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22 jul 2009
16 jul 2008
Aquí no falta nadie
Presentación de “AQUÍ NO FALTA NADIE” de Walter Bedregal*
Por José Luis Ramos Salinas
Por José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com
De un tiempo a esta parte estoy presentando libros de gente que no conozco, ni siquiera de vista, y eso es un tanto extraño en un medio como el nuestro en el que a los autores les gusta asegurarse el bombo y la adulación invitando a sus amigos para que comenten sus publicaciones sin correr mayores riesgos.
Pero yo estoy aquí invitado no por Walter Bedregal, sino por Filonilo Catalina, que cuando pierde la lucidez suele identificarse como Luis Rodríguez, felizmente tal desavenencia no le ocurre muy a menudo, y también mi presencia se debe a Gloria Mendoza Borda quien confunde su inteligencia y sensibilidad con un supuesto agudo sentido del humor de parte mía.
El caso de Filonilo merece una acotación más, el recientemente galardonado con el COPE ha criticado duramente otras presentaciones que he hecho en meses pasados por ser excesivamente blandas y benéficas con los autores, por lo que supongo que ésta es una suerte de última oportunidad que se me otorga para hacer caer la guillotina, en esta ocasión sobre el cuello de Walter, o quizá sobre el propio cuello del autor del Monstruo de los Cerros, ya que él es uno de los antologados. No lo sé, en todo caso tendré que preguntarle a Walter si hay entre ellos alguna grave deuda que Filonilo quiere cobrar a través mío.
Pero mi sospecha va más en otro sentido: quien escoge para una antología un título como “Aquí no falta nadie” debe tener cierta vocación por los deportes de riesgo, quien decide poner ese nombre a una antología de poesía puneña tiene sin duda una fuerte inclinación por el suicidio. Y eso hay que felicitar, porque nada más parecido a la poesía que el paredón, tanto para quien se para delante de él con los ojos vendados, como para quienes ansiosos esperan escuchar la orden para apretar el gatillo. En ese sentido quienes se han sentido indignados con esta antología, quienes han disparado contra ella, en público o privado, quienes esperan tenerla entre manos para destrozarla, deben estar profundamente agradecidos a Walter por haberlos devuelto al ring, porque en tiempos como estos en que el mercado lo es todo, sin duda alguna la función del poeta es dar puñetes, y eso lo sabe muy bien Filonilo, quien aunque haya dejado el box no ha perdido la habilidad del golpe certero.
Lo que quiero decir es que aquí los pacifistas no son bienvenidos, los conciliadores pueden tomar su lugar entre los conformistas, es decir los mediocres, la poesía es un espacio para guerreros y este libro tiene aroma a batalla. Pero imagino que ya Filonilo estará diciendo que otra vez lo decepciono porque escucha aplausos de quien espera chiflidos. Debo decirle que se adelanta, sólo he dicho que el libro huele a pólvora, o mejor, a jazmines, violetas, geranios y margaritas, pero no he dicho de qué lado de la contienda estoy. Y antes que estar de parte de alguno de los bandos, me siento más bien como un contraespía. Veamos por qué:
Este libro está formado por dos partes, un extenso prólogo y la antología propiamente dicha. Esto que puede pasar inadvertido es en realidad, así lo creo, sumamente importante. Porque para Walter el asunto de la intertextualidad, hipertextualidad, metatextualidad, etc. es vital, como veremos más adelante, y por tanto no creo que haya sido casual que el libro tenga la estructura que tiene.
En otras palabras, Walter hubiera podido ir antecediendo a cada poeta, o cada conjunto de ellos, si consideraba que tenían un lazo entre sí, sus respectivas notas críticas; de tal manera que los propios aportes de Walter se iban constituyendo en los rizomas que le obsesionan con los propios poemas en sí.
Pero no ha escogido ese camino, acaso porque mezclar la poesía con un discurso de valoración sea precisamente antipoético. La poesía no tiene su razón de ser en la calificación que otros puedan darle, sino que su sentido es ella misma, “Poesía no dice nada, poesía se está callada, escuchando su propia voz”, como sentenció Martín Adán. No tiene justificación, por tanto, que los que no están en esta antología (en la que no falta nadie) se sientan menospreciados. Ningún verdadero poeta escribe para que lo incluyan en una antología, acaso escriban para todo lo contrario, para que jamás sean parte del canon. El enojo, quizá entonces, le debe corresponder a los que están incluidos aquí.
Sospecho que el mismo Walter ha querido excluirse, no solo porque no aparece como poeta, sino porque ha querido que sus notas críticas constituyan un largo prólogo, y todos sabemos que nadie, o casi nadie, lee los prólogos, menos cuando son extensos. No voy a decir que este sea un gesto de desprendimiento que lo enaltece, no temas Filonilo, ya mi amigo Lolo Palza (otro de los antologados) me enseñó hace tiempo que la autoflagelación no es sino un acto de suprema vanidad.
Pero nosotros sí hemos leído el prólogo y como ustedes no lo han hecho aún, es necesario hacer una reseña del mismo, pues en él está explicada la osadía del autor de una antología que resulta original y valiosa por varias razones que explicaremos más adelante.
El prólogo es en realidad un denso y complejo trabajo teórico que valiéndose de un corpus tomado de los clásicos y neoclásicos de la crítica literaria, construye una propuesta metodológica para acometer la tarea de seleccionar poetas y poemas con miras a construir (el verbo arquitectónico no es casual) una antología.
Walter desde el principio se niega a seguir el método ya tradicional de estructurar la antología en base a generaciones, sean éstas etáreas, ideológicas o de otro tipo, y apuesta más bien a imaginar una estructura rizomática en la que poetas y poemas se van integrando como un todo, que no vendría hacer otra cosa que la poesía puneña. Esta idea de todo, es, probablemente, la que lo empujó a llamarla “Aquí no falta nadie”, título con el que comulgamos en parte, y con el que también disentimos, no porque creamos precisamente que falta alguien, sino porque encontramos algunas incoherencias entre el método y el resultado.
Nos explicamos mejor, en la antología que estamos comentando hay ciertas obras poéticas fundacionales: Alejandro Peralta y Carlos Oquendo de Amat por ejemplo, que para el método empleado por el antologador constituyen hipotextos, es decir, textos sobre los cuales van a erigirse otros, estos otros son los hipertextos, es decir las obras poéticas también aquí antologadas que se han nutrido de los hipotextos fundacionales. Pero, claro está, que estos hipertextos son al mismo tiempo hipotextos de otros discursos poéticos que en este nivel se constituyen en hipertextos, pero que en el siguiente nivel se constituirán en hipotextos y así, no hasta el infinito, sino hasta el 2008. Pero este crecimiento no se da solo en sentido vertical, sino también horizontal y por qué no, diagonal. Se trata pues, como bien lo dice Walter de fractales, de rizomas, que nos hacen pensar en la biblioteca infinita de Borges, pero también en la de Eco, y además en la de la Web que habita Internet.
No es pues la calidad de los textos el único criterio que Bedregal utiliza para construir su antología, sino la pertenencia a esta particular estructura que él llama poesía puneña, gentilicio que someteremos a crítica en unos instantes.
Así nos parece que no es que aquí no falte nadie, sino que aquí faltan los que su obra no ha logrado constituirse en hipotexto de otros autores que nacieron en Puno, y que tampoco quisieron ser hipertextos de obras que les antecedieron. En otras palabras, aquí no están los peros del olmo, y si recordamos a Octavio Paz, tal título no es en absoluto una afrenta, por el contrario. Entonces otra vez, quizá quienes tengan que linchar a Walter no sean los excluidos, sino los antologados.
Pero hay un problema adicional, si aceptamos que efectivamente, para el método usado, aquí no falta nadie, tendríamos que preguntarnos necesariamente si aquí sobra alguno. Por cuestiones de calidad poética es algo que le dejo a los especialistas. Yo más bien intentaré demostrar que Walter no ha podido ser tan fiel como quería a su propio mandato. Como él mismo señala en su prólogo, hay varios poetas cuyas conexiones se pierden con la llamada poesía puneña, ya sea por una originalidad extraordinaria, como es el caso de Vladimir Herrera, o por la temática, como Lolo Palza, por ejemplo. No me atrevo a decirlo del primero, pero como Lolo es mi amigo, puedo sin temor decir que él está sobrando. Lo que, repito, no es necesariamente un demérito, sino acaso, un mérito.
Vayamos entonces al subtítulo: Antología de poesía puneña.
Walter a lo largo de su prólogo y a lo largo del rizoma que constituye, establece una serie de criterios de lo que podría llamarse poesía puneña. Pero, este intento se contradice por completo con su método fractal. Dialéctico el asunto, recurrimos al fractal para formar un árbol hipertextual que dé en llamarse poesía puneña, pero el fractal mismo no admite gentilicios, como muy bien reconoce nuestro autor cuando fija hipotextos de sus antologados en otras latitudes e inclusive en autores que nunca escribieron en español.
Así el método del fractal chocha diametralmente con la obsesión del lugar de nacimiento de los antologados.
