29 jun. 2009

La psicologización del mundo


Presentación del libro: TEMAS ACTUALES DE PSICOLOGÍA de Helarf La Torre*

Por José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com



Algunos autores califican a la sociedad actual, como una sociedad de la incertidumbre; otros la llaman sociedad del riesgo. Lo claro es que ya no hay nada constante. En estos tiempos, el tiempo ya no es tiempo; y el espacio es un no lugar. Todo cambia y hasta lo más sólido se desvanece en el aire. Así la amistad ya no es un apretón de manos, sino una cifra titilando en la sección de número de amigos del Hi5; el amor ya no es una pareja caminando tomada de la mano con el crepúsculo de fondo, sino unos labios en la pantalla del Messenger, que van creciendo y hacen muach; y hasta el sexo ya no es dos cuerpos entrelazados, sino dos mouses de punteros frenéticos.

En una sociedad con semejantes cambios, no me queda duda de que nuestra psiquis es flagelada permanentemente; y por ello se hace imprescindible que todos nos acerquemos a la psicología, a esta ciencia que tiene que ser cada día más apasionante, porque se dedica precisamente al estudio del comportamiento humano, ya no tan humano, por cierto.

La lectura del libro “Temas actuales de psicología” que ha editado el Dr. Helarf La Torre, me lleva a reflexionar sobre tres asuntos que esta noche quiero compartir con ustedes. El primero tiene que ver con lo que voy a llamar la psicologización del mundo, el segundo es la transdisciplinariedad, y el tercero es la sociología de la ciencia.

Expliquemos a qué nos referimos cuando hablamos de la psicologización del mundo. Suele circular por correo electrónico diversas cadenas que intentan demostrar cómo el hombre contemporáneo encuentra problemas donde antes no los había. Así se dirá que antes los niños eran tímidos y que hoy en cambio tienen problemas de socialización; antes estaban tristes, ahora sufren de depresión; antes solo pensaban en jugar, ahora son ludópatas; antes eran traviesos, ahora son hiperactivos; antes eran inteligentes, ahora son niños índigo; antes los niños de cuando en cuando se mostraban descontentos consigo mismos, hoy tienen baja la autoestima; antes eran “pegalones”, ahora tienen problemas de agresividad; antes la familia era la familia, fuese como fuese; hoy las familias son disfuncionales; antes los niños que les iba mal en el colegio eran malos estudiantes, ahora tienen problemas de aprendizaje; antes algunos niños eran pegados a la mamá, ahora sufren de sobreprotección; antes jugaban al papá y a la mamá, y a veces al doctor, ahora tienen conductas sexuales inapropiadas; antes se les corregía, ahora se los maltrata psicológicamente; antes necesitaban una cuera, ahora requieren tratamiento psicológico.

Entender las cosas así, revela sin duda, un poco de ignorancia, pues también podríamos decir: antes la gente se moría de dolor de estómago, hoy lo hacen de tumores carcinoides colonorectales; y eso no implica que ahora seamos más problemáticos, o que las enfermedades se hayan sofisticado, sino que la medicina ha avanzado en cuanto al diagnóstico de lo que nos aqueja.

Sin embargo, es innegable también, que lo que llamamos la vida moderna, o ahora posmoderna, ha generado la aparición de nuevas enfermedades como la muy reciente gripe AH1N1, de la que los promotores de las cadenas descritas, podrían decir que no es más de lo que las abuelas llamaban resfrío, lo que obviamente no es así.

Pues bien, esta vida moderna o posmoderna, también ha generado una serie de fenómenos de graves implicaciones psicológicas que requieren la intervención de profesionales de esa área. En otras palabras, si en algo tienen razón las cadenas que mencionábamos al principio es que ahora necesitamos más ayuda psicológica que antes.

Yendo al libro, entonces:

El artículo de Francisco Gil, titulado: “Dirección y Liderazgo”, nos demuestra que la administración de recursos humanos es un tema mucho más complejo de lo que habitualmente se supone, y que se requiere del concurso de psicólogos para una adecuada selección de personal, sobre todo de aquellos que ocuparán los cargos más altos en la organización, si se quiere que ésta tenga altos niveles de eficiencia y eficacia.

El artículo “Técnicas y las nuevas narrativas en la intervención” de Pilar Munuera; nos propone un método para recomponer las relaciones entre los miembros de la familia para la superación de los problemas que la agobian.

Néstor Blajeroff nos descubre una dimensión trascendente de la ancianidad, y precisamente en una sociedad que podríamos calificar, sin exagerar, de gerontofóbica.

La importancia de los aportes de la psicología en el campo de la salud es lo que nos explica el artículo que escribe David Jáuregui a propósito de la obra de Charles Spielberger.

Las vicisitudes de la psicología individual de Adler en Hispanoamérica es lo que nos describe el texto de Ibarz y León.

El grave problema de la comprensión lectora en nuestro país, es abordado por Ricardo Canales a través de un trabajo de investigación aplicado en el Callao.

Los estilos de aprendizaje a nivel de posgrado son el tema de reflexión de Pareja y Muratta.

Mientras que Jácobo y Alarcón investigan acerca de problemas de atención y su repercusión en el rendimiento escolar.

Helarf La Torre nos va a exponer la necesidad de estudiar la problemática relación del hombre con su ambiente laboral y organizacional, en lo que se ha venido a llamar: ergonomía.

Y Reynaldo Alarcón, revisará la trayectoria del psicólogo mexicano Rogelio Díaz-Guerrero para plantear la pertinencia de la perspectiva transcultural en lo que sería una etnopsicología.

Como vemos, este libro trata sobre un conjunto de temas bastante diversos entre sí, pero que se vinculan, fuertemente, al mismo tiempo, porque todos merecen la máxima atención de la psicología.

Es pues esta diversidad temática, que abarca aspectos como: liderazgo, el desarrollo del yo, la ancianidad, la salud, el estilo de vida, la lectura, el aprendizaje, la conducta, la ergonomía, lo transcultural, el etnocentrismo y otros; lo que nos lleva a hablar de la psicologización del mundo. Es decir, pienso que no hay tema alguno, fenómeno alguno en el que la voz del psicólogo no tenga algo que decir.

Y eso nos lleva al segundo punto que queremos plantear aquí: la transdisciplinariedad.

Pues si no hay asunto alguno sobre el que no pueda pronunciarse la psicología, tenemos que aceptar de hecho, de que esta ciencia estará interviniendo sobre aspectos acerca de los cuales otras ciencias también tienen algo que aportar.

Me imagino que es por ello que se me ha invitado a comentar este libro, pues como sociólogo tengo apenas una formación amateur en temas psicológicos, solo que creo, que los temas psicológicos son al mismo tiempo temas sociológicos, y sin duda, también del ámbito de otras ciencias.

