27 ene. 2008

FEBRERO LUJURIA*

Por José Luis Ramos Salinas
ramosdesal@yahoo.com

Siempre es un placer enfrentarse a la lectura de una novela, y suele ser mayor cuando las historias que se narran no nos son del todo desconocidas, o para decirlo con otras palabras, cuando el mundo ficcional creado por el autor se superpone a nuestro mundo real, al punto que a instantes no sabemos en cuál estamos. Eso es lo primero que debo agradecerle a Christian Reynoso, haberme obligado a sumergirme en la ciudad de Lago Grande, que es Puno y no lo es al mismo tiempo; acaso esa haya sido la intención de cambiarle el nombre a la ciudad altiplánica en la novela y de mantener nombres de calles, parques, y hasta el del lago Titicaca: la de precisar que una novela como Febrero Lujuria, cuenta cosas reales y ficticias al mismo tiempo; pequeñas historias que nunca nos sucedieron pero que muy bien pudieran habernos pasado, pero no se trata de mera verosimilitud, sino de algo más profundo, del choque de las casualidades con las coincidencias.
Novelar la Fiesta de la Candelaria, como ha hecho el autor que nos ocupa es sin duda un mérito a destacar, pues se trata de un fenómeno desbordante, cuya importancia y fama han sobrepasado nuestras fronteras, y que reclamaba y reclama, sin duda, además de los estudios folcloristas y antropológicos, acercamientos desde las ópticas del arte para una cabal comprensión de este fenómeno social, en el sentido amplio del término.
Creo que aquí reside el principal aporte de Reynoso, haber pasado de las generalizaciones abstractas, “tipos ideales” les llamaba Max Weber, a un acercamiento que sin ser microscópico, permite descubrir una realidad a colores que la teoría a penas muestra en blanco y negro.
Hace ya varias décadas que el sociólogo norteamericano Wright Mills, criticó a sus colegas por embelesarse en lo macro y perder de vista que en los detalles particulares muchas veces estaban esas explicaciones generales que ellos buscaban. Ponía entonces como ejemplo a los escritores, sobre lo que debía hacerse: mostrar en la vida novelada de alguien los mecanismos generales sobre los que se mueve toda una sociedad. Una biografía, desde esta óptica es todo un tratado sociológico; y a final de cuentas una novela es un conjunto de biografías.
Lo que intento decir es que un estudio desde las ciencias sociales, al menos en su versión positivista, de las festividades en honor a la Virgen de la Candelaria a penas sobrevolaría algunas de las cosas más interesantes que pasan en ellas, por su obsesiva búsqueda de regularidades con las cuales construir una visión “objetiva” del asunto. Cuando por el contrario, es la subjetividad del narrador la que revela las subjetividades de los personajes, aparece el fenómeno en toda su complejidad, y esta versión absolutamente particular de las Fiestas de la Candelaria sirve muy bien para entender aquello que resulta invisible tras las regularidades.
Resumiendo, Reynoso ha sido año tras año, testigo y observador participante, según nos cuentan algunos de los que lo conocen, de un fenómeno social que es capaz de paralizar una ciudad entera, o mejor, ponerla a bailar. De un fenómeno en que se mezcla lo pagano con lo religioso, lo ascético con lo lujurioso, el lucro con el voto de pobreza, lo occidental con lo andino y con lo negro, lo local con lo extranjero globalizante, etc. etc. Y por ello hay que aplaudir que se haya atrevido a escribir el libro que hoy presentamos, pues como él son muchos los que se han embriagado de estas fiestas, pero pocos quienes han intentado convertir esa experiencia en un producto artístico. ¿En qué medida lo ha logrado? Eso es algo que a mí no me toca responder, es a la crítica especializada a quien le toca ese papel.
Por eso me parecen cobardes y mediocres las opiniones que circulan en algunos blogs dedicados a la literatura, en las que se acusa a nuestro autor y a su obra de todo, pero siempre con el escudo del anonimato, y siempre también recurriendo a los adjetivos sin explicar jamás el por qué de tales juicios. Dicen que pueblo chico infierno grande, pues parece que la obra que comentamos ha suscitado una gran diablada en esa ciudad que por más lago grande que tenga sigue siendo pueblerina a lo más.
Creemos que las historias de Febrero Lujuria constituyen un mosaico que nos permite entender mucho mejor las Fiestas de la Candelaria, creo que son esas “historias mínimas” las que nos muestran el fenómeno en toda su magnitud y complejidad, y eso es algo que hay que valorar y reconocer de esta novela; además de mostrar la cara oculta de la moneda de unas festividades que se sirven de una retórica para que quienes participan en ella se exculpen y se coloquen en una medianía en la que están bien con Dios y con el diablo, o con la Virgen y los desvirgadores. Hay una cierta intención de acabar con una pose hipócrita que me obliga a pensar en la novela En Octubre no hay Milagros de Oswaldo Reynoso.
En esta presentación me interesan las historias narradas no por el estilo que tienen, ni por el uso del lenguaje del que hacen gala, sino por su contenido mismo en cuanto discurso, que describe y crea una realidad, la que por cierto no solo existe en el texto.
Me voy a centrar sobre todo en la historia de Paola Candelaria, una de las protagonistas de la novela, porque me parece que en ella se plasman todas las contradicciones de la Fiesta de la Candelaria que el autor quiere mostrar, siendo la mayor la de que la adoración a la Virgen para lo que sirve finalmente es para desvirgar a las jovencitas.
ESA POLLITA QUE TÚ ME REGALASTE