En otras palabras, si vamos hablar de fractales, el espacio en cuanto a ubicación física no tiene sentido, los rizomas no se mueven en departamentos geográficos, sino en lo que Castells llama el espacio de flujos, son las conexiones, no las ubicaciones las que importan. Esta misma antología, aunque sin declararlo así, lo reconoce, pues muchos de los antologados hace mucho que ya no viven en Puno, incluso algunos de ellos suelen decir que nacieron allí de casualidad.
Lo que intento decir es que el rizoma de la poesía puneña no tiene por qué estar compuesto por las obras de poetas cuyas partidas de nacimiento señalan a Puno, sino por obras que comparten la esencia de la puneñidad, hayan nacido a las orillas del lago o no. Más claro, por lo menos a nivel teórico, hay poetas no puneños que escriben poesía puneña, y poetas puneños que escriben poesía no puneña. (De hecho varios de los poetas seleccionados han aparecido también en antologías de la poesía arequipeña).
Y aquí entonces la cuestión es definir qué es la puneñidad, y ello pasa necesariamente por reconocer cuál es la identidad puneña; pero aquí estamos en otro problema más grave, los espacios de flujo y los tiempos atemporales que constituyen los vasos comunicantes de las estructuras rizomáticas de eso que llamamos posmodernidad, no creen en la identidad, no creen que haya algo que se pueda llamar puneñidad; pues la puneñidad no sería algo que esté dado, sino algo que se construye.
En ese sentido, el valor de este libro no estaría en que nos muestra precisamente la poesía puneña, sino en que caemos a cuenta de la universalidad de la poesía y de que Puno es un punto móvil en el universo. La poesía puneña no existe, sus poetas la inventan. Walter los ha fotografiado en ese trabajo de alquimia.
Los que no salieron en la foto será porque están en otro rizoma, no hay por qué enojarse entonces, solo hay que esperar a otro fotógrafo.
De un tiempo a esta parte estoy presentando libros de gente que no conozco, ni siquiera de vista, y eso es un tanto extraño en un medio como el nuestro en el que a los autores les gusta asegurarse el bombo y la adulación invitando a sus amigos para que comenten sus publicaciones sin correr mayores riesgos.
Pero yo estoy aquí invitado no por Walter Bedregal, sino por Filonilo Catalina, que cuando pierde la lucidez suele identificarse como Luis Rodríguez, felizmente tal desavenencia no le ocurre muy a menudo, y también mi presencia se debe a Gloria Mendoza Borda quien confunde su inteligencia y sensibilidad con un supuesto agudo sentido del humor de parte mía.
El caso de Filonilo merece una acotación más, el recientemente galardonado con el COPE ha criticado duramente otras presentaciones que he hecho en meses pasados por ser excesivamente blandas y benéficas con los autores, por lo que supongo que ésta es una suerte de última oportunidad que se me otorga para hacer caer la guillotina, en esta ocasión sobre el cuello de Walter, o quizá sobre el propio cuello del autor del Monstruo de los Cerros, ya que él es uno de los antologados. No lo sé, en todo caso tendré que preguntarle a Walter si hay entre ellos alguna grave deuda que Filonilo quiere cobrar a través mío.
Pero mi sospecha va más en otro sentido: quien escoge para una antología un título como “Aquí no falta nadie” debe tener cierta vocación por los deportes de riesgo, quien decide poner ese nombre a una antología de poesía puneña tiene sin duda una fuerte inclinación por el suicidio. Y eso hay que felicitar, porque nada más parecido a la poesía que el paredón, tanto para quien se para delante de él con los ojos vendados, como para quienes ansiosos esperan escuchar la orden para apretar el gatillo. En ese sentido quienes se han sentido indignados con esta antología, quienes han disparado contra ella, en público o privado, quienes esperan tenerla entre manos para destrozarla, deben estar profundamente agradecidos a Walter por haberlos devuelto al ring, porque en tiempos como estos en que el mercado lo es todo, sin duda alguna la función del poeta es dar puñetes, y eso lo sabe muy bien Filonilo, quien aunque haya dejado el box no ha perdido la habilidad del golpe certero.
Lo que quiero decir es que aquí los pacifistas no son bienvenidos, los conciliadores pueden tomar su lugar entre los conformistas, es decir los mediocres, la poesía es un espacio para guerreros y este libro tiene aroma a batalla. Pero imagino que ya Filonilo estará diciendo que otra vez lo decepciono porque escucha aplausos de quien espera chiflidos. Debo decirle que se adelanta, sólo he dicho que el libro huele a pólvora, o mejor, a jazmines, violetas, geranios y margaritas, pero no he dicho de qué lado de la contienda estoy. Y antes que estar de parte de alguno de los bandos, me siento más bien como un contraespía. Veamos por qué:
Este libro está formado por dos partes, un extenso prólogo y la antología propiamente dicha. Esto que puede pasar inadvertido es en realidad, así lo creo, sumamente importante. Porque para Walter el asunto de la intertextualidad, hipertextualidad, metatextualidad, etc. es vital, como veremos más adelante, y por tanto no creo que haya sido casual que el libro tenga la estructura que tiene.
En otras palabras, Walter hubiera podido ir antecediendo a cada poeta, o cada conjunto de ellos, si consideraba que tenían un lazo entre sí, sus respectivas notas críticas; de tal manera que los propios aportes de Walter se iban constituyendo en los rizomas que le obsesionan con los propios poemas en sí.
Pero no ha escogido ese camino, acaso porque mezclar la poesía con un discurso de valoración sea precisamente antipoético. La poesía no tiene su razón de ser en la calificación que otros puedan darle, sino que su sentido es ella misma, “Poesía no dice nada, poesía se está callada, escuchando su propia voz”, como sentenció Martín Adán. No tiene justificación, por tanto, que los que no están en esta antología (en la que no falta nadie) se sientan menospreciados. Ningún verdadero poeta escribe para que lo incluyan en una antología, acaso escriban para todo lo contrario, para que jamás sean parte del canon. El enojo, quizá entonces, le debe corresponder a los que están incluidos aquí.
Sospecho que el mismo Walter ha querido excluirse, no solo porque no aparece como poeta, sino porque ha querido que sus notas críticas constituyan un largo prólogo, y todos sabemos que nadie, o casi nadie, lee los prólogos, menos cuando son extensos. No voy a decir que este sea un gesto de desprendimiento que lo enaltece, no temas Filonilo, ya mi amigo Lolo Palza (otro de los antologados) me enseñó hace tiempo que la autoflagelación no es sino un acto de suprema vanidad.
Pero nosotros sí hemos leído el prólogo y como ustedes no lo han hecho aún, es necesario hacer una reseña del mismo, pues en él está explicada la osadía del autor de una antología que resulta original y valiosa por varias razones que explicaremos más adelante.
El prólogo es en realidad un denso y complejo trabajo teórico que valiéndose de un corpus tomado de los clásicos y neoclásicos de la crítica literaria, construye una propuesta metodológica para acometer la tarea de seleccionar poetas y poemas con miras a construir (el verbo arquitectónico no es casual) una antología.
Walter desde el principio se niega a seguir el método ya tradicional de estructurar la antología en base a generaciones, sean éstas etáreas, ideológicas o de otro tipo, y apuesta más bien a imaginar una estructura rizomática en la que poetas y poemas se van integrando como un todo, que no vendría hacer otra cosa que la poesía puneña. Esta idea de todo, es, probablemente, la que lo empujó a llamarla “Aquí no falta nadie”, título con el que comulgamos en parte, y con el que también disentimos, no porque creamos precisamente que falta alguien, sino porque encontramos algunas incoherencias entre el método y el resultado.
Nos explicamos mejor, en la antología que estamos comentando hay ciertas obras poéticas fundacionales: Alejandro Peralta y Carlos Oquendo de Amat por ejemplo, que para el método empleado por el antologador constituyen hipotextos, es decir, textos sobre los cuales van a erigirse otros, estos otros son los hipertextos, es decir las obras poéticas también aquí antologadas que se han nutrido de los hipotextos fundacionales. Pero, claro está, que estos hipertextos son al mismo tiempo hipotextos de otros discursos poéticos que en este nivel se constituyen en hipertextos, pero que en el siguiente nivel se constituirán en hipotextos y así, no hasta el infinito, sino hasta el 2008. Pero este crecimiento no se da solo en sentido vertical, sino también horizontal y por qué no, diagonal. Se trata pues, como bien lo dice Walter de fractales, de rizomas, que nos hacen pensar en la biblioteca infinita de Borges, pero también en la de Eco, y además en la de la Web que habita Internet.
No es pues la calidad de los textos el único criterio que Bedregal utiliza para construir su antología, sino la pertenencia a esta particular estructura que él llama poesía puneña, gentilicio que someteremos a crítica en unos instantes.
Así nos parece que no es que aquí no falte nadie, sino que aquí faltan los que su obra no ha logrado constituirse en hipotexto de otros autores que nacieron en Puno, y que tampoco quisieron ser hipertextos de obras que les antecedieron. En otras palabras, aquí no están los peros del olmo, y si recordamos a Octavio Paz, tal título no es en absoluto una afrenta, por el contrario. Entonces otra vez, quizá quienes tengan que linchar a Walter no sean los excluidos, sino los antologados.