Sino veamos, el tema de Liderazgo que aborda Gil puede también ser reclamado por los administradores, e inclusive por la sociología de las instituciones. Sobre el tema de nuevas narrativas de Pilar Munuera, también tendría algo que decir el análisis del discurso. Las propuestas sobre la ancianidad que hace Blajeroff, pueden ser abordadas también desde las nuevas perspectivas de las teoría de género y lógicamente también por la sociología de la familia. Jáuregui, al hablar de la psicología de la salud está tocando un asunto que sin duda la medicina sentirá también como suyo. Los rastros de la psicología adleriana en Hispanoamérica que exploran Ibartz y Ramón, son también un tema que puede ser abordado por la historia. La lectura, el aprendizaje y la atención sobre los que escriben Canales, Pareja, Muratta, Jácobo y Alarcón, son sin duda asuntos de interés de las ciencias de la educación. La ergonomía que nos explica La Torre, es también abordada por la ingeniería de sistemas. Y la psicología transcultural que trae a colación Alarcón, sin duda, tiene muchos puntos de contacto con la antropología.

Se trata pues de lo que el filósofo Edgar Morin llama: Inter-trans-poli-disciplinariedad. Qué bueno entonces que un libro que se titula: Temas actuales de psicología, trate tan diversos aspectos, que invitan a otras ciencias a entrar a un diálogo interdisciplinario; a plantear proyectos conjuntos, es decir, polidisciplinarios; e incluso a poner en duda los límites de cada ciencia a través de la transdisciplinariedad.

Este libro, de hecho, nace, como lo dice el editor en su presentación, en la Unidad de Posgrado de Psicología, en cuyas maestrías y doctorados no solo estudian licenciados en psicología, sino gentes que provienen de otras disciplinas.

Entrando al tercer tema debo decir que como sociólogo, el artículo que más me ha gustado es el de Néstor Blajeroff, pues parte de la constatación de un orden de cosas en torno a la situación del anciano en la sociedad, y luego plantea una propuesta de cambio, que incluso engarza dentro de un proceso social tan grande como es la globalización. En ese sentido, Blajeroff está haciendo política; y con ello desnuda la supuesta neutralidad ideológica de la ciencia.

Como ya lo ha demostrado Michell Foucault y a su modo Thomas Kuhn, el saber es también un asunto de poder, de manera tal que es perfectamente legítimo hablar de una sociología de las ciencias, es decir, de una disciplina que estudie las relaciones de poder dentro de los ámbitos académicos, y cómo la ciencia misma, es resultado y causa de esas particulares relaciones.

A lo que voy es a la ya vieja idea de Wright Mills, de que todo asunto psicológico es en el fondo un asunto sociológico. Sino veamos uno a uno los artículos que reúne el libro que presentamos esta noche.

El liderazgo implica la existencia de unos pocos líderes y de muchos liderados y eso necesariamente genera un conjunto de relaciones sociales particulares entre y dentro de esos niveles. Pero debiera llevarnos a preguntar también: ¿A qué metas nos lleva el líder? Y obviamente a la siguiente ¿compartimos esas metas? No se trata, entonces, solamente de indagar acerca de las cualidades del líder, sino acerca de lo que éste pretende alcanzar haciendo uso de sus virtudes.

Las técnicas de intervención en la familia, necesariamente tienen que desarrollarse bajo el supuesto de lo que consideramos una familia ejemplar. Y aquí no podemos evadir el intenso debate acerca de la crisis de la familia nuclear, en el que algunos quieren su recuperación y otros, su radical transformación.

La psicología de la salud debe aceptar el hecho que categorías como enfermedad y salud son históricas, en cuanto no siempre han significado lo mismo, al punto que hoy se habla de una medicina cosmética que cura la enfermedad de la fealdad; y que ahora como antaño, lo que se considera mórbido viene acompañado de discriminación, lo que es un fenómeno básicamente sociológico.

El psicoanálisis, dentro del cual están los aportes de Adler, es ahora una herramienta poderosa de interpretación de la sociedad, que se ha fundido incluso con el marxismo. Y de otro lado, las tesis mismas de Freud vienen siendo cuestionadas desde el feminismo, que es al mismo tiempo un movimiento teórico y político.

Los problemas de lectura, de atención y de aprendizaje, deben llevarnos a preguntarnos: ¿Qué leemos? ¿Qué aprendemos? Y, sobre todo, ¿quién decide lo que debemos leer y aprender? No es casual, por ejemplo, que en muchos colegios de Latinoamérica se haga leer a los adolescentes el texto titulado “Juventud en Éxtasis” de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, que es el representante “literario” de un proyecto ideológico determinado.

De otro lado, la, sin duda, legítima preocupación por la ergonomía, no debe hacernos olvidar el carácter alienante del trabajo en el sistema capitalista. Por más cómodos que trabajemos, esto no afecta los principios económicos del capitalismo, ni la mercantilización de nuestra fuerza de trabajo.

La psicología transcultural es, para lo que intento explicar, un buen ejemplo. Pues sus propuestas atentan contra la psicología etnocéntrica, y el etnocentrismo es, al fin y al cabo, un proyecto ideológico.

Así resulta que este libro es en realidad una invitación al debate y la polémica, pero no solo dentro de los márgenes de la psicología, sino que admite críticas y propuestas desde otras ciencias, que permitan, lo que Morin llama, la ecologización del conocimiento.

Este es pues un libro plural desde donde se le mire, los autores provienen no solo desde distintas canteras académicas, sino también de distintas latitudes geográficas, los hay consagrados y quienes recién se inician en la tarea de publicar; y como hemos visto, los temas abordados son además bastante variados.

Hubo un tiempo en que la homogeneidad era considerada como un valor; ahora es más bien la heterogeneidad lo que se ansía, y por ello este libro no solo tiene la riqueza de cada uno de sus artículos, sino que su conjunto mismo posee una sinergia que invita a la lectura y a romper las cadenas de lo que Ortega y Gasset llamaba la barbarie del especialismo. Lo que quiero decir, y con esto termino, es que aunque el libro titule “Temas actuales de psicología”, en verdad puede y debe ser leído por gente proveniente de todas las ramas de las ciencias; pues todos estamos obligados a interesarnos por el estudio del hombre y su psiquis. Y después de todo, quién hoy en día, no necesita tratamiento psicológico.

* Texto leído en la Sala Atenas del Complejo Cultural de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, Perú, el 26 de junio de 2009

23 jun. 2009

De lo académico como un acto político

De lo académico como un acto político. Una reflexión acerca del desorden*

Por José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com

14 de junio de 2009, dentro de dos días, nuestra Facultad, en la que nos hemos formado y en la que ahora trabajamos, cumplirá 25 años de historia, cumplirá sus bodas de plata. Este aniversario, por tanto, no es uno más, acostumbrados como estamos a dar un significado especial a ciertos números.

