debiera ser- ante todo un diálogo intercultural. Entonces, tendría, para este caso específico, que aceptarse en primer lugar que existe una cultura camaneja y una cultura arequipeña notoriamente diferenciables. Y esto es admisible si concebimos la cultura como el proceso de identidad, así como todo de lo que se sirve; pues se puede hablar, sin forzar demasiado la cosa, de una identidad arequipeña y de una camaneja. En segundo lugar ambas identidades debieran gozar de igual valoración, o en otras palabras, debe ser tan prestigioso ser arequipeño que ser camanejo. Y en tercer y último término, camanejos y arequipeños deben estar deseosos de dialogar entre sí porque piensan que tienen cosas que aprender los unos de los otros.
Dicho todo lo anterior ya podemos entrar de lleno al tema de la ponencia, es decir, a reflexionar si las actuales tendencias del turismo inmobiliario favorecen o entorpecen el desarrollo de un turismo marcado por un diálogo intercultural.

LAS TRAMPAS

Por el título del presente trabajo: Las Trampas del Turismo Inmobiliario, todos ya habrán colegido que mi opinión es que los modelos actuales sobre los que se mueve esta actividad están lejos de favorecer un turismo como el que quieren Molina y Rodríguez, y muy por el contrario generan perniciosas situaciones asimétricas que por lo general terminan beneficiando a los turistas en detrimento de los locales.
Hagamos las últimas precisiones. Estamos entendiendo por turismo inmobiliario, la variedad de turismo que se caracteriza por la posesión de propiedades inmuebles, por parte de los turistas, en la zona de destino. Para el caso de Camaná, básicamente este fenómeno se da en la denominada zona de playas, con urbanizaciones como La Punta, Las Cuevas, Primavera, Las Brisas, Sol y Mar, Cerrillos, etc. En las cuales las viviendas son de propiedad no de los lugareños, sino de quienes habitualmente vienen a Camaná a hacer turismo en los meses de verano.
Hay que destacar que este fenómeno no es exclusivo de la zona de playas, sino que ya existen varias urbanizaciones en la misma Camaná, en las que cada vez más inmuebles son de propiedad de gente que no reside en el lugar.
Esta particular forma de turismo acarrea una serie de problemas que queremos analizar, y aunque si bien es cierto que en Camaná, varios de los que vamos a mencionar no tienen aún una magnitud grave, no por ello dejan de ser peligros latentes:

LA LUCHA POR EL ESPACIO

La valoración que tienen del espacio los locales y los turistas es bastante diferente, porque ambos lo requieren para muy distintos usos. Esto motiva que sea dificultoso compartir armónicamente los mismos espacios.
La habitual es que toda zona, antes de ser un espacio turístico, haya sido una población con diferentes actividades económicas: agrícolas, pesqueras, artesanales, etc. Una vez que la zona adquiere valor turístico, empezarán a ocuparse la áreas libres por la infraestructura turística, o por el turismo inmobiliario. Pero una vez agotadas éstas, empezará una verdadera lucha por el espacio.
El resultado ha sido, invariablemente, la expulsión de los locales a través de diferentes medios. Desde la venta de sus propiedades aprovechando los altos precios que las empresas constructoras están dispuestos a pagar por ellas, hasta la expulsión violenta por parte de las fuerzas de un Estado que ve en el turismo una oportunidad de generarse ingresos.