Pero hay un problema adicional, si aceptamos que efectivamente, para el método usado, aquí no falta nadie, tendríamos que preguntarnos necesariamente si aquí sobra alguno. Por cuestiones de calidad poética es algo que le dejo a los especialistas. Yo más bien intentaré demostrar que Walter no ha podido ser tan fiel como quería a su propio mandato. Como él mismo señala en su prólogo, hay varios poetas cuyas conexiones se pierden con la llamada poesía puneña, ya sea por una originalidad extraordinaria, como es el caso de Vladimir Herrera, o por la temática, como Lolo Palza, por ejemplo. No me atrevo a decirlo del primero, pero como Lolo es mi amigo, puedo sin temor decir que él está sobrando. Lo que, repito, no es necesariamente un demérito, sino acaso, un mérito.
Vayamos entonces al subtítulo: Antología de poesía puneña.
Walter a lo largo de su prólogo y a lo largo del rizoma que constituye, establece una serie de criterios de lo que podría llamarse poesía puneña. Pero, este intento se contradice por completo con su método fractal. Dialéctico el asunto, recurrimos al fractal para formar un árbol hipertextual que dé en llamarse poesía puneña, pero el fractal mismo no admite gentilicios, como muy bien reconoce nuestro autor cuando fija hipotextos de sus antologados en otras latitudes e inclusive en autores que nunca escribieron en español.
Así el método del fractal chocha diametralmente con la obsesión del lugar de nacimiento de los antologados.
En otras palabras, si vamos hablar de fractales, el espacio en cuanto a ubicación física no tiene sentido, los rizomas no se mueven en departamentos geográficos, sino en lo que Castells llama el espacio de flujos, son las conexiones, no las ubicaciones las que importan. Esta misma antología, aunque sin declararlo así, lo reconoce, pues muchos de los antologados hace mucho que ya no viven en Puno, incluso algunos de ellos suelen decir que nacieron allí de casualidad.
Lo que intento decir es que el rizoma de la poesía puneña no tiene por qué estar compuesto por las obras de poetas cuyas partidas de nacimiento señalan a Puno, sino por obras que comparten la esencia de la puneñidad, hayan nacido a las orillas del lago o no. Más claro, por lo menos a nivel teórico, hay poetas no puneños que escriben poesía puneña, y poetas puneños que escriben poesía no puneña. (De hecho varios de los poetas seleccionados han aparecido también en antologías de la poesía arequipeña).
Y aquí entonces la cuestión es definir qué es la puneñidad, y ello pasa necesariamente por reconocer cuál es la identidad puneña; pero aquí estamos en otro problema más grave, los espacios de flujo y los tiempos atemporales que constituyen los vasos comunicantes de las estructuras rizomáticas de eso que llamamos posmodernidad, no creen en la identidad, no creen que haya algo que se pueda llamar puneñidad; pues la puneñidad no sería algo que esté dado, sino algo que se construye.
En ese sentido, el valor de este libro no estaría en que nos muestra precisamente la poesía puneña, sino en que caemos a cuenta de la universalidad de la poesía y de que Puno es un punto móvil en el universo. La poesía puneña no existe, sus poetas la inventan. Walter los ha fotografiado en ese trabajo de alquimia.
Los que no salieron en la foto será porque están en otro rizoma, no hay por qué enojarse entonces, solo hay que esperar a otro fotógrafo.
*Este texto fue leído con motivo de la presentación de la antología de poesía puneña titulada: "Aquí no falta nadie" de Walter Bedregal Paz. Este acto cultural se desarrolló en la Alianza Francesa de Arequipa el 11 de julio de 2008.
27 ene 2008
Entrevista a José Luis Ramos Salinas*
Por Marcos Vilca
¿Cuáles fueron las circunstancias que te motivaron hacer poesía?
Recuerdo que, seguramente como todo el mundo, intentaba escribir poemas en la adolescencia; pero va a ser a inicios de la década del 90 cuando intento hacerlo con cierto oficio; y en ese sentido yo diría que la violencia que se vivía en esa época fue la que me motivó a escribir poesía. De hecho, mi primer trabajo se llamó “Asesinando al Semáforo”. Esta particular situación me hizo pensar siempre que existe una relación entre la poesía y la política entendida en su acepción más amplia.
¿El contexto familiar influyó en los inicios de tu creación?
Bueno, yo nací en una casa en la que de cuando en cuando había que vender los electrodomésticos para solventar los gastos de alimentación o salud, pero sin embargo la biblioteca crecía constantemente, inmune a las crisis económicas familiares. Además mi padre escribía obras de teatro y poesía y mi madre es hasta ahora una lectora vehemente, de hecho fue ella la que me inculcó el hábito de la lectura, aunque no celebró mucho mis inicios literarios por la intensa bohemia de la que estuvieron acompañados.
¿Cuáles fueron tus lecturas poéticas iniciales?
Como te decía, fue mi madre la que me inculcó la lectura; de niño Julio Verne me impresionaba mucho; pero yo diría que mis lecturas iniciales fueron ya en la juventud y puedo citar tres libros que cambiaron mi manera de percibir el mundo y por tanto mi vida: Crimen y Castigo de Dostoievsky, La Metamorfosis de Kafka, y en poesía: Oración frente a un plato de col y otros poemas, de Tulio Mora.
¿Crees que Vallejo sigue siendo un poeta influyente en la poesía actual?
En el 92 gané un premio de poesía en Lima y Winston Orrillo que era uno de los jurados me dijo que se notaba una influencia de Rimbaud en mis poemas; yo le confesé que no lo había leído, me contestó que eso no importaba: “Rimbaud estaba en el aire, se le respiraba”. Yo creo que con Vallejo pasa lo mismo, los peruanos respiramos todos los días al autor de Trilce, lo leamos o no, lo queramos o no. El Perú es profundamente vallejiano, y por tanto la poesía peruana no puede escapar a su gigantesca influencia.
¿Arequipa sigue siendo la República de los Poetas o nunca lo fue?
Eso de que Arequipa es una República me parece un cliché de políticos incapaces de plantear proyectos que sobrepasen lo local, o un arcaísmo proveniente de la Arequipa cucufata, goda, machista y profundamente racista. Por tanto, tal apelativo lo soporto apenas como souvenir turístico. Felizmente además, creo que esa Arequipa, la que tenía ínfulas de República, ya no existe. República de poetas, entonces; es una frase sin sentido. Las antologías de poesía arequipeña están repletas de poetas que no han nacido en Arequipa, por ejemplo.
¿Consideras que el escribir es una especie de sufrimiento?
¿Cuáles fueron las circunstancias que te motivaron hacer poesía?
Recuerdo que, seguramente como todo el mundo, intentaba escribir poemas en la adolescencia; pero va a ser a inicios de la década del 90 cuando intento hacerlo con cierto oficio; y en ese sentido yo diría que la violencia que se vivía en esa época fue la que me motivó a escribir poesía. De hecho, mi primer trabajo se llamó “Asesinando al Semáforo”. Esta particular situación me hizo pensar siempre que existe una relación entre la poesía y la política entendida en su acepción más amplia.
¿El contexto familiar influyó en los inicios de tu creación?
Bueno, yo nací en una casa en la que de cuando en cuando había que vender los electrodomésticos para solventar los gastos de alimentación o salud, pero sin embargo la biblioteca crecía constantemente, inmune a las crisis económicas familiares. Además mi padre escribía obras de teatro y poesía y mi madre es hasta ahora una lectora vehemente, de hecho fue ella la que me inculcó el hábito de la lectura, aunque no celebró mucho mis inicios literarios por la intensa bohemia de la que estuvieron acompañados.
¿Cuáles fueron tus lecturas poéticas iniciales?
Como te decía, fue mi madre la que me inculcó la lectura; de niño Julio Verne me impresionaba mucho; pero yo diría que mis lecturas iniciales fueron ya en la juventud y puedo citar tres libros que cambiaron mi manera de percibir el mundo y por tanto mi vida: Crimen y Castigo de Dostoievsky, La Metamorfosis de Kafka, y en poesía: Oración frente a un plato de col y otros poemas, de Tulio Mora.
¿Crees que Vallejo sigue siendo un poeta influyente en la poesía actual?
En el 92 gané un premio de poesía en Lima y Winston Orrillo que era uno de los jurados me dijo que se notaba una influencia de Rimbaud en mis poemas; yo le confesé que no lo había leído, me contestó que eso no importaba: “Rimbaud estaba en el aire, se le respiraba”. Yo creo que con Vallejo pasa lo mismo, los peruanos respiramos todos los días al autor de Trilce, lo leamos o no, lo queramos o no. El Perú es profundamente vallejiano, y por tanto la poesía peruana no puede escapar a su gigantesca influencia.
¿Arequipa sigue siendo la República de los Poetas o nunca lo fue?