Dar el discurso de orden en las circunstancias explicadas, resulta, por tanto, para mí, un honor, al que les revelo, en un primer momento intenté rechazar, convencido como estaba de que la ocasión ameritaba que un docente de mayor trayectoria ocupara este lugar. Pero se me explicó que lo que se quería era romper el paradigma y dar la oportunidad a un profesor que hace a penas unos meses recibió su resolución de nombramiento, y entonces, partidario, como soy, del cambio y enemigo de la parálisis paradigmática de la que nos habla Thomas Kuhn (Estructura de las Revoluciones Científicas) y a su modo Joel Baker (en su libro: Paradigmas: el negocio de descubrir el futuro); acepté, ya no el honor, sino el reto de dirigirme a la comunidad académica de la Facultad de Ciencias Histórico Sociales, para poner en debate un conjunto de ideas que presentaré en unos minutos.
No obstante, la ocasión es precisa para agradecer a quienes fueron mis maestros y hoy son mis colegas, en actividad o cesantes, porque para bien o para mal, en gran medida soy el resultado de sus aciertos y sus errores. Y me refiero a todos los docentes, porque yo estudié en una época en la que recibíamos en el aula, independientemente de la carrera elegida, a sociólogos, historiadores, antropólogos, y trabajadoras sociales. Turismo aún no se había creado. En aquellos tiempos, todavía combatíamos lo que Ortega y Gasset llamaba la barbarie del especialismo.
Debo decir antes de empezar con el discurso propiamente dicho, que quienes me conocen saben que soy militante del desorden, ya cuando estudiante esta Facultad me auspició una publicación que titulé “Asesinando al Semáforo”, y por tanto me niego a hacer un discurso de orden, sino que más bien pretendo insertar esta disertación en la lógica de Nicanor Parra y sus antipoemas, así, no esperen un discurso de gafas obscuras, ni de capa y espada, ni de sombrero alón; ojalá logre más bien que estas palabras sean de ojo desnudo, de pecho descubierto, de plaza pública y no de recinto burgués. Hay que combatir nuestro ya patético auto aburguesamiento.

Así, puesto en claro las cosas, debo citar como epígrafe de este discurso un verso del gran poeta Charles Baudelaire (que por cierto el Che lo leía tanto como a Marx) que dice: Raza de Caín, sube hasta el cielo / ¡y arroja a Dios sobre la tierra!”. Y debo citar también a nuestro poeta arequipeño Alberto Guillén cuando blasfema: “Yo he de ayudar al Diablo a conquistar el cielo”. Y finalmente, debemos también recordar a Alberto Hidalgo: cuando nos dice que él está a la izquierda de la izquierda, mientras nosotros, continúa el creador del simplismo, y estoy hablando en primera persona, seguimos siendo los mismos cojudos con los mismos ternos.
Por donde empezar entonces, un discurso que pretende romper con el orden, ¿acaso por el final, por la mitad? No me queda más remedio que hacerlo por el principio, pero enamorado de Rayuela de Cortázar, no me resigno del todo, y los invito a leer este mismo discurso en mi blog, en Internet, pero ya no dentro de las rígidas y ordenadas estructuras que exige una alocución de este tipo, sino en las desbordantes posibilidades del hipertexto que rompe con el orden secuencial y lineal e inaugura un nuevo modelo discursivo caracterizado por el desorden, o si quieren, por un nuevo orden, en el que hasta la coherencia deja de ser un valor y es más bien la pluralidad, la diversidad, la crítica, la perspectiva de caleidoscopio la que marca el devenir de la lectura ya no como un único camino a seguir, sino como un camino a inaugurar con nuestros propios y autónomos pasos. Hiperlector no hay camino, se hace camino al andar”, diría hoy Machado. Y nosotros, como científicos sociales, podríamos decir que la relación autor-lector, la relación profesor-alumno disminuye en su carácter dictatorial y se democratiza. Las ciencias sociales por su condición multiparadigmática, que explica muy bien Silva Santisteban, tienen en el hipertexto una herramienta importantísima y por ello desde este año nuestros ingresantes estudian un curso de hipermedia que pretende no que aprendan a usar la computadora, que eso es lo de menos, sino a generar una nueva estructura de pensamiento mucho más libre y holística, capaz de establecer nexos dialécticos entre las más disímiles categorías, hipervínculos le llaman los ingenieros, pensamiento complejo el filósofo francés Edgar Morín. Instalar el desorden hipertextual en nuestras aulas, todas ahora conectadas a Internet, no es sino cumplir con el viejo reclamo de Pink Floyd: Teachers, leave de kids alone”. (Hoy el grito sería el de Papa Roch: Take my Money / take my posesions / I don´t need that shit”).
Casi de contrabando entonces, estamos proponiendo al debate la utilización del hipertexto como estructura organizativa no solo de nuestras clases diarias, sino de nuestros sílabos, no en cuanto documentos, sino en cuanto propuesta de contenidos; e incluso de nuestros planes de estudio.
Señor Decano, nuestra Facultad está demasiado ordenada, hay que desordenarla un poco. No es posible en los tiempos actuales, que nuestros planes de estudio sigan siendo tan rígidos, al extremo que quienes estudian Sociología culminan su carrera sin que nunca un antropólogo, ni un historiador, ni una trabajadora social, ni un licenciado en turismo, hayan sido sus profesores; y esto en una época en la que ya no se sabe dónde termina la sociología y dónde empieza la antropología; y lo dicho vale para todas las ciencias que alberga nuestra Facultad. Y si hemos de creer a Morín, a quien hace un momento citábamos, ya no hay ni siquiera fronteras entre las llamadas ciencias naturales y las ciencias sociales. Recordemos nomás como la teoría de la autopoiésis de los biólogos Maturana y Varela terminó provocando profundos cambios acerca de nuestra percepción de la realidad social y por ende de las ciencias sociales.
Juan Manuel Guillén solía soñar con una Universidad en la que cada alumno diseñaba su propio plan de estudios, ésta sería una universidad basada en el hipertexto. Pero no vayamos tan lejos, todavía, contentémonos, por ahora, con crear al interior de nuestra Facultad una estructura curricular hipertextual que permita a los estudiantes de Sociología matricularse en cursos de Antropología, de Historia, de Trabajo Social o de Turismo; y lo mismo para los alumnos de cualquiera de las Escuelas mencionadas. Se me dirá que hay muchos impedimentos administrativos, infraestructurales y posiblemente hasta de orden legal; pero ceder ante ellos, señor Decano, sería reconocer que en nuestra Facultad lo académico no es lo más importante, sería rendirnos ante el orden impuesto. Y creo yo que como científicos sociales, si hemos leído a Bourdieu, no debemos aceptar orden alguno. Todo orden implica poder y subordinación, y en este extremo, lo que conviene es la subversión académica. Y a ustedes señoritas y señores estudiantes, no crean que son rebeldes cuando toman locales para pedir un aula más grande. Los tiempos no están para nimiedades, sino para transformaciones realmente radicales, para la caída del orden. Para la instauración de una nueva estructura de pensamiento. No para una nueva aula.

Pero ya se ha dicho repetidas veces hasta caer en el lugar común, hasta que la frase ya no significa nada en esta crisis del episteme de la que hablaba Michell Foucault, o de la tragedia del lenguaje vacío de la que escribe Bauman y de la que vino a hablarnos a Arequipa el poeta chileno Raúl Zurita, que la Universidad no es una isla sino que se debe a la comunidad.
Esto que solemos llamar extensión universitaria o proyección social, creo yo, para seguir con nuestra línea argumentativa, debe centrarse en una crítica feroz contra el orden, recordemos a Siqueiros: en tiempos de guerra, arte de guerra. Y los periódicos nos dicen hoy mismo, que estamos en guerra, que nuestras críticas sean pues guerreras. Pero hay que ser también propositivos, y nuestra propuesta en mi opinión debe ser lo que antes se denominaba como contra cultural y que hoy podríamos llamar de apología del desorden.
En ese sentido, pienso, que hay tres terrenos en los que urge remover el orden impuesto: la política, las relaciones intergenéricas y las relaciones interculturales.