APROPIACIÓN DE ZONAS NATURALES

Otro problema que surge alrededor del tema del espacio es la tendencia que existe por parte de los turistas de apropiarse de las zonas naturales que por definición no pueden ser propiedad privada, sino propiedad del Estado.
En el mundo los ejemplos de este tipo de hechos son numerosos y en algunos casos escandalosos. En nuestro país (Perú) he podido rastrear que la apropiación de las zonas naturales, la de las playas y su mar adyacente en particular, se remonta a la década del 60 con el club Regatas en Lima. Intento que finalmente resultó fallido por la intervención del gobierno de Velasco y la singular ideología que lo animaba.
Pero en los últimos tiempos la apropiación de las playas y aún de zonas de mar se ha ido convirtiendo en la regla, como lo demuestran las notas periodísticas que de cuando en cuando denuncian un hecho de éstos.
Estas apropiaciones van desde el colocado de rejas con huachimanes con órdenes expresas de no dejar pasar sino a los propietarios de las casas ubicadas frente a las playas arrebatadas al Estado y por ello mismo a todos los peruanos, hasta el colocado de barreras simbólicas, fisicamente fáciles de franquear, pero socialmete a veces imposible. En estos casos son los colores de piel, los niveles de consumo, el tipo de ropa de baño, el tipo de cuerpo, un particular uso del lenguaje, y otros aspectos, los que ponen el pare a los invasores, a los extraños con todo lo que Simmel nos explicó que esto significaba. Sobre todo hay que impedir el paso a toda costa (literalmente hablando) a aquellos del «ceviche en bolsa y la sopa en botellón»; aunque éstos, en muchos casos, sean los locales, con lo que los dueños de casa terminan siendo echados por los invitados.
Como siempre hay despistados, a veces hay que colocar ciertas marcas territoriales sobre la arena, o un huachimán vestido de invierno que advierte que aquella es una zona exclusiva prohibida para la «chusma, chusma, chusma», como dice, esta vez sin gracia alguna, el personaje cachetón del Chavo del 8.
En Arequipa, el ejemplo perfecto de cuanto decimos es el balneario de Mejía. Y en ese camino van incluso zonas tan populares como Mollendo, en la que desde hace varios años los vecinos de la urbanización Albatros aseguran haberse comprado un trozo de playa y de mar, y actúan en consecuencia. Que a estos veraneantes le haya afectado el excesivo sol en la cabeza es perdonable, lo que es imperdonable es que los cuerdos no seamos capaces de atravezar la cinta amarilla con la que huachafamente impiden el ingreso a lo que estos pitucos bamba creen sus dominios.

USOS DIFERENTES DEL ESPACIO

La lucha por el espacio está marcada también por los diferentes usos que hacen del mismo turistas y locales. Es sabido que el tiempo del turista y el tiempo del local, raramente coinciden. De manera tal que lo que es tiempo de descanso para aquel, es tiempo de trabajo para éste. Cuando ambos tiempos, radicalmente opuestos, coinciden en un mismo espacio, se generan varios problemas que pueden llegar a revestir una cierta gravedad.
Un ejemplo que ilustre lo que acabamos de decir, podría ser la actividad de los macheros. He visto varias veces como los turistas se sienten mortificados por la presencia de quienes se dedicaban a la captura de machas. Su aspecto, tan diferente al del veraneante promedio,causa recelos; las conchas que se abandonan en la playa, rápidamente empiezan a despedir fétidos olores y entonces lo que menos quieren los turistas es macheros cerca a sus pulcras residencias. Nunca se me ocurrió, me confieso, preguntar a los macheros lo que pensaban de los turistas, sobre todo de aquellos que como actividad lúdica empezaban a disputarles la recolección de machas; pero imagino que no debe ser muy gratificante realizar tan esforzado trabajo en medio de gente que juega pelota de playa, que se besa apasionadamente, o que se entrega a la irresistible provocación de una cerveza helada.
Estoy seguro, que ninguna señorita de las que viene a veranear a estas playas haya confesado a sus amigas que se enamoró perdidamente de un machero; y esto es prueba irrefutable de que ambos grupos no se ven como iguales; por tanto no puede haber verdadero diálogo entre ellos.

ESPACIOS PRIVILEGIADOS

Si hablamos de lucha por el espacio, y de turismo inmobiliario, estamos dando por supuesto que locales y turistas viven en la misma jurisdicción, a veces territorialmente hablando, en una área relativamente pequeña.
Por supuesto que no están mezclados, se dividen en zonas perfectamente delimitables, y entonces la comparación es inevitable; y el resultado es casi siempre el mismo. Las viviendas y las urbanizaciones en donde se ubican las casas de los turistas son mucho mejores que las de los locales, estética y confortablemente hablando. A veces, incluso, se trata de verdaderas casas de lujo.
La situación se complejiza más si nos damos cuenta que los espacios privilegiados son subutilizados, es decir que se ocupan solo unas cuantas semanas al año, el resto del tiempo permanencen deshabitadas, claro que no totalmente, lo valioso de la propiedad exige vigilancia, de manera tal que algunos de los locales podrán vivir en las mejores casas de la zona, solo que en calidad de cuidantes.