Eso de que Arequipa es una República me parece un cliché de políticos incapaces de plantear proyectos que sobrepasen lo local, o un arcaísmo proveniente de la Arequipa cucufata, goda, machista y profundamente racista. Por tanto, tal apelativo lo soporto apenas como souvenir turístico. Felizmente además, creo que esa Arequipa, la que tenía ínfulas de República, ya no existe. República de poetas, entonces; es una frase sin sentido. Las antologías de poesía arequipeña están repletas de poetas que no han nacido en Arequipa, por ejemplo.
¿Consideras que el escribir es una especie de sufrimiento?
No me imagino a Antonio Cisneros sufriendo cuando escribe, ni a Bayly, ni a muchos otros. Pero en mi caso, hay una relación directa entre el sufrimiento y la creación literaria, pues intento establecer una relación entre la estética y la política, como dije; y la política es a final de cuentas meterse hasta el fondo en la realidad y uno no puede hacer eso sin terminar cubierto de excremento, y la mierda jode y hace sufrir.
¿Cómo fue la opinión de quienes leyeron tus primeros versos ?
Tuve la suerte de que les gustaran, no se trataba de gente entendida por cierto, sino de los amigos del barrio que en cada borrachera pedían sus poemas favoritos; algunos todavía lo siguen haciendo. Esto me animó a participar en concursos en los que obtuve algunos premios.
¿Te consideras un escritor matutino o nocturno?
Más bien nocturnal, en el sentido de decadente y de agonía en su significado mariateguiano.
¿Cómo asumes la literatura, como un pasatiempo o una responsabilidad, por qué?
No es un pasatiempo, porque no se trata de algo que hago cuando no tengo nada que hacer, poética la paradoja. Tampoco es una responsabilidad, porque no creo que mi poesía pueda aportar gran cosa a nadie; no tengo compromisos, entonces. Escribo como un mandato que proviene aún no sé exactamente de dónde. No me propongo escribir, por tanto, sino que soy simplemente alguien que toma dictados. Aunque en el único libro que he publicado “Gala en el centro” la cosa fue diferente, ahí sí hubo una intención manifiesta de escribir lo que finalmente escribí.
¿Qué opinión te merece los grupos literarios ¿conformaste alguno?
Los grupos literarios son algo que extraño, esa ilusión de la acción colectiva se acerca más a la concepción que tengo yo del arte. No sé si el Séptimo Círculo llegó a ser un grupo, los supuestos integrantes nunca estuvimos lo suficientemente integrados, pero en todo caso había una especie de culto a la muerte que nos unía. Al final todos nos traicionamos, seguimos vivos.
SOBRE “GALA EN EL CENTRO”
¿Cómo fue la opinión de quienes leyeron tus primeros versos ?
Tuve la suerte de que les gustaran, no se trataba de gente entendida por cierto, sino de los amigos del barrio que en cada borrachera pedían sus poemas favoritos; algunos todavía lo siguen haciendo. Esto me animó a participar en concursos en los que obtuve algunos premios.
¿Te consideras un escritor matutino o nocturno?
Más bien nocturnal, en el sentido de decadente y de agonía en su significado mariateguiano.
¿Cómo asumes la literatura, como un pasatiempo o una responsabilidad, por qué?
No es un pasatiempo, porque no se trata de algo que hago cuando no tengo nada que hacer, poética la paradoja. Tampoco es una responsabilidad, porque no creo que mi poesía pueda aportar gran cosa a nadie; no tengo compromisos, entonces. Escribo como un mandato que proviene aún no sé exactamente de dónde. No me propongo escribir, por tanto, sino que soy simplemente alguien que toma dictados. Aunque en el único libro que he publicado “Gala en el centro” la cosa fue diferente, ahí sí hubo una intención manifiesta de escribir lo que finalmente escribí.
¿Qué opinión te merece los grupos literarios ¿conformaste alguno?
Los grupos literarios son algo que extraño, esa ilusión de la acción colectiva se acerca más a la concepción que tengo yo del arte. No sé si el Séptimo Círculo llegó a ser un grupo, los supuestos integrantes nunca estuvimos lo suficientemente integrados, pero en todo caso había una especie de culto a la muerte que nos unía. Al final todos nos traicionamos, seguimos vivos.
SOBRE “GALA EN EL CENTRO”
¿Quienes crees que influyeron en la escritura de este libro?
Este libro, que no me canso de calificar como un proyecto político, creo que tiene más influencias ensayísticas que literarias, sobre todo de las denominadas teorías de género que tuve que enseñar, y por tanto aprender, algunos años en la universidad. Éstas me parecieron tremendamente revolucionarias y que abrían un espacio que había que explotar desde la poesía, desde una poesía política porque reclamaba autoridad sobre los cuerpos, y nada menos que en nombre del amor.
¿Este primer libro lo concebiste como un poema erótico?
El libro es en cierta medida un solo poema, yo insisto: erótico-político porque plantea una nueva concepción del ejercicio del amor, que Norma Mogrovejo, quien escribió el epílogo ubica dentro del Poliamor. Lo que hice fue intentar dinamitar la pareja como única forma social aceptada para el desarrollo del amor, y aclaro que no estoy hablando de sexo.
En “Gala…” ¿hay un surrealismo encubierto que quiere aflorar?
Los surrealistas decían: la violencia es acción, en todo caso traté de que esa violencia no quedara encubierta sino que nos estallara en las manos. Cierto que Gala fue clave en el movimiento surrealista, pero la Gala del libro no sé que tanto se parezca a la musa de Dalí, pero los Dalíes y Eluards del poemario son muy distintos de los que amaron a la protagonista del libro de Breton.
¿La culminación del libro duró mucho?
Eso siempre es un misterio, ¿cuándo uno empieza a escribir un libro? ¿cuándo el poeta logra el primer verso o cuándo leyó algo que provocó el chispazo o cuándo se produjo una experiencia vital que cambió algo y que acaso muchos años después recién pudo ser “traducida” en poesía? En Gala en el Centro, el trabajo de escribir propiamente dicho se desarrolló en unos meses, pero creo que ese libro lo empecé a escribir en la piel hace mucho.
¿Después de su publicación mejoró la seguridad en el oficio?
De cuando en cuando me arrepiento de haberlo publicado, acaso no haya servido para nada; pero de cuando en cuando, también, alguien me habla de un poema en particular del libro y de la impresión que le provocó y entonces hasta llego a pensar en seguir publicando. Pero, seguridad, creo que sólo la pueden ofrecer las cajas fuertes de los bancos.
¿Quién es gala?
Gala sabe quién es. Usé ese nombre poético, por a quien le perteneció y por sus múltiples significados, porque el poema no quiere ser una oda a alguien en particular, aunque finalmente lo sea. Porque lo que pido es que cada quien se convierta en Gala y en quienes la aman.
¿Gala es un símbolo del amor apasionado?
Gala es el símbolo de un nuevo tipo de amor.
Hay una filosofía del amor en Gala… ¿es el amor moderno que se siente en todos los poros?
Filosofía, creo que es una palabra que le queda muy grande a mi poemario, pero sí creo que tiene un cierto aliento filosófico en el sentido que plantea un amor que no se sustente en la pareja. Para decirlo en términos sociológicos, yo soy sociólogo: una nueva socialización del amor. Recordemos que en la solapa del libro se anota: ponerlo al alcance de los niños.
¿Crees que el cuerpo femenino convierte al hombre en brutas bestias de carga?
“El cuerpo femenino” me parece una categoría que tiene raíces machistas, al usarse para referirse a un objeto, y no sujeto, de deseo. El verso que citas más bien tiene que ver con lo empequeñecidos que quedan quienes aman a Gala por la infinita capacidad de amor de ésta, es decir por su condición de sujeto inexpugnable.
¿Qué hay más allá de Gala?
No lo sé. De hecho creo que después de la publicación del libro, yo mismo quedé más acá.
Háblanos sobre tu próximo proyecto literario
No sé si tenga un próximo proyecto literario, pero si lo tuviera sería publicar toda mi anterior poesía, en un volumen que ya tiene título y que expresa muy bien lo que me animó a escribir en un principio y el talante de las clases que aún dicto a diario: “Piromaniacos de todos los países, uníos”.
* La presente entrevista apareció publicada en el mes de marzo de 2007 en el diario Arequipa al Día
Este libro, que no me canso de calificar como un proyecto político, creo que tiene más influencias ensayísticas que literarias, sobre todo de las denominadas teorías de género que tuve que enseñar, y por tanto aprender, algunos años en la universidad. Éstas me parecieron tremendamente revolucionarias y que abrían un espacio que había que explotar desde la poesía, desde una poesía política porque reclamaba autoridad sobre los cuerpos, y nada menos que en nombre del amor.
¿Este primer libro lo concebiste como un poema erótico?
El libro es en cierta medida un solo poema, yo insisto: erótico-político porque plantea una nueva concepción del ejercicio del amor, que Norma Mogrovejo, quien escribió el epílogo ubica dentro del Poliamor. Lo que hice fue intentar dinamitar la pareja como única forma social aceptada para el desarrollo del amor, y aclaro que no estoy hablando de sexo.
En “Gala…” ¿hay un surrealismo encubierto que quiere aflorar?