En la política, el orden ha sido descrito, con exactitud brillante, como “Pensamiento único”, por Ignacio Ramonet. Así las cosas, Aníbal Quijano dirá que por primera vez en su historia, la especie humana en su totalidad apareció… encuadrada dentro de un mismo y único patrón de poder… la legitimidad de este poder parecía virtualmente plena, ya que no solo habían sido derrotados los proyectos alternativos, sino también la crítica y sus fundamentos fueron empujados fuera del debate público”. Así, el que disiente de este pensamiento único que tiene como ejes la democracia representativa (en verdad, delegativa) y la economía de libre mercado (en verdad la mercantilización de la totalidad de la vida social), ya no es un rival ideológico o un opositor político; sino un salvaje, o un ignorante manipulado, o un enemigo de la modernidad y el desarrollo, o simplemente, un terrorista. O para decirlo con las palabras de Apuleyo, Montaner y Álvaro Vargas Llosa: un idiota. Ya lo había anunciado León Gieco cuando cantó: “Qué nos dirán por no pensar lo mismo / Ahora que no existe el comunismo / Estarán pensando igual /Ahora son todos enfermitos… / Ahora son todos drogadictos. Parecemos todos personajes de Matrix, comiendo y defecando por voluntad de otros y hasta protestando para seguir un programa que se da el lujo de permitir alguna pintoresca disidencia.

Esta Facultad se fundó en 1984, y esa fecha es el título de la obra de George Orwell que describe con espanto nuestro presente, caracterizado por la dictadura perfecta del Gran Hermano, por el Ministerio de la Verdad, dedicado a falsificar la historia; por el Ministerio del Amor que se ocupa de la tortura; el Ministerio de la Paz, encargado de promover la guerra; el Ministerio de la Abundancia que mantiene a la población en la subsistencia; y por supuesto con su policía del pensamiento, para arrestar a todo aquel que no tenga en su cabeza lo que estamos llamando pensamiento único y que en la obra se conoce como doblepensar. Y es que hasta las palabras han cambiado de significados y han sido apropiadas por quienes detentan el poder. Así EEUU no coloniza Irak, sino que lo democratiza; y nuestro gobierno no privatiza la selva sino que la recupera para 28 millones de peruanos.
Quizá esta Facultad haya nacido en 1984 por una cábala que nos invita a destruir con críticas, no constructivas, sino piro maniacas, todo lo que se nos da impuesto como un dato, cuando en realidad se trata tan solo de una propuesta ideológica. Solo así no caeremos en lo que Alberto Adrianzén llama la alarmante derechización de la clase intelectual peruana. Y esto, pese a que hoy para ser de izquierda ya no hay que hacer la revolución, basta con pensar fuera de los moldes que nos imponen quienes tienen el poder.

Así por ejemplo, nos descubrimos hablando de calidad total, de competitividad, del éxito como un valor, sin tomar conciencia que todo esto forma parte de un discurso ideológico que Bourdieu llama la nueva vulgata planetaria y que merece ser desmantelado o por lo menos puesto en duda.

Y aquí viene la gran tarea que creo yo nos toca a todos los que formamos parte de esta Facultad, sobre todo a sus estudiantes: La tarea de preguntar.
En un mundo como éste en que todo está en perfecto orden (criminal), la actitud preguntona es subversiva, y por ello mismo debemos preguntarnos acerca de todo, y más que interrogarnos por lo extraordinario (que eso lo hace cualquiera), debemos indagar por lo que se arropa de ordinario y de normal. Desde la forma rectangular de casi todas las aulas de la universidad que más que evidenciar, esconde, una cierta concepción, no arquitectónica, sino pedagógica; hasta la existencia misma de cosas que nos parecen naturales pero que no lo son, como el dinero, la familia, el matrimonio, el empleo, incluso los llamados derechos humanos, etc. Los zapatistas sostienen: “preguntando avanzamos”, y tienen razón; y John Holloway indica que los tiempos más que de respuestas son de preguntas. La tarea es pues poner todo en cuestión y amenazar al orden, preguntando: “¿Por qué?”. Y si a la necesidad de respuestas le sumamos pasión y emoción, entonces le habremos dado a la sed de conocimiento una verdadera actitud revolucionaria, como cuando Vallejo enuncia: “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! // Esos golpes sangrientos son las crepitaciones / de algún pan que en la puerta del horno se nos quema”. Fíjense como el vate peruano es capaz de poetizar y de dotar de un espíritu completamente trágico el hecho completamente vulgar de un pan quemándose en el horno, que es además un dicho popular. Creo yo, que ese es el tipo de científico social que reclaman estos tiempos de pensamiento único, uno que sea capaz de descubrir la tragedia humana en lo que se nos pinta como rutinario, uno que no se crea el cuento de que la neutralidad es objetividad, (los científicos sociales no somos neutros, tenemos sexo, decía nuestro decano en su discurso del año pasado), uno que le ponga pasión y emoción a la búsqueda de conocimiento. Y esa pasión y emoción son propias del arte, y nada mejor que el arte para poner en jaque al orden. Recuerden a Colin Powell ordenando cubrir la reproducción del Guernica que yace en una sala de la ONU, que el imperio utilizó para anunciar su invasión a Irak. La nación más poderosa del mundo le tenía miedo al cuadro de Picasso. Por eso señor Decano, me sumo al pedido del Doctor Víctor David Perea Pérez, ex profesor de la Facultad de Medicina de esta Universidad, para que se incluya cursos de arte, en este caso en nuestras Escuelas Profesionales, para darle la dimensión humana que les corresponde y luchar contra la tecnificación que las amenaza.