Hay a lo largo de la novela varias historias con suficientes puntos de coincidencia para imaginarnos que allí reside en buena parte la intencionalidad del autor. Démonos cuenta que no se trata de cualquier fiesta religiosa, sino de una dedicada a la Virgen, y no a cualquier virgen sino a la Candelaria. Si nos atenemos a una de las explicaciones sobre el origen del nombre de la venerada, tendremos que convenir que se trata de una paradoja pura, al estilo del estruendo mudo vallejiano. Virgen Candelaria, Virgen de la candela, Virgen ardiente, Virgen que quema, Virgen que me quema, Virgen que me quema en sus llamas abrasadoras. Es posible a final de cuentas, interpretar el nombre de Virgen de la Candelaria como una Virgen apasionada, como la conjunción del pudor y la lascivia; en una palabra se trata del fuego que redime, del sexo como purificador de las almas. O acaso, las Vírgenes como camino al infierno.
A muchos les parecerá una barbaridad lo que acabo de decir, lo cual me encanta por cierto, pero a mí me parece que esta barbaridad no me pertenece, sino que es más bien de la autoría del bárbaro cuyo libro hoy nos convoca, veamos por qué sostengo esto.
Paola Candelaria, esta jovencita de 19 años que se toca frente al espejo, esta virgen que se masturba sutilmente, fue concebida en plenas fiestas, cuando sus padres fueron alferados, y satisfechos de haber organizado la adoración a la virgen se entregaron a los placeres carnales y engendraron una niña que habría de nacer en el mes de las guaguas.
Por eso se llama Candelaria, como símbolo de devoción, y se llama Paola, porque es un nombre moderno, se nos explica. Lo que yo veo aquí es algo que voy a explicar más adelante: el traslape de lo premoderno, lo moderno y lo posmoderno, que tanto caracteriza al Perú.
Por ahora lo que nos interesa, es que Paola Candelaria es casi la reencarnación de la Virgen, de esa que visten sus devotos con joyas y lujos inimaginables, porque a esta chiquilla le gustan los trajes de luces y su vanidad la ha llevado a concursar y hacerse elegir como Reyna del Folkolore, algo así como “miss punomanta” (otra vez esta mezcla de distintas sociedades). Y además Paola es virgen y el autor nos lo dice varias veces, como para que quede en absoluta evidencia una metáfora que intenta explicar la esencia de esta fiesta religiosa, pero que a mí me parece que puede alcanzar para explicar buena parte de eso que llamamos Perú.
Retomemos, Paola es Virgen y el autor la describe muchas veces como una niña, es como si la protagonista hubiera falsificado un DNI para darse ciertas licencias en la novela, pero que en realidad es a penas una púber. Pero es a mismo tiempo una maestra de la coquetería y baila con una sensualidad impresionante. Yo estoy de acuerdo con aquellas religiones que prohíben a sus fieles bailar, porque quien quiera que ha visto bailar a la protagonista de Febrero Lujuria, o cualquiera que haya ido a una discoteca, sabe que la danza es obra del demonio y como decía un hipócrita profesor, es el camino más corto a la cama. Se trata del diablo, entonces, pero qué viva Changó. Y espero que de aquí nos vayamos a bailar, por supuesto.
Tenemos pues entonces una virgen, que es casi una niña, pero al mismo tiempo una posesa en el vaivén de sus caderas que hacen la delicia de cuántos la ven. Lizandro, un joven puneño la desea, pero también la ama, o cree que la ama. Pero no es a él a quien se va a entregar esta virgen voluptuosa, sino a Guillermo, un turista venido de la Argentina, con quien la reencarnación de la Virgen, se hará pura candela, Candelaria que se llama.
Y aquí entonces la cosa se complica tremendamente, porque esta virgen de indios, que tiene los senos blanquecinos y el cabello castaño, se va con el que no es indio, con el único europeo americano. Se trata, entonces, de una doble profanación. Al final, claro, se queda con Lizandro, porque el che se regresa con su novia gaucha y las cartas que le escribe a la virgen que fue candela en sus brazos, son ocultadas por la madre de Paola Candelaria, acaso queriendo evitar que se pierda lo más suyo que tenían, o acaso siguiendo ese viejo adagio que dice que uno le puede hablar, o escribir, a Dios, en este caso la Virgen; pero Dios o ella, jamás le pueden hablar o escribir a uno.
Sobre lo que quiero llamar la atención es acerca de cómo la pureza se pierde, sin perderse al mismo tiempo. Bien dialéctico el asunto: las cosas son, pero al mismo tiempo están dejando de ser y sin embargo siguen siéndolo. A las Fiestas de la Virgen de la Candelaria les pasa eso, ya no son lo que eran, pero sin embargo siguen siéndolo.
Similar a la historia de Paola Candelaria es la de Cinthia, esa otra virgen que es llevada con su consentimiento a un rincón oscuro por un maleante para que le toque los senos. Y es que la Virgen nos cumple todos nuestros sueños.
Especial atención merece un pasaje en que el cura, cansado de las misas que dan inicio a la festividad, regresa a su iglesia y le hace una seña a su secretaria que ella de inmediato reconoce y se desnuda para que el sacerdote la posea. Aquí, lo más interesante es que mientras él la penetra, ella lo sigue llamando “padre”. Otra vez doble profanación y otra vez ese juego de edades, porque al llamarlo así, la secretaria de inmediato pierde muchos años; y trae a nuestro recuerdo “Memorias de una pulga”.
En conclusión esta es una fiesta pagana, pero no cualquiera, porque es una fiesta de vírgenes, es la fiesta en la que la pureza se entrega a los placeres, porque a final de cuentas nada más puro que el orgasmo, nada más puro que el fuego, nada más limpio que la candela, nada más inmaculado que la Candelaria.