Los surrealistas decían: la violencia es acción, en todo caso traté de que esa violencia no quedara encubierta sino que nos estallara en las manos. Cierto que Gala fue clave en el movimiento surrealista, pero la Gala del libro no sé que tanto se parezca a la musa de Dalí, pero los Dalíes y Eluards del poemario son muy distintos de los que amaron a la protagonista del libro de Breton.
¿La culminación del libro duró mucho?
Eso siempre es un misterio, ¿cuándo uno empieza a escribir un libro? ¿cuándo el poeta logra el primer verso o cuándo leyó algo que provocó el chispazo o cuándo se produjo una experiencia vital que cambió algo y que acaso muchos años después recién pudo ser “traducida” en poesía? En Gala en el Centro, el trabajo de escribir propiamente dicho se desarrolló en unos meses, pero creo que ese libro lo empecé a escribir en la piel hace mucho.
¿Después de su publicación mejoró la seguridad en el oficio?
De cuando en cuando me arrepiento de haberlo publicado, acaso no haya servido para nada; pero de cuando en cuando, también, alguien me habla de un poema en particular del libro y de la impresión que le provocó y entonces hasta llego a pensar en seguir publicando. Pero, seguridad, creo que sólo la pueden ofrecer las cajas fuertes de los bancos.
¿Quién es gala?
Gala sabe quién es. Usé ese nombre poético, por a quien le perteneció y por sus múltiples significados, porque el poema no quiere ser una oda a alguien en particular, aunque finalmente lo sea. Porque lo que pido es que cada quien se convierta en Gala y en quienes la aman.
¿Gala es un símbolo del amor apasionado?
Gala es el símbolo de un nuevo tipo de amor.
Hay una filosofía del amor en Gala… ¿es el amor moderno que se siente en todos los poros?
Filosofía, creo que es una palabra que le queda muy grande a mi poemario, pero sí creo que tiene un cierto aliento filosófico en el sentido que plantea un amor que no se sustente en la pareja. Para decirlo en términos sociológicos, yo soy sociólogo: una nueva socialización del amor. Recordemos que en la solapa del libro se anota: ponerlo al alcance de los niños.
¿Crees que el cuerpo femenino convierte al hombre en brutas bestias de carga?
“El cuerpo femenino” me parece una categoría que tiene raíces machistas, al usarse para referirse a un objeto, y no sujeto, de deseo. El verso que citas más bien tiene que ver con lo empequeñecidos que quedan quienes aman a Gala por la infinita capacidad de amor de ésta, es decir por su condición de sujeto inexpugnable.
¿Qué hay más allá de Gala?
No lo sé. De hecho creo que después de la publicación del libro, yo mismo quedé más acá.
Háblanos sobre tu próximo proyecto literario
No sé si tenga un próximo proyecto literario, pero si lo tuviera sería publicar toda mi anterior poesía, en un volumen que ya tiene título y que expresa muy bien lo que me animó a escribir en un principio y el talante de las clases que aún dicto a diario: “Piromaniacos de todos los países, uníos”.
* La presente entrevista apareció publicada en el mes de marzo de 2007 en el diario Arequipa al Día
César Guardia Mayorga

César Guardia Mayorga en la memoria de su hija Sara Beatriz*
Por José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com
¿Dra. Sara Beatriz, cómo era el Dr. Guardia Mayorga como padre?
Estricto, generoso. Su más grande ambición era que leyéramos, y siempre estaba explicándonos algo sea después de los almuerzos o cuando nos reuníamos en la biblioteca. Regresaba de la universidad y seguía enseñando; pero no sólo a través de los libros, sino a través de otra enseñanza igualmente importante. Por ejemplo, cuando salíamos a pasear en Cochabamba, preguntaba: ¿Qué ves allí?. Veo un cerro; entonces él decía es un apu y empezaba a explicar qué era un apu en el marco de las creencias andinas. Lo mismo con las estrellas y su luz que viene de miles de años, fomentando así la curiosidad y una educación humanística desde la infancia que te lleva a formular diversas preguntas que se tornan más complejas con el pasar del tiempo. Esa forma extraordinaria de la enseñanza que viene de los griegos, que rebasa la academia, que rebasaba el libro, el aula, y que establece el diálogo. Una enseñanza permanente y un diálogo permanente entre el maestro y el alumno que no tiene escuela, que no tiene universidad, y que puede estar en cualquier lugar. Quizá por eso es tan fuerte y cala tan profundamente, porque después toda la vida se convierte en una suerte de estudio y de interpretación. Y eso es lo más grande que puede darle un padre a un niño, una herramienta notable que te permite cuestionarte y preguntarte incluso cuestiones que no puedes responderte. Crecí escuchando sobre los filósofos griegos, todos esos nombre que normalmente llegan con la universidad, los conozco desde siempre. Eso es algo extraordinario.
El Dr. Guardia Mayorga ha trabajado en varios lugares, Arequipa, Bolivia, Ayacucho, Ica…
Mi papá nació en Ayacucho. Estudió la primaria en el colegio Guadalupe de Lima, y por razones de salud la segundaria en el Colegio Independencia de Arequipa. Luego en la Universidad de San Agustín estudió y se doctoró en Derecho, Historia, Filosofía y Psicología. En 1945, publicó un libro crítico de Haya de la Torre y su concepción del espacio tiempo histórico, titulado Reconstruyendo el Aprismo, que le significó muchos problemas y enfrentamientos. Poco después, en 1948, sobrevino el golpe militar del general Odría contra el gobierno democráticamente elegido de Bustamante y Rivero, y se inició un período violento de represión contra el pensamiento progresista de entonces. Ya en 1950 y 1951, mi padre estaba marcado por la dictadura de Odría como un profesor “peligroso”, y era atacado permanentemente en el diario El Pueblo por ese estudiante mediocre que fue Enrique Chirinos. El Ministro de Educación de la dictadura, un coronel que creo se apellidaba Mendoza, le entregó al Rector de San Agustín, Fuentes Llaguno, una lista de 60 profesores calificados de comunistas, lista que después se redujo a ocho, entre los que se encontraba mi padre. Fuentes Llaguno que se había comprometido a no ceder ante la presión militar, terminó aceptando que estos ocho profesores los despojaran de sus cátedras. Es así que mi papá viajó a Bolivia, donde fue acogido por el Dr. Arturo Urquidi, Rector de la Universidad San Simón de Cochabamba. Allí fundó el Seminario de Filosofía e integró la Comisión de Reforma Universitaria.
¿Viajó con toda su familia?
Primero viajó mi papá con mi hermano César que tenía 12 años. Mis dos hermanas mayores, y nosotras tres que éramos muy pequeñas nos quedamos con mi mamá porque al comienzo a ella no le permitieron viajar. Por eso se podría decir que no conocí Arequipa, aunque persistió el recuerdo de mí casa en el Vallecito, la noción de la luz, de la lluvia, de todo ese mundo que de pronto se rompió bruscamente sin ninguna explicación porque nadie tiene tiempo para explicarles a los niños lo que sucede. Yo vine a conocer Arequipa a los 16 años, y vine expresamente a curar una herida que quedó desde la infancia.
Cuando su padre regresó al Perú las cosas no habían cambiado, incluso fue apresado por sus ideas políticas.
Cuando regresamos al Perú a mi papá le prohibieron enseñar. Así terminó toda la alegría del retorno, toda la alegría a la que nos habían preparado varios años. Porque cuando uno es pequeño y entra al colegio en otro país termina estudiando y queriendo a ese país. Las primeras fronteras que yo estudié fueron las de Bolivia, y el primer himno fue el boliviano, finalmente allí aprendí a leer y escribir. Pero mis padres siempre traían al Perú, en las conversaciones, en el recuerdo, fomentaban el amor por el Perú. Mi padre sintonizaba Radio Nacional y nos hacía escuchar la música del Perú. Todo era volver. Y cuando volvimos fue un desastre. A mi padre le prohibieron enseñar, y quien tuvo que salir a trabajar de maestra y mantener la casa fue mi mamá.
Con lo duro y difícil que ha debido ser para mi padre no poder enseñar, siguió escribiendo, y nunca desfalleció a pesar de tanta adversidad. Después ganó por concurso la cátedra para enseñar filosofía en Ayacucho, pero solamente pudo enseñar un año, porque el senador aprista Arca Parró lo volvió a sacar, ahí están los recortes de los periódicos con la huelga que hicieron los estudiantes para que mi papá regrese, pero ya no pudo hacerlo.
Luego se produjo la redada del 5 de enero de 1963 cuando en la noche varios patrulleros rodearon mi casa. Antes de abrirles deslizaron por debajo de la puerta un carné de la Policía de Investigaciones, y cuando mis padres quisieron llamar por teléfono estaba cortado. Así que no había nada que hacer. Mi papá los hizo pasar a la sala y les dijo: yo soy un catedrático de la universidad, un profesor y no un delincuente, y no voy a salir en la madrugada, sino en la mañana con la luz del día, y los policías aceptaron.