Recordemos que en la UNSA, la profesión no se llama Asistencia Social, sino Trabajo Social, y eso no es anecdótico, sino que tiene profundo significado. Y recordemos que hace unas semanas algunos alumnos de Turismo pedían en un oficio que sus profesores sean sobre todo técnicos. Este pedido debe ser entendido como una señal de alarma, creo yo, señor Decano. Pienso que no es casual que la Escuela de Turismo pertenezca a la Facultad de Ciencias Histórico Sociales sino que ese hecho evidencia que para nosotros el turismo no es un negocio, sino un fenómeno social de inmensas y complejas connotaciones, que mueve a 800 millones de personas al año y un millón de millones de dólares en el mismo periodo. Pienso que esta Escuela nació no para promover lo que los turistólogos mexicanos Sergio Rodríguez y Sergio Molina llaman críticamente el turismo de marketing; sino para desmenuzar y despedazar lo que Turner y Ash, siguiendo los lineamientos de la Escuela de Frankfurt, llamaron la horda dorada. Yo observo con asombro, como emocionados mis alumnos de turismo hablan de cómo en el futuro el turismo de crucero cobrará más importancia, que los hoteles añadirán a sus lujos clásicos toda la suntuosidad que la electrónica pone a su alcance, y cómo se construirán transportes y alojamientos espaciales para quienes puedan como Dennis Tito pagar 20 millones de dólares. Es decir, que como sostiene para otros asuntos Umberto Eco: el futuro es el pasado, volvemos a la Edad Media, al Gran Tour, al turismo de élite, en el que solo unos cuantos podrán ser turistas y el resto debemos contentarnos con tenderles bien la cama, prepararles exquisitas comidas, mostrarles los atractivos. Hemos olvidado que ya a inicios de los 80 se planteó la idea de que el turismo es un derecho y no un privilegio de los consumidores del primer mundo. Si estudiamos Turismo, no es solamente para aprender los necesarios conocimientos para desenvolvernos en la mal llamada industria sin chimeneas, sino y sobre todo para preguntarnos ¿por qué el turismo es así? ¿No existen formas, verdaderamente y no de cliché, alternativas de turismo? ¿Es en verdad la solución el llamado turismo sostenible, o solo es el mismo negocio de siempre, arropado de la denominada responsabilidad social?
Lo que quiero decirles, es que no debemos venir a la universidad para aprender, sino para desaprender, para rebelarnos ante aquello que se nos presenta como una verdad incuestionable, para rebelarnos ante una realidad que creo yo es del todo injusta, y esa rebelión es política y por ello mismo académica. Ya no nos creernos que la ciencia es neutra, ya Foucault y desde otro ángulo Kuhn nos demostraron como la academia es también un asunto de poder. Y lo dicho aquí de Turismo a manera de ejemplo, es válido también para Sociología, Antropología, Trabajo Social e Historia.
Alumnos universitarios dedicados a aprender libros en lugar de repensarlos, o peor, dedicados a aprender técnicas, es el triunfo del pensamiento único. Es el paroxismo de la despolitización del alumnado, de la que por cierto no son nuestros estudiantes los responsables, sino nosotros, sus profesores; y por ello el parricidio es la actitud que reclama la época.
La situación está llegando, realmente a límites insostenibles. Ya el viejo Marx nos hablaba del falso mirar, y del falso oír como consecuencia de la alienación capitalista, y hoy asistimos, precisamente, a una degradación de nuestros sentidos a la que nos empuja cada vez más el afán del lucro. La vulgarización del oído se llama MP3 (se supone que tecnológicamente, este formato puede reproducir la fidelidad sonora de otros sistemas, pero el afán de lucro impone la compresión y lo que era música termina convertido casi soloritmo) , y la vulgarización de la vista es el MPEG4 (cuya baja calidad de imagen atenta contra el caracter de arte visual del cine, convirtiéndolo en un mero relato de anécdotas). Estimadas y estimados alumnos, el objetivo no es comprarse un reproductor MP3 o MPG4 sino preguntarse, qué efectos tienen estas tecnologías sobre la sociedad en general y sobre el arte en particular. Comprar lo puede hacer cualquiera, preguntarse, no. Ustedes decidan si quieren ser de los primeros, o por el contrario, académicos, y por ello mismo, repito, profundamente políticos.

Cuando yo ingresé a la Facultad en 1989, mis profesores me dijeron que la revolución estaba a la vuelta de la esquina; ya he dado varias vueltas a la manzana y hasta ahora nada. Pero, como dice Zizek, es precisamente porque no existe ninguna condición para hacer la revolución, que tenemos que hacerla.

Pasemos a cuestionar ahora el orden de las relaciones de género. Si el orden político es llamado pensamiento único, el orden de las relaciones de género es la sociedad falocéntrica.
Y el desmontaje de este orden debe ser una prioridad para nuestra Facultad, porque solo existen 4 profesiones en nuestra Universidad en la que estudian más mujeres que varones: Enfermería, Industrias Alimentarias, Trabajo Social, y Turismo y Hotelería. Y como ven, dos de ellas pertenecen a la Facultad de Ciencias Histórico Sociales. Pero quizá la razón más importante para oponerse al falocentrismo, al que voy a llamar machismo para que me entiendan los machos, es que nuestra Facultad declara repetidamente tener una vocación de justicia, y la situación de la mujer es terriblemente injusta. Y dado el breve tiempo de que dispongo, me limitaré a probar este hecho con el enorme éxito que tuvieron recientemente dos canciones: me refiero a “Te compro tu novia”, y a “Mi niña bonita”; esta última, que llegó a encabezar los ranking de las radios más escuchadas en nuestro país, dice en su letra: “Yo creo que a todos los hombres / les debe pasar lo mismo / que cuando van a ser padres / quisieran tener un niño / luego te nace una niña / sufres una decepción”. Y luego añade a manera de falsa rectificación: “y después la quieres tanto / que hasta cambias de opinión”. Te compro a tu novia, parece la versión musical del clásico ensayo de Gayle Rubin “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, que sostiene, que en sociedades patriarcales las mujeres son meros objetos de intercambio entre varones. Y la canción dice lo mismo, sino démosle una mirada a su letra: “Te compro a tu novia no voy a regatear el precio… Te la compro no creo que saldría cara aunque cueste un millón”, y eso se supone que es un piropo; y luego describe las virtudes de una supuesta mujer perfecta: “linda y apasionada… no cela nunca por nada / Y sabe hacerlo todo en la casa / No sale ni a la esquina, no habla con la vecina / No gasta y economiza y todo lo resuelve tranquila”, y concluye así: “Véndela, véndela… si quieres una mía por ella te las cambio toditas”.
Que haya un tal Lucho Barrios o un tal Ramón Orlando capaces de cantar estas sandeces no es lo que nos preocupa, sino que canciones con semejantes letras lleguen a tener tanto éxito, y que cuando las tocan en alguna fiesta, las mujeres no protesten, sino que presurosas se pongan a bailar al ritmo de algo que las denigra brutalmente.
Pues pienso que nuestras estudiantas, y también nuestros estudiantes deben preocuparse por desmontar tal orden de cosas. Recordemos que Fourier, el genial socialista utópico, ya plateaba la idea en sus tiempos, de que la situación de la mujer es un excelente indicador del progreso social. Y que Engels planteó la doble explotación de la mujer en el capitalismo. Por eso nos alegra que una mujer ocupe el vicerrectorado administrativo en nuestra universidad, y ojalá no tengamos que esperar mucho para tener una rectora, y, por supuesto, una decana en esta Facultad.
Pero en este terreno tales cambios no bastan, es necesario ir mucho más allá en el desorden. Debemos pasar de la teoría freudiana de la envidia del pene, según la cual todas las mujeres hubieran querido ser hombres, al planteamiento del pene envidioso, según el cual la dominación masculina esconde un profundo miedo por la supremacía sexual de la mujer. Si no somos tan radicales habremos de creer que la creación del Ministerio de la Mujer es un gran avance, cuando en realidad es la institucionalización estatal de esta situación de desigualdad, pues este Ministerio se encarga del Programa Nacional de Asistencia Alimentaria, de los Wawawasis, y de otros proyectos similares, es decir, que la ministra resulta siendo una especie de gran cocinera y gran cuidadora de niños. Y por si fuera poco, en el portal oficial del Mimdes, hay un recetario de cocina. Cuando el CONCYTEC pase al Ministerio de la Mujer empezaremos a creer que algo está cambiando. O cuando la elección de una ministra implique un cambio radical en la administración pública; mientras tanto, son solo hombres con falda.