SEXO, DROGAS Y RELIGIÓN
El famoso neuro científico español Francisco Mora, sostiene en su libro “Los laberintos del placer en el cerebro humano”, que lo que mueve a todos los seres vivos hacia determinadas conductas es el placer. Y analiza como actúa el licor a nivel cerebral y cree encontrar allí la explicación de por qué en todas las culturas y en todas las épocas se ha consumido alcohol. Este compuesto químico activa las zonas del placer del cebero, y hasta la de los genes, por eso lo toman los humanos con avidez, pero también los elefantes, los monos, y hasta las hormigas si tienen la oportunidad.
Octavio Paz en su libro “La llama doble” explica por qué el ser humano constituye la especie más erótica (aunque los bonobos y los delfines no se quedan atrás) y como la conducta humana está marcada tremendamente por las ansias sexuales.
Mora, explica además que el placer no sólo existe como consumación de lo placentero, sino también como anticipación. En otras palabras, cuando estamos en la puerta del hotel, ya empezamos a sentir el orgasmo. Y se basa en este especial estado de placer para explicar por qué todas las culturas son religiosas: la religión provoca a nivel cerebral el placer de la anticipación, el placer de saber que vamos a entrar en comunión con Dios, que vamos a obtener la dicha eterna, etc. Como esto ocurrirá cuando nos muramos nunca podremos confirmar o negar esas esperanzas que se convirtieron en placer anticipatorio, por tanto a nivel cerebral habrán cumplido su cometido. En otras palabras, la gente cree en Dios porque se siente rico ser creyente.
Entonces, si nos percatamos que las fiestas de la Virgen de la Candelaria son: abundante consumo de alcohol (que es una droga) y mucho sexo (con las características antes explicadas) y al mismo tiempo un acto religioso; nos daremos perfecta cuenta que estas fiestas son un cóctel de placeres, se trata de una festividad multiorgásmica, y que supera con creces el dicho libertino extranjero de “sexo, drogas y rock”; porque de lo que aquí se trata es de “sexo, drogas y religión”.
Recuérdese además que Octavio Paz sostiene que hay tres maneras de pasar a otros estados de conciencia, a través de las drogas, de la religión y de la poesía; y si la poesía es emoción como dice Borges, luego el sexo es lo más poético que existe.