Esa noche detuvieron a mil 500 personas de izquierda en todo el Perú: intelectuales, escritores, profesores universitarios, líderes sindicales. Los llevaron a la Prefectura y cuando mi madre con otras esposas fueron a indagar sobre lo que estaba ocurriendo les dijeron que podían llevarles comida y frazadas, pero se trataba de un engaño cruel, porque ya los presos políticos estaban en el Sepa, una prisión en la selva. Allí mi padre y el doctor Hugo Pesce se enfermaron y tuvieron que traerlos de emergencia al Hospital Militar y de allí los llevaron al Sexto y al Frontón. Luego de nueve o diez meses los dejaron en libertad, sin pedirles disculpas, acusados de hacer apología del comunismo, y en el caso de mi padre porque consideraban que el materialismo dialéctico y el materialismo histórico eran peligrosos.
Después fue catedrático de la Universidad San Luis Gonzaga de Ica por cuatro o cinco años, y en la Universidad Mayor de San Marcos un par de años hasta que se jubiló.
Después de su jubilación y hasta que falleció, ¿continuó haciendo vida académica, escribiendo?
Mi papá escribió y enseñó toda su vida, sin universidad o con universidad, jubilado o no jubilado. La publicación de 40 libros nos habla de una importante producción intelectual. Siguió enseñando y recibiendo a la gente que venía a la casa a conversar con él. Esa era su vida, él no enseñaba porque tuviera un trabajo, era un Maestro en todo el sentido de la palabra.
Durante la dictadura de Odría, se dice que el Consejo Universitario de San Agustín adoptó un acuerdo, no permitir que se sacara a ninguna de sus docentes pero finalmente no cumplió con ese compromiso. ¿No hubo una suerte de desencanto por parte de su padre hacia la Universidad San Agustín?
Mi padre nació en Ayacucho pero se formó aquí, en Arequipa. Aquí estuvieron sus primeros maestros como don Juan Manuel Polar que permitía a los estudiantes de pocos recursos económicos utilizar su máquina de escribir, y que según me contó mi tío Remigio Aguirre, hermano de mi madre, conformaron un grupo que se llamaba “peripatos”, que todos los días acompañaban a don Juan Manuel Polar a su casa conversando de temas culturales. Aquí estuvieron sus amigos como Teodoro Núñez Ureta, Rodríguez Olcay, el comandante Julio César Guerrero, el tío Roberto Bueno, todas esas personas con las que compartió afectos, compromisos, ideales. Aquí se casó con mi madre, nacieron sus hijos, construyeron su primera casa y la biblioteca. Eso es algo que nunca se olvida. Bolivia fue un país que lo acogió con un gran afecto y donde tuvo grandes amigos, pero no era su país. La prueba es que regresó apenas se lo permitieron.
No creo que él haya sentido que la Universidad de San Agustín le fallara, los que fallaron fueron personas que no estuvieron a la altura de las circunstancias históricas, pero no la universidad. Tampoco sé porqué no regresó a Arequipa, no recuerdo si alguna vez oí hablar de eso.
Él donó su biblioteca a la Universidad de Ica
Los libros de filosofía de la biblioteca de mi papá fueron donados por mi madre y por nosotros a la Universidad de Ica, al Instituto de Filosofía que él fundó.
Tenía un cariño especial por esa universidad.
Quiso mucho a la Universidad de Ica, pero en realidad él quiso a todas las universidades donde trabajó. La Universidad de San Agustín fue el primer amor que nunca se olvida, donde se formó y donde trabajó. Se sintió muy bien en Bolivia, en Cochabamba, en la Universidad San Simón; la Universidad de Ayacucho, fue muy importante para él porque era donde había nacido, donde pudo regresar a enseñar. Y donde estuvo mejor en los últimos años de su vida fue en la Universidad de Ica, por varios motivos: primero porque los estudiantes nunca permitieron que lo saquen, nunca permitieron que lo maltraten por sus ideas, y donde pudo enseñar como quiso, y desplegar toda su capacidad. Además, por la cercanía con Lima nunca se desligó de los estudiantes que incluso en los meses de verano venían a la casa a conversar con él.
Pero en realidad mi papá no dejó sus libros a la Universidad de Ica, mi papá nunca quiso que su biblioteca se dividiera; cuando estaba enfermo le preguntamos si podíamos llevar la parte de filosofía a Ica y dijo que sí, pero su voluntad fue que la biblioteca no se dividiera. Cuando Juan Manuel Guillén era Rector de la Universidad de San Agustín y le pusieron el nombre de mi padre a la Biblioteca de Ciencias Sociales yo traje libros de mi padre.
A Ica fuimos con mi madre llevando los libros que donamos, ordenados, fichados y con el sello de mi padre. Mi madre por escrito solicitó que se le adjudicara a los libros un lugar aparente y una persona especializada en el tema para su clasificación, eso fue en 1985. Pero cuatro o cinco años después, un día me llamó Pablo Macera y me pidió que fuera al Parque Universitario inmediatamente. Yo fui y me di con la triste sorpresa de que en el suelo se estaban vendiendo varios de los libros de mi papá que habíamos donado. Mi madre le escribió al Rector de entonces para que aclare lo sucedido. Le respondió pidiendo disculpas, pero nunca supimos cómo fueron robados ni quienes lo hicieron. Incluso algunos de esos libros los compre y los tengo en mi casa.
Su padre además de la labor filosófica ha trabajado mucho con la cultura quechua.
Mi papá fue un lector muy cuidadoso de Mariátegui, que significó una importante influencia, por eso cuando los hijos editaron el libro Peruanicemos el Perú, le pidieron que prologue este volumen. La tarea de peruanizar el Perú tiene que ver con un proceso integrador de un país desarticulado, donde se excluye al indio por ser indio, y donde los modos de la colonia -de esa cultura que se superpone y aplasta a otra- es lo que había conformado hasta ese momento lo que era ser peruano. Mi papá siempre sostuvo que no habrá liberación ni identidad nacional mientras se excluya al indio en términos culturales, históricos y sociales. No es posible excluir a 6 ó 7 millones de indígenas de un país de 23 millones de habitantes con un alto porcentaje mestizo, además. Lo que sucede es que aquí no tuvimos una revolución agraria como en México, y no se reivindicó el mestizaje; por el contrario se despreció a los indios, cómo vestían, qué comían, y por supuesto qué idioma hablaban. Yo creo que escribir una Gramática Quechua y un Diccionario Quechua-Español, constituyen un hecho extraordinario de mi padre. Es cierto que ya habían los trabajos de Middendorf, de González Holguín, no digo que fuera la primera gramática ni el primer diccionario, pero aparecieron en un momento clave y el diccionario tiene ya ocho ediciones. Él quería un Perú donde se hablara español y quechua, y que entendiéramos el mundo andino en el contexto de un país más integrado, una nación integrada socialmente, culturalmente, históricamente.
Durante los años difíciles del exilio y de la cárcel, ¿no originaron que en algún momento la familia le pidiera que desistiera de sus ideas y que se dedicara al bienestar material de los suyos?
No. Nunca. Quizá la única vez que hubiéramos querido algo diferente fue cuando Belaúnde Terry le ofreció ser senador por Ayacucho y él no aceptó. Belaúnde y mi padre se habían reunido varias veces para conversar porque Belaúnde durante su campaña electoral quiso hablar quechua, recorrer así el Perú en mejores condiciones para comunicarse con la gente, y fue mi padre quien le dio clases de quechua. Entonces cuando ya era presidente tuvo un gesto que lo dignifica, porque vino a ofrecerle ser senador, ocupar un cargo en el gobierno, y mi padre le agradeció pero le dijo que lo más probable era que tuvieran divergencias y que él no iba a renunciar a sus ideas por un ministerio o una senaduría.
En ese momento no teníamos dinero, y era mi mamá quien trabajaba como maestra para sostener la casa porque a mi padre lo habían sacado de la Universidad San Cristóbal de Huamanga de Ayacucho. La explicación que nos dio mi padre fue que él quería ser recordado como un maestro, como alguien profundamente comprometido con el Perú pero desde otra perspectiva. Para mantener una conducta así se necesita primero una gran dignidad que él siempre la tuvo, y una gran claridad para ver su destino. Cuántas veces las personas renuncian a su destino por presiones familiares, por cuestiones económicas, o porque no resisten la adversidad; pero él no cambió ni traicionó su destino.
Es cierto que esto implica un grado de sacrificio de la familia, sobre todo de mi madre. Una mujer extraordinaria que salió al frente cuando tuvo que hacerlo, en silencio, como ella es, sin grandes voces ni proclamas, pero con una gran tenacidad y firmeza. Fue ella quien me hizo valorar lo que significamos las mujeres, el valor que tenemos para enfrentarnos a todo en defensa de nuestros hijos. Fue ella quien estuvo cuando todo parecía fallar, quien viajó con nosotras llevando la biblioteca, y fue mi hermano Cesar quien regresó de Bolivia trayendo los libros, cajas y cajas de libros. Además mi madre venía de una familia que tenía haciendas, dinero, que se educó en los Sagrados Corazones entre las monjas, entonces tiene doble valor. Claro que también renegaba, se molestaba, decía que los libros eran para mi padre lo más importante. Pero siempre estuvo donde debía estar, una mujer amable, serena, discreta, con una gran calidad humana, a quien nunca escuché levantar la voz ni decir nada impropio. Sin ella, seguramente no hubiéramos podido salir adelante como familia.