Y quiero llamar la atención aquí también, tal como lo hacen las últimas propuestas de la teoría de género, sobre la terrible injusticia que viven los ancianos y los niños en nuestra sociedad. Baste decir que en la sociedad posmoderna el anciano es visto como una carga y la vejez como una enfermedad y sinónimo de fealdad, lo que, cuándo no, genera un negocio millonario para la industria anti arrugas. En lo que respecta a los niños, cálculos quizá demasiado conservadores, hablan de no menos de 3 millones de personas que viajan al año, con el objetivo de tener relaciones sexuales pedófilas; y estos niños y niñas sometidos al comercio carnal no son ni siquiera prostitutas y prostitutos, sino verdaderamente esclavos sexuales. Otro dato escalofriante, no menos de un millón de mujeres son vendidas, al año, como esclavas sexuales. La trata de blancas, dicen los expertos, está a punto de convertirse en el negocio ilegal más lucrativo, título que hasta ahora ostenta el narcotráfico.
Este es el orden impuesto, nuestra tarea, destruirlo.

Finalmente, en un país con más de 50 etnias, no podemos dejar de hablar de las relaciones interculturales, sobre todo si ha sido la sangre la que ha puesto el tema en el centro del debate político.
Cuando nos enteramos de la actitud que los congresistas adoptaron frente a un conjunto de decretos que estaban generando una huelga de casi dos meses en el oriente peruano, no podíamos menos que recordar al Pablo Macera de antes del fujimorismo, cuando sentenció que el Perú era un burdel. Y cuando salió publicada la lista de más de un centenar de nativos amazónicos que habían sido detenidos, tuvimos que recordar a Arguedas, cuando sostuvo que el Perú estaba en la cárcel. Pero cuando vimos el spot que el gobierno difundió a través de la televisión con los cadáveres de los policías asesinados y presentando a las comunidades selváticas como salvajes, tuvimos que recordar a ese otro spot contra los trabajadores mineros que sirvió de preludio para el asesinato de su dirigente Saúl Cantoral, y se nos vino a la mente, también, a Bryce Echenique, cuando declaró que el Perú es una mierda.

Y se nos vinieron todos estos recuerdos juntos, cuando escuchamos al presidente de la República, que le justa calificarse de presidente de todos los peruanos, señalar que los nativos no son ciudadanos de primera clase; y otra serie de declaraciones que han motivado a Carlos Reyna a comparar el discurso del presidente con los argumentos con los que Ginés de Sepúlveda intentaba justificar la barbarie de la conquista de América.

Pero lamentablemente, no se trata de los exabruptos verbales a los que García ya nos tiene acostumbrados, sino de la política oficial del gobierno, como queda demostrado con cada cosa que dice Mercedes Cabanillas, o con el lenguaje que utiliza Yehude Simon cuando dice, por ejemplo, que los policías fueron “asesinados”, mientras que los nativos “cayeron muertos”; o cuando habla de los “dialectos” de las comunidades utilizando conceptos ya hace mucho superados, y que nos recuerdan a Eduardo Galeano, cuando en tono crítico, hablando de los conquistadores sostuvo que mientras ellos tenían literatura, los conquistados solo tenían tradición oral; mientras aquellos tenían arte, estos a penas artesanía; mientras aquellos adoraban dioses, los de aquí, ídolos; y mientras ellos hablaban idiomas, los aborígenes, justamente, dialectos.

¿Es que no hemos aprendido nada en estos casi dos siglos de vida disque republicana? Así parece demostrarlo el hecho de que el Estado carece de intérpretes oficiales para lo que el Premier llama dialectos.

Este orden de cosas en las relaciones interculturales se llama etnocentrismo, y urge sembrar aquí también el desorden. Cuánto más, en una Facultad que tiene la carrera profesional de Antropología, y cuánto más en una Facultad poblada por una gran cantidad de migrantes, que incluso no tienen como idioma materno al español.

Me dijeron que este discurso tenía que ser eminentemente académico y ha terminado siendo político, pero ya dijimos que todo acto académico es un acto político, y si la política fuera como debiera ser, también todo acto político sería un acto académico, como sostuviera Paulo Freire.

Resumiendo, pienso que la visión de una universidad debe ser la de Saint Just: la revolución solo debe detenerse con la felicidad. Y su misión, el desorden, ese desorden que permita a los condenados a ser pobres diablos a conquistar el cielo, parafraseando nuestro epígrafe inicial de Alberto Guillén. Creo, señor Rector, que ese fue el sentido del discurso que pronunció usted cuando asumió el rectorado y que concluyó citando a García Márquez hablando de un mundo verdaderamente justo. Creo, señoras y señores, que como escribió en una pared en ruinas, el poeta Lolo Palza: “ya nada importa, salvo este desorden”.

*Una versión un tanto mutilada de este texto fue leído el 12 de junio de 2009, como discurso de orden, en la sesión solemne por las Bodas de Plata de la Facultad de Ciencias Histórico Sociales de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa.

Seamos viejos, seámoslo siempre


Seamos viejos, seámoslo siempre*

Por José Luis Ramos Salinas



Este libro tiene su historia, su origen se remonta muchos siglos atrás cuando Lao Tse escribió los 81 poemas que comprenden el Tao Te Ching, a través de los cuales mostraba el camino para vivir con armonía con uno mismo, con los demás y con nuestro entorno. De allí surgiría toda una doctrina filosófica, que para algunos llegaría a ser una religión no revelada, conocida como taoísmo y cuyas influencias hace mucho que cruzaron las fronteras de China.

Patricia Roberts toma contacto con las ideas taoístas en Estados Unidos y le vienen muy bien a su vocación cristiana y su honda experiencia vivencial, siempre sometida a reflexión desde su vena poética y su ejercicio sociológico. Así su cumpleaños número 65 no pasó inadvertido, ni la manera en la que sus amigos trataban de animarla al llegar a la mitad de la sexta década de vida; y mucho menos cómo la sociedad le asignaba nuevos roles, o mejor dicho, empezaba a quitarle los que tenía.


Así fue quedando claro que la vida no era un continuo discurrir sino una secuencia de estancos que podían tener menos o más prestigio: estatus, le decimos los sociólogos. En esta concepción de la vida, la vejez aparece como una enfermedad y el viejo como una carga cuando no como un estorbo. Vivir la vejez se convierte entonces en un reto difícil de sortear y la mayoría opta por negar su condición, mintiendo sobre su edad o sometiéndose a traumáticas cirugías estéticas que cada vez son más vistas como intervenciones terapéuticas, contra ese “terrible mal” que es la ancianidad.

Patricia Roberts no está dispuesta a creerse ese discurso social sobre la vejez, está llena de energía vital y premunida de conocimiento; y sabe que todo lo que sabe y lo que siente no es síntoma de que aún es joven, sino todo lo contrario, que es producto de un rico transcurso existencial y que no puede arribar, por eso mismo, de ninguna manera, a una condición mórbida.


Los versos de Lao Tse, recobrarán entonces nuevo sentido; pues en sociedades como la nuestra hay que aprender a vivir varias veces. Cuando la juventud ya ha quedado atrás, necesitamos nuevamente encontrar el camino, para disfrutar de nuestras fatigas que nos obligan a detenernos y observar el paisaje, para deleitarnos de nuestras agitaciones que permiten llenar nuestros pulmones de oxígeno, para congratularnos de nuestros dolores que nos revelan la verdadera condición del ser humano, para sonreír de nuestra cojera porque es, a fin de cuentas, una diferente manera de andar, y por ello de ver y de vivir.