TURISMO DE ENCLAVE

Todo lo que acabamos de decir va a generar un turismo de enclave, es decir, que los turistas van a habitar una zona y con un estilo de vida que no guarda relación con su entorno. La zona inmobiliaria turística se convierte así en una especie de burbuja que va a dificultar tremendamente el posible diálogo del que habláblamos al principio.
Pero los turistas están siempre de vacaciones y la permanencia más o menos prolongada que le es inherente al turismo inmobiliario requiere de proveerse de varios servicios: cocina, limpieza, lavado de ropa, etc. Estos servicios son ofrecidos, habitualmente, por los locales; y entonces nuestro diálogo entre turistas y locales se va a empobrecer terriblemente, pues los primeros con los úlimos solo van a desarrollar relaciones de dependencia y subordinación, que pueden derivar en complejos de superioridad e inferioridad respectivamente; o en un resentimiento y consecuente rechazo por parte de los locales hacia los turistas, como hace no mucho se hizo evidente en la sublevación de Oaxaca, México.
Si regresamos otra vez a nuestra realidad particular, lo acabado de decir se complica más porque los niveles de racismo en nuestro país son exasperantes, y hay en la UNSA, la Universidad de la que vengo, una tesis que asegura que Arequipa es la ciudad más racista del Perú.
Si quienes vienen hacer turismo inmobiliario a Camaná son arequipeños, y si es verdad lo que dice la tesis en cuestión, y si la descripción que de los arequipeños que hace Vargas Llosa en El Pez en el Agua tiene asidero real, las esperanzas de hacer realidad en este balneario el turismo alternativo de Molina y Rodríguez, son pocas.

EL CONTROL POLÍTICO

Todas las cosas que hemos reseñado nos han ido revelando que si la relación turista/local es una relación de poder, Quien se va haciendo del mango del sartén son los turistas: viven en las mejores casas, y en las mejores zonas, tiene un mayor disfrute del tiempo, se apoderan de las zonas naturales, tienen mayor estatus, mayor capacidad de gasto, etc.
Pero hay algo que no tienen: el poder político. Tanto poder sin embargo invita a tener más poder. No tenemos que irnos muy lejos para tener un ejemplo de lo que estamos diciendo. Hace ya varios años los socios del Club de Mejía tomaron la decisión de tramitar ante lo que ahora es el RENIEC, su cambio de domicilio declarando que vivían donde solo iban a hacer turismo. Así en las elecciones municipales ellos participarían de la elección del alcalde y por qué no, postularse como burgomaestres o regidores.

DE LOS CAMANEJOS DEPENDE

Pero este es un Congreso que busca propuestas para un turismo sostenible, por lo que intentaremos sugerir algunas medidas que creemos podrían salvar las trampas del turismo inmobiliario que hemos mencionado.
En primer lugar debe quedar claro quiénes son los dueños de casa y quienes los invitados. Hay que ser buenos anfitriones con los invitados, pero estos no deben olvidarse que son invitados y que por tanto deben comportarse como tales.
Para ello se requiere de una nueva política urbanística que impida enclaves turísticos y que por el contrario motive una mayor interacción entre locales y turistas, convirtiéndolos en verdaderos vecinos.
Los locales deben participar de las actividades consideradas típicamente turisticas. No hay que ser turista para querer zambullirse en el mar. Y no hay que irse a zonas diferentes de donde se ubican los turistas, al contrario hay que nadar codo a codo con ellos y demostrarles quién conoce mejor los secretos del mar.
Hay que estar atentos para impedir cualquier apropiación de las zonas naturales, y tener claro que las autoridades políticas tienen por primera obligación la búsqueda de la mejora de la calidad de vida de los locales. Cualquier proyecto turístico debe hacerse bajo esas premisas. Y la calidad de vida antes que ver con el dinamismo de la economía, con la generación de empleos que lindan casi siempre con el subempleo, tiene que ver con la dignidad de vivir en nuestra casa con todos los derechos que ello significa.
Pero debemos ir aún más lejos, como lo prometimos cuando empezamos a leer esta ponencia.
Ya que quienes no tienen la suerte de vivir frente al mar, desean por lo menos venir a Camaná todos los veranos, y en consecuencia piden una serie de facilidades, que en el turismo inmobiliario exige habilitaciones urbanas, infraestructura y a veces hasta un cambio de uso de terreno agrícola a terreno urbano; las zonas de destino como Camaná deben aprovechar esta situación y exigir reciprocidad como corresponde ante iguales.
O acaso a los camanejos no les gustaría hacer turismo en Arequipa. Quieren los arequipeños tener sus casas aquí, pues esperamos de sus municipalidades iguales facilidades para viviendas o clubes en los cuales los habitantes de esta hermoza tierra puedan descansar y divertirse de cuando en cuando. Por lo menos debiera darse facilidades económicas y administrativas para que los camanejos puedan hacer uso de instalciones como el Club Internacional, el campo Ferial Cerro July, los campus de las Universidades, etc. O acaso no son los directivos de estas instituciones los que claman por un chapuzón en este mar, que no se olviden, solo le pertence a Camaná.

*Ponencia leída en el I Congreso Regional de Turismo y Hotelería: Desafíos para un Turismo Sostenible. Camaná, Perú, 21-23 de noviembre de 2008