Por José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com
Cuando se habla de algunos personajes ilustres que destacaron en algún campo del saber humano, a menudo se obvia los aspectos de su vida que no tienen que ver con su producción artística, científica o profesional, porque estos suelen ser poco admirables. Este no es el caso de César Guardia Mayorga, hombre sabio y multifacético, pero al mismo tiempo íntegro e incorruptible; absolutamente fiel a su pensamiento y por ello insultado, golpeado, expulsado de sus cátedras, expatriado y hoy casi por completo olvidado. Pocos como él son capaces de poseer tantos méritos, porque todo lo dicho, sin duda alguna, es testimonio de virtudes innegables; porque ese es el precio que se debe pagar cuando uno es sabio, crítico y tiene ansias de justicia; y nace en una sociedad basada en la desigualdad y la injusticia.
Si leemos el prólogo del Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación Nacional, no podremos menos que recordar la preocupación de Guardia Mayorga, y de otros, por los maldecidos de este país; y tendremos que concluir que aún todo está por hacerse. Y si vemos como siguen escalando posiciones en el poder aquellos que criticaron a dicha Comisión, y que ello solo confirma, una vez más, el desprecio que el Perú oficial, fuera de toda retórica, sigue sintiendo por todo lo que sea andino; comprenderemos parte de la importancia de la obra de este insigne maestro universitario, que fue obligado a dejar la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa por presiones de la dictadura de Odría.
Sobre la vida y trabajo de César Guardia Mayorga, conversamos una tarde de octubre del 2007 con su hija y también destacada intelectual y maestra universitaria, la Dra. Sara Beatriz Guardia.
Si leemos el prólogo del Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación Nacional, no podremos menos que recordar la preocupación de Guardia Mayorga, y de otros, por los maldecidos de este país; y tendremos que concluir que aún todo está por hacerse. Y si vemos como siguen escalando posiciones en el poder aquellos que criticaron a dicha Comisión, y que ello solo confirma, una vez más, el desprecio que el Perú oficial, fuera de toda retórica, sigue sintiendo por todo lo que sea andino; comprenderemos parte de la importancia de la obra de este insigne maestro universitario, que fue obligado a dejar la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa por presiones de la dictadura de Odría.
Sobre la vida y trabajo de César Guardia Mayorga, conversamos una tarde de octubre del 2007 con su hija y también destacada intelectual y maestra universitaria, la Dra. Sara Beatriz Guardia.
¿Dra. Sara Beatriz, cómo era el Dr. Guardia Mayorga como padre?
Estricto, generoso. Su más grande ambición era que leyéramos, y siempre estaba explicándonos algo sea después de los almuerzos o cuando nos reuníamos en la biblioteca. Regresaba de la universidad y seguía enseñando; pero no sólo a través de los libros, sino a través de otra enseñanza igualmente importante. Por ejemplo, cuando salíamos a pasear en Cochabamba, preguntaba: ¿Qué ves allí?. Veo un cerro; entonces él decía es un apu y empezaba a explicar qué era un apu en el marco de las creencias andinas. Lo mismo con las estrellas y su luz que viene de miles de años, fomentando así la curiosidad y una educación humanística desde la infancia que te lleva a formular diversas preguntas que se tornan más complejas con el pasar del tiempo. Esa forma extraordinaria de la enseñanza que viene de los griegos, que rebasa la academia, que rebasaba el libro, el aula, y que establece el diálogo. Una enseñanza permanente y un diálogo permanente entre el maestro y el alumno que no tiene escuela, que no tiene universidad, y que puede estar en cualquier lugar. Quizá por eso es tan fuerte y cala tan profundamente, porque después toda la vida se convierte en una suerte de estudio y de interpretación. Y eso es lo más grande que puede darle un padre a un niño, una herramienta notable que te permite cuestionarte y preguntarte incluso cuestiones que no puedes responderte. Crecí escuchando sobre los filósofos griegos, todos esos nombre que normalmente llegan con la universidad, los conozco desde siempre. Eso es algo extraordinario.
El Dr. Guardia Mayorga ha trabajado en varios lugares, Arequipa, Bolivia, Ayacucho, Ica…
Mi papá nació en Ayacucho. Estudió la primaria en el colegio Guadalupe de Lima, y por razones de salud la segundaria en el Colegio Independencia de Arequipa. Luego en la Universidad de San Agustín estudió y se doctoró en Derecho, Historia, Filosofía y Psicología. En 1945, publicó un libro crítico de Haya de la Torre y su concepción del espacio tiempo histórico, titulado Reconstruyendo el Aprismo, que le significó muchos problemas y enfrentamientos. Poco después, en 1948, sobrevino el golpe militar del general Odría contra el gobierno democráticamente elegido de Bustamante y Rivero, y se inició un período violento de represión contra el pensamiento progresista de entonces. Ya en 1950 y 1951, mi padre estaba marcado por la dictadura de Odría como un profesor “peligroso”, y era atacado permanentemente en el diario El Pueblo por ese estudiante mediocre que fue Enrique Chirinos. El Ministro de Educación de la dictadura, un coronel que creo se apellidaba Mendoza, le entregó al Rector de San Agustín, Fuentes Llaguno, una lista de 60 profesores calificados de comunistas, lista que después se redujo a ocho, entre los que se encontraba mi padre. Fuentes Llaguno que se había comprometido a no ceder ante la presión militar, terminó aceptando que estos ocho profesores los despojaran de sus cátedras. Es así que mi papá viajó a Bolivia, donde fue acogido por el Dr. Arturo Urquidi, Rector de la Universidad San Simón de Cochabamba. Allí fundó el Seminario de Filosofía e integró la Comisión de Reforma Universitaria.
¿Viajó con toda su familia?
Primero viajó mi papá con mi hermano César que tenía 12 años. Mis dos hermanas mayores, y nosotras tres que éramos muy pequeñas nos quedamos con mi mamá porque al comienzo a ella no le permitieron viajar. Por eso se podría decir que no conocí Arequipa, aunque persistió el recuerdo de mí casa en el Vallecito, la noción de la luz, de la lluvia, de todo ese mundo que de pronto se rompió bruscamente sin ninguna explicación porque nadie tiene tiempo para explicarles a los niños lo que sucede. Yo vine a conocer Arequipa a los 16 años, y vine expresamente a curar una herida que quedó desde la infancia.
Cuando su padre regresó al Perú las cosas no habían cambiado, incluso fue apresado por sus ideas políticas.
Cuando regresamos al Perú a mi papá le prohibieron enseñar. Así terminó toda la alegría del retorno, toda la alegría a la que nos habían preparado varios años. Porque cuando uno es pequeño y entra al colegio en otro país termina estudiando y queriendo a ese país. Las primeras fronteras que yo estudié fueron las de Bolivia, y el primer himno fue el boliviano, finalmente allí aprendí a leer y escribir. Pero mis padres siempre traían al Perú, en las conversaciones, en el recuerdo, fomentaban el amor por el Perú. Mi padre sintonizaba Radio Nacional y nos hacía escuchar la música del Perú. Todo era volver. Y cuando volvimos fue un desastre. A mi padre le prohibieron enseñar, y quien tuvo que salir a trabajar de maestra y mantener la casa fue mi mamá.
Con lo duro y difícil que ha debido ser para mi padre no poder enseñar, siguió escribiendo, y nunca desfalleció a pesar de tanta adversidad. Después ganó por concurso la cátedra para enseñar filosofía en Ayacucho, pero solamente pudo enseñar un año, porque el senador aprista Arca Parró lo volvió a sacar, ahí están los recortes de los periódicos con la huelga que hicieron los estudiantes para que mi papá regrese, pero ya no pudo hacerlo.
Luego se produjo la redada del 5 de enero de 1963 cuando en la noche varios patrulleros rodearon mi casa. Antes de abrirles deslizaron por debajo de la puerta un carné de la Policía de Investigaciones, y cuando mis padres quisieron llamar por teléfono estaba cortado. Así que no había nada que hacer. Mi papá los hizo pasar a la sala y les dijo: yo soy un catedrático de la universidad, un profesor y no un delincuente, y no voy a salir en la madrugada, sino en la mañana con la luz del día, y los policías aceptaron.
Esa noche detuvieron a mil 500 personas de izquierda en todo el Perú: intelectuales, escritores, profesores universitarios, líderes sindicales. Los llevaron a la Prefectura y cuando mi madre con otras esposas fueron a indagar sobre lo que estaba ocurriendo les dijeron que podían llevarles comida y frazadas, pero se trataba de un engaño cruel, porque ya los presos políticos estaban en el Sepa, una prisión en la selva. Allí mi padre y el doctor Hugo Pesce se enfermaron y tuvieron que traerlos de emergencia al Hospital Militar y de allí los llevaron al Sexto y al Frontón. Luego de nueve o diez meses los dejaron en libertad, sin pedirles disculpas, acusados de hacer apología del comunismo, y en el caso de mi padre porque consideraban que el materialismo dialéctico y el materialismo histórico eran peligrosos.