Lao Tsé nos enseña la sabiduría para la vida, Patricia Roberts ha querido enfocar esa sabiduría a la segunda mitad de nuestra vidas, para que la vejez lejos de ser entendida como carencia, sea vista como plenitud; distante de ser una enfermedad sea entendida como un sagrado refugio de humanidad.

Por ello ha hecho una libre traducción del Tao Te Ching de Lao Tse, en la que el filósofo chino ha puesto el tronco y nuestra autora las ramas con las que espera acariciar arrugadas mejillas y así convertir esas grietas vistas como heridas, en surcos en los cuales han crecido plantas hermosas y en los cuales aún hay mucho que sembrar.


Quizá nunca antes como hoy la vejez ha sido motivo de tanto descrédito. Y tal vez convenga aquí reflexionar brevemente sobre las causas de este particular y doloroso fenómeno.

Para ello queremos exponer dos líneas argumentativas, la primera tiene que ver con las revoluciones paradigmáticas que caracterizan nuestro presente, y la segunda con la extrema sobrevaloración del cuerpo.

Dice Joel Baker, siguiendo las ideas de Thomas Kuhn que cuando se produce un cambio de paradigma (estamos llamando paradigma: a una forma, o un modo de hacer algo, de entender algo, o de resolver un problema) todo vuelve a cero, eso quiere decir que los cambios paradigmáticos vuelven neófitos a los expertos. Aclaremos esto con un ejemplo: la experta taquígrafa y mecanógrafa se vuelve una aprendiz cuando su vieja y fiel Remington es cambiada por una computadora Dual Core. Estos cambios de paradigmas eran muy raros en épocas pasadas, de manera tal que los paradigmas que aprendíamos cuando niños nos seguían sirviendo cuando viejos; es más: el abuelo sabía todos los paradigmas que nosotros íbamos a necesitar a lo largo de nuestra vida; por tanto, el anciano era un sabio.

En la época actual, lo único permanente es el cambio, y un paradigma sucede a otro en una vertiginosa carrera que nos obliga a aprender cosas nuevas todo el tiempo. Los paradigmas que conoce el abuelo ya no sirven para nada. El viejo desconoce todo aquello que a las nuevas generaciones les urge en su vertiginosa vida; por tanto se convierte en una carga, que los hijos se turnan para soportar, y cuando se cansan, abandonan en el asilo.


Dice un reconocido refrán: “Si los jóvenes supieran y si los viejos pudieran”; pues ahora los jóvenes creen saber con sus maestrías y doctorados por doquier; y los viejos ciertamente siguen sin poder hacer aquello a lo que la sociedad da valor, y ahora tampoco saben, porque aquello que conocen, por el cambio de paradigma, aparece como inútil. La experiencia, ya no merece reconocimiento en una sociedad obnubilada por la novedad y el cambio acelerado. Para acceder a un empleo la experiencia es cada vez menos importante, y el límite de edad se va imponiendo como norma universal. Se necesitan jóvenes con gran potencial, no gente que sepa hacer cosas que ya no se hacen.

Revisemos ahora el segundo argumento: la excesiva valoración del cuerpo; en realidad, de un cuerpo en especial, del cuerpo que se tiene por “joven”.
La llamada sociedad posmoderna ha prestado atención al cuerpo y esto ha servido para descubrir sutiles mecanismos de dominación como lo hizo Foucoult, o las teóricas del feminismo radical; pero también ha dado pie a una vanalización de gran magnitud que se hace evidente en fenómenos como el de los metrosexuales.


A lo que nosotros queremos referirnos va más ligado a esto último, pues se trata de la imposición de cierto cuerpo que todos debemos concebir como objetivo de nuestras vidas. La presión es tal que los antropólogos ya hablan de racismo social para distinguirlo del racismo étnico y que consiste en discriminar a todos aquellos que no tengan el cuerpo socialmente impuesto como modelo.


Para lo que nos compete, baste decir que este cuerpo en cuestión es un cuerpo joven por lo que las personas deberán luchar con todas sus fuerzas y con todo su presupuesto (que esto es finalmente lo que interesa) para que su cuerpo no revele el paso de los años. Así, las cremas anti arrugas, las cirugías, los implantes de cabello, etc. son el pan de cada día. En otras palabras, para ser un tanto crudos, no hay vieja ni viejo guapos, la vejez es sinónimo de fealdad, y a los feos se les margina cada vez más.

Ahora intentemos, desde la lectura del libro “Sabiduría para la segunda mitad de la vida”, rebatir los razonamientos acabados de enunciar.


Decíamos que cuando cambia el paradigma la experiencia resulta inútil. Esto es sin duda una exageración, porque algo de mecanografía puede servir al momento de usar un teclado; pero eso no es lo importante.


Creo que vale mucho más la pena fijarnos es esos paradigmas que pese a la propaganda del cambio total y permanente, permanecen casi inalterados; o que merecen permanecer tal cual están. Hablemos por ejemplo de la preocupación por los demás, tan presente en las personas mayores; hablemos de la ternura que desean recibir y no temen dar los ancianos; pensemos en ese vínculo casi mágico de nietos y abuelos, casi imposible de imitar. Estamos hablando en realidad de valores que tienen que ver con el amor (la vocación de dar) y la sabiduría (lo valioso que se da). Los ancianos testimonian su Vida con mayúscula, y eso está muy lejos de cómo se usa una máquina de escribir o cómo funciona una regla de cálculo; se trata de emociones, de poesía, de reservas de humanidad que no hay manera de traerse abajo con cambios de paradigmas.


“Cuando yo era joven conocí el mar”, decía el bagre abuelo del famoso cuento de Francisco Izquierdo Ríos, y en esa anécdota arriesgada y valiente que narraba a los bagres jóvenes estaba contenido no un conjunto de trucos y mapas, sino una emoción palpitante que llevaba a alguno de los párvulos a repetir la aventura del abuelo y decir más tarde, rodeado de bagres muy jóvenes, “cuando yo era joven conocí el mar”. El abuelo le heredó la vida, los abuelos heredan vida.


Yo recuerdo al padre de mi madre sentado al sol, rodeado de muchos perros que alimentaba con los panes que a la hora del almuerzo metía a su bolsillo a hurtadillas. Y recuerdo al padre de mi padre en su taller, cepillando las maderas con un viejo radio de fondo, transmitiendo un partido de la segunda división. Todavía puedo sentir la alegría de los canes moviendo sus colas y el olor a aserrín, y al hacerlo me emociono porque aunque entonces no lo sabía, estaba palpando la vida. A la madre de mi madre la seguí gozando muchos años después de que muriera, y hoy sé cuanta falta me hizo la madre de mi padre, prematuramente muerta antes de que yo naciera.


Resulta entonces, que el constante cambio de paradigmas y aún de revoluciones paradigmáticas, de ninguna manera convierten a los ancianos en inservibles, sino todo lo contrario, como dice el psicólogo Blajeroff: en una globalización deshumanizada, los ancianos son más necesarios que nunca para darle la dimensión humana a un planeta que rueda hacia el vacío del sin sentido más atroz. No importa si se escribe en un papiro o en una lap top, lo que importa es lo que se escribe. Como se dice en la página 173 del libro: “Que todo cambie no es el problema. / No es estabilidad lo que necesitamos / sino equilibrio”.