SOBRE LAS OLAS UNA VIRGEN VA
Hace unos instantes mencionábamos que otra cosa que esta novela revela es la superposición de sociedades que caracteriza a nuestro país.
Alvin Toffler, en su libro La Tercera Ola; sostiene que las sociedades ahora llamadas premoderna, moderna y posmoderna no se suceden una tras otra; y menos tienen límites claramente visibles. Sino que estas sociedades son como olas, que si bien se pueden distinguir una de otra, no es posible saber donde acaba una y donde comienza la siguiente; y además es frecuente que se crucen o se superpongan.
Así es el Perú, el ejemplo clarísimo es la cabina de Internet, hacinamiento del espacio de trabajo, una característica central de la modernidad; uso de tecnologías que se mueven en el espacio de flujos y en el tiempo atemporal de los que nos habla Manuel Castells para explicar lo que estamos llamando posmodernidad; y antes de abrir el negocio, el dueño moja la frentera con agua con ruda; conducta clásica de la premodernidad.
Lo mismo sucede con la fiesta de la Virgen de la Candelaria, al menos esa que sucede en la ciudad del Lago Grande, de la verdadera, la que se da en Puno, no sé mucho; pero ésta no es una conferencia histórica ni antropológica, sino la presentación de una novela; por lo que a mí respecta, la única fiesta es la que se vive en estas páginas.
Aquí se mezcla la devoción religiosa marcada de sincretismo, pero en su versión absolutamente premoderna, con el culto al placer tan caro a la posmodernidad. Se trata de bailes autóctonos compitiendo con bailes de luces; de una fiesta local llena de turistas. Se trata de Paola Candelaria, ya hablamos de lo que significan en la novela esos dos nombres; pero al mismo tiempo esta jovencita tiene un fenotipo más o menos occidental pero es presentada como el prototipo de la belleza peruana. Y en un concurso que parece organizado por Beauty Form, la trasnacional de los brasieres, la nombran “Reina del Folklore”.
Así la Ciudad de Lago Grande parece suspendida en una categoría atemporal porque en ella pueden convivir el pasado, el presente y el futuro.

LA RELIGIÓN NO ES EL OPIO DEL PUEBLO
Carlos Marx, el viejo aguafiestas como le llamó Antonio Cisneros, sentenció que la religión era el opio del pueblo, porque le impedía despertar de su letargo. Sin duda el autor de El Capital nunca participó de la Fiesta de la Virgen de la Candelaria, porque sino otra hubiera sido su apreciación. Tanta danza, tanto despliegue de energías, tanta cerveza, tantas caderas, tantos varones desvistiendo a las mujeres con las miradas, tantos muslos entrelazándose, tantas manos sobre tantos senos, tanto fuego, tanta candela, tanta Candelaria; sin duda no someten a nadie a ningún sueño opiáceo.
Felizmente Marx aquí se equivocó, la religión no es el opio del pueblo, más bien la religión es el afrodisíaco del pueblo. Amén.

* Texto leído con motivo de la presentación de la novela "Febrero lujuria" de Christian Reynoso.

2 comentarios:

bony dijo...

sobre la virgen de la candelaria ,encuentro mucho realismo y crudeza propios de tu estilo literario me sorprende tu gran habilidad para encontrar la deformidad de las cosas,pero tambien una permanente necesidad de vincular todo con el sexo,asi mismo encontar el punto donde protestar contra la politica y contra todo lo que de alguna forma esta ya estructurado.

Septimo Circulo dijo...

Tú lo has dicho.