Después fue catedrático de la Universidad San Luis Gonzaga de Ica por cuatro o cinco años, y en la Universidad Mayor de San Marcos un par de años hasta que se jubiló.
Después de su jubilación y hasta que falleció, ¿continuó haciendo vida académica, escribiendo?
Mi papá escribió y enseñó toda su vida, sin universidad o con universidad, jubilado o no jubilado. La publicación de 40 libros nos habla de una importante producción intelectual. Siguió enseñando y recibiendo a la gente que venía a la casa a conversar con él. Esa era su vida, él no enseñaba porque tuviera un trabajo, era un Maestro en todo el sentido de la palabra.
Durante la dictadura de Odría, se dice que el Consejo Universitario de San Agustín adoptó un acuerdo, no permitir que se sacara a ninguna de sus docentes pero finalmente no cumplió con ese compromiso. ¿No hubo una suerte de desencanto por parte de su padre hacia la Universidad San Agustín?
Mi padre nació en Ayacucho pero se formó aquí, en Arequipa. Aquí estuvieron sus primeros maestros como don Juan Manuel Polar que permitía a los estudiantes de pocos recursos económicos utilizar su máquina de escribir, y que según me contó mi tío Remigio Aguirre, hermano de mi madre, conformaron un grupo que se llamaba “peripatos”, que todos los días acompañaban a don Juan Manuel Polar a su casa conversando de temas culturales. Aquí estuvieron sus amigos como Teodoro Núñez Ureta, Rodríguez Olcay, el comandante Julio César Guerrero, el tío Roberto Bueno, todas esas personas con las que compartió afectos, compromisos, ideales. Aquí se casó con mi madre, nacieron sus hijos, construyeron su primera casa y la biblioteca. Eso es algo que nunca se olvida. Bolivia fue un país que lo acogió con un gran afecto y donde tuvo grandes amigos, pero no era su país. La prueba es que regresó apenas se lo permitieron.
No creo que él haya sentido que la Universidad de San Agustín le fallara, los que fallaron fueron personas que no estuvieron a la altura de las circunstancias históricas, pero no la universidad. Tampoco sé porqué no regresó a Arequipa, no recuerdo si alguna vez oí hablar de eso.
Él donó su biblioteca a la Universidad de Ica
Los libros de filosofía de la biblioteca de mi papá fueron donados por mi madre y por nosotros a la Universidad de Ica, al Instituto de Filosofía que él fundó.
Tenía un cariño especial por esa universidad.
Quiso mucho a la Universidad de Ica, pero en realidad él quiso a todas las universidades donde trabajó. La Universidad de San Agustín fue el primer amor que nunca se olvida, donde se formó y donde trabajó. Se sintió muy bien en Bolivia, en Cochabamba, en la Universidad San Simón; la Universidad de Ayacucho, fue muy importante para él porque era donde había nacido, donde pudo regresar a enseñar. Y donde estuvo mejor en los últimos años de su vida fue en la Universidad de Ica, por varios motivos: primero porque los estudiantes nunca permitieron que lo saquen, nunca permitieron que lo maltraten por sus ideas, y donde pudo enseñar como quiso, y desplegar toda su capacidad. Además, por la cercanía con Lima nunca se desligó de los estudiantes que incluso en los meses de verano venían a la casa a conversar con él.
Pero en realidad mi papá no dejó sus libros a la Universidad de Ica, mi papá nunca quiso que su biblioteca se dividiera; cuando estaba enfermo le preguntamos si podíamos llevar la parte de filosofía a Ica y dijo que sí, pero su voluntad fue que la biblioteca no se dividiera. Cuando Juan Manuel Guillén era Rector de la Universidad de San Agustín y le pusieron el nombre de mi padre a la Biblioteca de Ciencias Sociales yo traje libros de mi padre.
A Ica fuimos con mi madre llevando los libros que donamos, ordenados, fichados y con el sello de mi padre. Mi madre por escrito solicitó que se le adjudicara a los libros un lugar aparente y una persona especializada en el tema para su clasificación, eso fue en 1985. Pero cuatro o cinco años después, un día me llamó Pablo Macera y me pidió que fuera al Parque Universitario inmediatamente. Yo fui y me di con la triste sorpresa de que en el suelo se estaban vendiendo varios de los libros de mi papá que habíamos donado. Mi madre le escribió al Rector de entonces para que aclare lo sucedido. Le respondió pidiendo disculpas, pero nunca supimos cómo fueron robados ni quienes lo hicieron. Incluso algunos de esos libros los compre y los tengo en mi casa.
Su padre además de la labor filosófica ha trabajado mucho con la cultura quechua.
Mi papá fue un lector muy cuidadoso de Mariátegui, que significó una importante influencia, por eso cuando los hijos editaron el libro Peruanicemos el Perú, le pidieron que prologue este volumen. La tarea de peruanizar el Perú tiene que ver con un proceso integrador de un país desarticulado, donde se excluye al indio por ser indio, y donde los modos de la colonia -de esa cultura que se superpone y aplasta a otra- es lo que había conformado hasta ese momento lo que era ser peruano. Mi papá siempre sostuvo que no habrá liberación ni identidad nacional mientras se excluya al indio en términos culturales, históricos y sociales. No es posible excluir a 6 ó 7 millones de indígenas de un país de 23 millones de habitantes con un alto porcentaje mestizo, además. Lo que sucede es que aquí no tuvimos una revolución agraria como en México, y no se reivindicó el mestizaje; por el contrario se despreció a los indios, cómo vestían, qué comían, y por supuesto qué idioma hablaban. Yo creo que escribir una Gramática Quechua y un Diccionario Quechua-Español, constituyen un hecho extraordinario de mi padre. Es cierto que ya habían los trabajos de Middendorf, de González Holguín, no digo que fuera la primera gramática ni el primer diccionario, pero aparecieron en un momento clave y el diccionario tiene ya ocho ediciones. Él quería un Perú donde se hablara español y quechua, y que entendiéramos el mundo andino en el contexto de un país más integrado, una nación integrada socialmente, culturalmente, históricamente.
Durante los años difíciles del exilio y de la cárcel, ¿no originaron que en algún momento la familia le pidiera que desistiera de sus ideas y que se dedicara al bienestar material de los suyos?
No. Nunca. Quizá la única vez que hubiéramos querido algo diferente fue cuando Belaúnde Terry le ofreció ser senador por Ayacucho y él no aceptó. Belaúnde y mi padre se habían reunido varias veces para conversar porque Belaúnde durante su campaña electoral quiso hablar quechua, recorrer así el Perú en mejores condiciones para comunicarse con la gente, y fue mi padre quien le dio clases de quechua. Entonces cuando ya era presidente tuvo un gesto que lo dignifica, porque vino a ofrecerle ser senador, ocupar un cargo en el gobierno, y mi padre le agradeció pero le dijo que lo más probable era que tuvieran divergencias y que él no iba a renunciar a sus ideas por un ministerio o una senaduría.
En ese momento no teníamos dinero, y era mi mamá quien trabajaba como maestra para sostener la casa porque a mi padre lo habían sacado de la Universidad San Cristóbal de Huamanga de Ayacucho. La explicación que nos dio mi padre fue que él quería ser recordado como un maestro, como alguien profundamente comprometido con el Perú pero desde otra perspectiva. Para mantener una conducta así se necesita primero una gran dignidad que él siempre la tuvo, y una gran claridad para ver su destino. Cuántas veces las personas renuncian a su destino por presiones familiares, por cuestiones económicas, o porque no resisten la adversidad; pero él no cambió ni traicionó su destino.
Es cierto que esto implica un grado de sacrificio de la familia, sobre todo de mi madre. Una mujer extraordinaria que salió al frente cuando tuvo que hacerlo, en silencio, como ella es, sin grandes voces ni proclamas, pero con una gran tenacidad y firmeza. Fue ella quien me hizo valorar lo que significamos las mujeres, el valor que tenemos para enfrentarnos a todo en defensa de nuestros hijos. Fue ella quien estuvo cuando todo parecía fallar, quien viajó con nosotras llevando la biblioteca, y fue mi hermano Cesar quien regresó de Bolivia trayendo los libros, cajas y cajas de libros. Además mi madre venía de una familia que tenía haciendas, dinero, que se educó en los Sagrados Corazones entre las monjas, entonces tiene doble valor. Claro que también renegaba, se molestaba, decía que los libros eran para mi padre lo más importante. Pero siempre estuvo donde debía estar, una mujer amable, serena, discreta, con una gran calidad humana, a quien nunca escuché levantar la voz ni decir nada impropio. Sin ella, seguramente no hubiéramos podido salir adelante como familia.
* Entrevista publicada en la revista de la Universidad Nacional de San Agustín: "Agustino", N. 41, noviembre de 2007.
La imagen que ilustra esta entrevista es un dibujo que Teodoro Núñez Ureta le hiciera en 1957 a su amigo de toda la vida Cécar Guardia.
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