Refutemos ahora el segundo argumento, el que intenta hacer leña con el cuerpo de los viejos.


Como explicábamos hace un instante, si hay cuerpos que se imponen socialmente como deseables y otros como indeseables, estamos hablando, a final de cuentas de un discurso de poder. Y es este discurso, precisamente, el que denosta el cuerpo de los ancianos. Por tanto, defender los cuerpos vetustos es en realidad un acto político y libertario, porque intenta subvertir un orden impuesto que si nos fijamos bien no favorece a nadie realmente, salvo a ciertos grupos económicos que han hecho de sus loas a lo que ellos entienden por juventud, la fuente de gigantescas ganancias.


Machado decía que el caminante hacía el camino al andar, pues bien, desde otra perspectiva podríamos decir que el camino es camino si tiene huellas, en otras palabras son las huellas las que le dan valor al camino, pues uno por donde nadie transita resulta completamente inútil.


Ahora, si la vida es un camino, no queda duda que las arrugas son las huellas de su tránsito. Es pues la vejez lo que da valor a nuestras vidas y no la que se lo quita. Decíamos que el anciano da testimonio de su vida, quien no exhibe arrugas no tiene o tiene poco que testimoniar.


La vejez del cuerpo es un signo de riqueza. En el mercado lo que debiera venderse son cremas que nos generen arrugas prematuramente, para presumir de un valor y una belleza que los jóvenes aún no tienen.


Lo que estamos pidiendo, si nos fijamos bien, es una radical transformación en nuestra forma de entender la vejez y por ello la vida misma. No se trata de darles un trato preferencial a los viejitos evitándoles hacer colas en las instituciones públicas o cediéndoles el asiento en las combis; porque ello solo revela la fragilidad de su situación; de lo que se trata es de comprender la riqueza que per se contiene la vejez, porque sino vamos a terminar creando un ministerio del anciano, así como hay uno de la mujer que al final no ha provocado ningún cambio radical, que eso es lo que realmente se necesita.


Solo así la muerte será el símbolo del éxito de quien ha vivido, y no, como ahora, la gran tragedia de la pérdida del último resto de juventud.


El libro lo dice en su página 171: “Al envejecer con sabiduría descubrimos / que a medida que nuestro cuerpo se debilita / nuestro espíritu crece. / A medida que las articulaciones se endurecen / nuestro entendimiento se vuelve más flexible / A medida que nuestro corazón falla / su valor se despierta. / Cuando nuestros pasos se tambalean / nuestra alma se mantiene estable. / Nos estamos convirtiendo en luz para iluminar este mundo”.

Quisiera ahora reflexionar sobre algunos textos puntuales del libro que a mí, particularmente, me parecen que tienen un hondo y especial significado.

En primer lugar hay que decir que aunque el texto base es de Lao Tsé, el libro no está en chino, quiero decir que es absolutamente comprensible para quien se acerque a él con humildad y con ganas de aprender, o para referirlo con las palabras de Lao Tsé, diciendo “no sé”.

En el poema El Camino se nos transmite la idea que no se trata de envejecer por envejecer, sino de envejecer con sabiduría. Y creo que esto no es posible si no entendemos que la vejez no es la disminución de capacidades sino la acumulación de riquezas.

En el poema Inagotable, se pone de manifiesto que la fuente de la vida no está únicamente en el nacimiento y que el transcurso de la vida consiste en su agotamiento, sino que la fuente es inagotable: está en las madres, en los mantos de seda, en la lluvia, en el misterio, en el aliento, en el amigo, en el amor.

En el poema ¿Jubilado? se dice: “Estar jubilado es poder hacer / lo que siempre hemos querido hacer”, y se nos dice que los viejos se jubilan del trabajo, no de la vida.


Esto me parece fundamental, y se trata de la idea básica del marxismo, de la contradicción entre trabajo concreto y trabajo abstracto. O para decirlo con palabras más afines a las que nuestra autora, que estoy seguro no sabía que era marxista, utiliza en el poema: existe una división entre la vida y el trabajo. El trabajo no es vida y debiera serlo. Pero entonces, la jubilación aparece como la liberación del trabajo carente de vida: trabajo abstracto le llamaba el autor de El Capital; y la gran oportunidad de dedicarnos a esas actividades que enriquecen nuestra vida, trabajo concreto o actividad vital consciente, lo llamaba ese viejo barbón que la crisis económica mundial que vivimos ha traído de vuelta con nuevos bríos.

En el poema Por el Placer de Servir, se dice: “No deseamos recibir nada a cambio / solo el sencillo placer de dar gratuitamente. / Ya no calibramos los posibles beneficios, / servimos libremente con alegría / según nuestra naturaleza”. Es cierto, los ancianos están libres de esas mezquindades. Y quizá por ello, cuando leí este poema recordé a los jubilados que en la época más feroz de la dictadura de Fujimori salían a las calles a protestar y a defender sus derechos, mientras los jóvenes se ponían, más bien, a buen recaudo.

El poema titulado “La Guerra”, hace alusión a la sexualidad en la vejez, pero para comentar esto tendríamos que escribir un ensayo, así que lo dejaremos para otra oportunidad.

El poema La Salud, deja claro que ésta es fundamental para el anciano, para cualquier persona en realidad. Pero lo que hay que entender y grabarse bien es que la vejez no es una enfermedad.

Para concluir con esta parte quiero citar parte del poema “Aunque nadie nos siga”: “Muchos nos ven como pobres viejos. / No perciben la sabiduría / detrás de nuestros ojos, / ni la serenidad en nuestra sonrisa. // Hemos alcanzado un entendimiento profundo / que ya no necesita ser comprendido. / Guardamos tesoros en nuestro interior / sin hacer gala de ello”.

Cuando hace unas semanas Patricia Roberts me entregó el libro que ahora presentamos, explicándome que estaba dirigido sobre todo a las personas de la tercera edad, no dudé en dárselo a mi madre, una señora septuagenaria que devora cuanto texto cae en sus manos. Pocas horas después me llamó para decirme que llevaba leída buena parte del libro y que éste le había emocionado profundamente; y me pidió que en su nombre felicitara y le agradeciera a su autora; ahora cumplo con ese encargo.

Finalmente quisiera decir que Patricia en la introducción nos cuenta que empezó a escribir este libro luego de que no la dejaran donar sangre por ser mayor de 65 años; bueno pues, hoy que han pasado varios años desde entonces, Patricia se dio el gusto y nos donó su sangre, con todo lo que ello implica, a través de estos poemas que, como el rojo líquido de nuestras venas, alimentan cada rincón de nuestro cuerpo.

Y ahora una queja, que en realidad no la es, resulta que el libro que a mí me dijeron que era para la tercera edad, es en verdad para quienes están en la segunda mitad de su vida, y yo con 40 años y con pocas esperanzas de llegar a los 80; resulta que estoy pues entrando a la ancianidad.

Seamos viejos pues, seámoslo siempre.

*Texto leído con motivo de la presentación del libro "Sabiduría para la segunda mitad de la vida" de Patricia Roberts