28 oct. 2016

Amigo, Maduro, al pueblo dale duro*

                          Por José Luis Ramos Salinas

Venezuela está otra vez en el centro de la atención del continente, y por supuesto, de manera especial, en la mira de Estados Unidos,  cuya campaña electoral a menudo parece destinada no a elegir al presidente de ese país, sino del mundo, cuando no de la Federación de Planetas Unidos.
La legislación venezolana, como pocas,  prevé la figura de la revocatoria presidencial, pero establece también para tal fin, un complejo proceso de cumplimiento obligatorio, al rededor del cual se han dado las últimas luchas políticas entre la oposición y el gobierno, no sin repercusiones internacionales y hasta lo que el chavismo llama “intromisiones” de personajes y países extranjeros.
Para entender este proceso hay que hacer un poco de historia. Hugo Chávez llega al poder en 1999 y se mantuvo en él hasta el 2013, año de su muerte. Por la política anti norteamericana por la que optó, y su apuesta por un “socialismo del siglo XXI”, -que en realidad se trataba de un populismo estatal anti imperialista, con pretensiones de formar una coalición internacional para enfrentarse a los planes de Estados Unidos- se convirtió de inmediato en enemigo público de la ultra derecha mundial y sus aliados, que como suelen hacer en estos casos, desarrollaron una gigantesca campaña mediática de destrucción política de Chávez, y una fuerte presión económica sobre la República Bolivariana. Esto obligó a Chávez a someterse a contantes procesos electorales para desprenderse del mote de dictador que querían imponerle. El difunto presidente demostró ser mucho más fuerte de lo que le pensaban sus enemigos y logró mantenerse en el gobierno con el apoyo del electorado, sin sospecha alguna de fraude. Para ello, sus ambiciosos programas sociales que favorecían a los pobres de Venezuela, financiados por la espectacular alza de los precios del petróleo que abunda en el país llanero; le fueron de gran ayuda.
Paralelamente, Chávez inició una campaña de ideologización de sus simpatizantes, formando para ello en el 2007, el Partido Socialista Unido de Venezuela. El que logró ganar las últimas elecciones, convirtiendo en presidente a Nicolás Maduro.
Pero la situación cambió drásticamente con la caída de los precios del petróleo. Sin divisas, y con el boicot empresarial interno,  la economía venezolana se desplomó. La población empezó a sufrir penurias que no se habían visto antes, y la simpatía por el gobierno, solo se mantuvo en los cuadros más ideologizados. En estas circunstancias se producen las elecciones para el parlamento y la oposición al gobierno toma el control del poder legislativo.
El auge político de la oposición llevan al gobierno a tomar medidas drásticas en su contra, lo que precariza el Estado de derecho, y motiva que diversos grupos, sobre todo juveniles, empiecen a enfrentarse a Maduro enarbolando las banderas de la democracia.
El escenario está armado para proceder con la revocatoria presidencial. Pero, las leyes venezolanas establecen plazos, según los cuales, si tiene éxito la revocatoria asume el gobierno el vicepresidente o se convocan a elecciones. El gobierno ha jugado por ello a demorar la revocatoria, y arguyendo incumplimiento de los requisitos, la autoridad electoral, lo ha suspendido. La oposición ha anunciado que hará la revocatoria tomando las calles. La tensión política está asegurada al rojo vivo.
Maduro, es seguro, convocará a sus propias marchas, las que serán multitudinarias por el arraigo que el chavismo tiene en las clases populares. También ordenará a la policía reprimir a los opositores. Sus enemigos internos buscarán que se dispare la violencia, y Estados Unidos se encargará de convencer a la comunidad internacional, que es necesario derrocar al chavismo.
Sin duda, los reclamos del pueblo venezolano son justos. La situación económica es insostenible, y el gobierno no debe seguir debilitando la democracia. Pero, si cae el chavismo, no ocurrirá un cambio de políticas  de gobierno, sino un cambio de políticas de Estado; y quien tomará el poder, no serán lo jóvenes universitarios, ni los pobres, ni la clase media empobrecida; sino una de las derechas más retrógradas de América Latina. Quienes gobernarán Venezuela serán los empresarios de vena oligarca, que no ven más allá de sus intereses crematísticos, y lo harán en complicidad con Estados Unidos. Y entonces, quienes pelearon por la democracia, quienes gritaron por una economía que beneficie a todos, sabrán que solo fueron utilizados. Ojalá les queden fuerzas para seguir tomando las calles.
Maduro, por su parte, debió entender que a veces es mejor perder el gobierno para salvar al proyecto político y su posibilidad de regresar al poder. Se espera de él, no ciega resistencia, sino una jugada maestra. Parece que no está a la altura.

*Una versión resumida de este artículo fue publicada en el semanario Sin Tapujos, Arequipa, del 24 de octubre de 2016


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